CAMPUS GALICIA ARTICULO BOB DYLAN

ARTÍCULOS 2001

Bob Dylan, aquel familiar excéntrico

Una buena parte de la población de este planeta sienta la cabeza cuando se van haciendo mayores, mientras que otros, una minoría, se vuelven más rebeldes. Estos últimos, sospechamos, son los que se divierten más, aún a costa de renunciar a una vida sin sobresaltos.

No es ninguna sorpresa descubrir que, con los años, el genio tan particular que es Bob Dylan, se haya convertido en uno de estos, aunque durante una época parecía que podía ir en cualquier dirección. Después de ser un icono musical durante gran parte de los 60 y 70, y de conservar su reputación en los 80, a pesar de que su producción discográfica no estaba a la altura de su leyenda, daba la impresión de que el viejo Robert Zimmerman había desaparecido durante la mayor parte de la década de los 90.

Sus discos en directo y sus colecciones de canciones folk tradicionales de esos años, que le reportaron diversos premios y el mantenimiento de su reputación crítica, no tuvieron una repercusión digna, ni tampoco consiguieron el impacto que se les podría suponer.

Al igual que le sucede a alguna otra gente en su mediana edad, tuvo que ser una fugaz visión de la muerte lo que hizo que Bob Dylan recobrara el entusiasmo por la vida. Tras una muy seria enfermedad del corazón en 1997, nos reencontramos con un Dylan rejuvenecido que se abrazó a la vida en la carretera, de forma más o menos permanente, en la gira titulada muy apropiadamente Neverending Tour –La gira interminable-.

Primero llegó Time Out Of Mind, en el 97, su disco más logrado desde Oh Mercy en el 89, ambos con la producción pantanosa de Daniel Lanois. El segundo aviso vino con “Things Have Changed”, la canción de ritmo optimista que le supuso un Oscar, al tiempo que devolvió una cierta credibilidad a esta categoría dentro de las estatuillas de Hollywood, al escoger la mejor canción de entre las nominadas en muchos años. Ya en su título, “Las cosas han cambiado” –el reverso de su declaración de los 60 “The Times They Are A-Changin’” (“Los tiempos están cambiando”)-, adelantaba que nos encontrábamos ante un Dylan distinto. ¡Y vaya si lo era!

Ese cambio no había sido nunca tan evidente como en Love And Theft, su disco número 43 en casi el mismo número de años. “Me siento como un gallo de pelea, me siento mejor de lo que nunca me he sentido,” proclama con chulería, y no habla por hablar. Por fin, en las doce canciones de Love And Theft, el Dylan de 60 años destripa la esencia de su música, consiguiendo el que es, probablemente, su disco más festivo y disfrutable hasta la fecha.

Gran parte de su atractivo se deriva del hecho de que Dylan, ahora sí, ha dejado de intentarlo arduamente. Ahora que ya es lo suficientemente mayor como para solicitar los descuentos de la tercera edad, parece haberse decidido por dejar de preocuparse por impresionar a sus seguidores y, simplemente, hace lo que le sale de las narices. Y lo que le gusta estos días es bajarse de su pedestal y tocar con su banda de directo, con la que lleva ya unos 700 conciertos, algo que se vuelve evidente en su perfecta conjunción.

Estas canciones, que parece ser fueron grabadas en menos de dos semanas con una producción casi inexistente del propio Dylan bajo el seudónimo de Jack Frost, muestran un ambiente relajado, de directo, de músicos totalmente libres y sueltos. Eso, sin mencionar su vertiente histórica: del rockabilly a las baladas del tin pan alley, del country al swing, del ragtime al blues de Chicago, sus doce cortes se convierten en un viaje histórico por las raíces de la música americana del siglo XX.

Además, parece como si Dylan se hubiera propuesto convertirse en un cómico de los que recitan sus monólogos ante una audiencia atenta, aunque en su caso sean cantados. Su nueva imagen lo muestra con una perilla y un bigote que incitan a la sonrisa, mientras que su entonación parece más la de un imitador que la del propio Dylan. Ahí tenemos al tío excéntrico habitual en todas las reuniones familiares, el que cuenta historias extrañas y chistes malos, el que da consejos ridículos pero que se lo pasa en grande.

¿A qué vienen, a estas alturas, estas salidas de tono? Tal vez “Sugar Baby”, el último corte, tenga la respuesta: “Cada momento de la existencia parece una mala faena.” Así que, para decirlo de otra manera, la vida es simplemente una gran broma de Dios. Por lo tanto, lo mejor que se puede hacer es echarse unas risas, porque sino se acabará desquiciado.

Y no es que Dylan haya perdido su visión habitual: “Tweedle Dee & Tweedle Dum”, que parece una alegoría sobre las elecciones en su país, “High Water” o “Floater” demuestran que su don para el comentario social sigue tan vivo como siempre. Aunque, para nosotros, son algunos de los versos de “Mississippi” los que resumen este disco: “Quédate conmigo. Las cosas empiezan a ponerse interesantes justo ahora mismo.” Lo bueno, parece ser, no ha hecho más que empezar.

Xavier Valiño

CAMPUS GALICIA ARTICULO BJORK

ARTÍCULOS 2001

Björk, sola en casa

Vespertine (Universal)

Después de interpretar a la protagonista ciega de, tal vez, la película más aclamada y polémica del 2000, Bailar en la oscuridad, y después de cantar en directo enfundada en un traje-cisne una de sus canciones –“I’ve Seen It All”- en la ceremonia de los Oscar, Björk Gudmundsdóttir se retiró a su casa.

Cerró la puerta delantera, echó las cortinas sobre las ventanas congeladas, se preparó un chocolate caliente y se cubrió con su edredón de terciopelo. Ya no se podía llegar mucho más lejos, y quería sentir algo muy familiar. Objetos caseros, ruidos suaves como las pisadas de un gato o una estufa caliente, el sonido reconocible de su propio espacio. Desenfundó su ordenador de bolsillo, dio de comer a su perro islandés y empezó a trabajar artesanalmente en su quinto disco.

La treintena de una mujer se considera su edad dorada. Todavía se es lo suficientemente joven como para considerarse activa, atractiva y precozmente creativa, pero también se es lo suficientemente mayor como para ser juiciosa, independiente y provocativamente segura. Los discos en solitario de Björk de la última década han ido acogiendo progresivamente la necesidad de soledad y calma.

En su debut en solitario de los 90, Debut, ya atrapa un tema eterno en su alma y nos lo escupe de frente: “¿Has estado alguna vez cerca de un ser humano?… Definitivamente, no tiene lógica.” En su tercer disco, Homogenic, todavía muestra su inquietud por toda la especie: “He recorrido el mundo y visto a la gente. Soy sincera cuando digo que me gustan. Quiero marcharme a la cima de una montaña con un emisor y buenas baterías… y liberar a la raza humana del sufrimiento.” Después llegó Dancer In The Dark, para la que escribió las tristes y fantásticas canciones de su personaje trágico, Selma, la mujer que nació pobre, perdió la vista rápidamente y a la que el destino condujo a ser condenada a muerte. Suficiente como para dejar a cualquiera sin resuello.

Siempre se tiene la sensación de que Björk se fuerza a exteriorizar sus sentimientos, resistiendo la propensión a contenerse dentro de su brillante poesía, expresándose con una música que cree, verdadera e inocentemente, puede salvar a este mundo bestial. Ése es el delicioso encanto de Björk. Por fin, con su última grabación, Vespertine, suena a un nivel de resolución que ha perseguido durante tanto tiempo.

Vespertine puede significar bastantes cosas: algo que ocurre por la tarde, una flor que se abre, el momento del día que precede a la puesta del sol, dejarse llevar por el atardecer… Según la propia compositora, “quería explorar lo que se siente dentro, ese éxtasis, ese estado eufórico que sucede cuando silbas.”

Esta vez no se trata de un álbum para los clubes internacionales de más renombre. En Debut, la instrumentación y los textos estaban supeditados a un latido rítmico subyacente en todo el disco. Después de tomar la primera decisión madurada de su trayectoria –separarse de los Sugarcubes para crear un mundo en el que moverse por sí sola-, muestra, en aquel disco, el baile de su primer amor, reconociendo sentirse “violentamente feliz porque no estás aquí.”

En Post se ríe de la civilización para sentirse mejor, al tiempo que propone su propia teoría de la evolución: “Todas las cosas modernas, como los coches y otras tantas, siempre han existido, simplemente estaban esperando… mientras escuchaban los ruidos irritantes de los dinosaurios y de la gente.”

En Homogenic la extroversión de sus exploraciones sociales y de sus inquietudes medioambientales se vuelve más clara que nunca: desde la cadencia militar de “Hunter” al estado de emergencia de “Joga”, mientras que en “Bachelorette” reconoce ser “una fuente de sangre, mi amor, en la forma de una mujer.”

En los últimos tiempos, mientras pasaba sus manos por encima de las estanterías, al tiempo que se acurrucaba bajo la mesa camilla, justo cuando acariciaba el espejo de su habitación o en el momento en que se reencontraba con la esencia de su propio perfume, Björk fue descubriendo Vespertine en su hogar. Y los sonidos que han ayudado a que su forma de expresarse suene como la más natural de todas las que ha adoptado hasta ahora estaban allí: el queso gratinándose, las velas consumiéndose en la noche, las cartas que se barajan, el café haciéndose lentamente… No hay sitio ya para “caminar sobre montañas” o “marcharse a una isla”.

En Vespertine relaja todos sus miembros y se siente madre: “si te estás rompiendo por dentro, ábrete“. Deja fluir todo lo que sabes y contempla lo que sale de ahí. Björk ha encontrado su sitio, aún algo desvergonzado: “Esta vez me lo voy a guardar todo para mí”. Pero no lo hace, no puede: “Le quiero, le quiero, le quiero, le quiero.”

Xavier Valiño

CAMPUS GALICIA ARTICULO THE ISLEY BROTHERS

ARTÍCULOS 2000

The Isley Brothers

Cosecha para el mundo

Orgullo, poder y política. Funk. Un retrato de la América soul. Durante una gran parte del siglo XX, The Isley Brothers han sido la antorcha y el hilo conductor de una dinámica tradición soul que abarca el rhythm & blues, el gospel e incluso el jazz. Han formado parte de todos los movimientos relevantes de la música popular desde los últimos años cincuenta, momento en el que grabaron “Jealous” y “Angels Cried”.

Aquellas primerizas canciones, enfundadas en el ropaje doo-wop de la época, macaron un punto de referencia para una odisea que continúa 40 años después. Coincidiendo con este aniversario, su reciente recopilatorio It’s Your Thing, The Story Of The Isley Brothers recuerda en tres compactos cuánta música imprescindible nos han legado. Cualquiera puede sentirse atrapado por su grandeza, debido, sobre todo, al estilo y al espíritu del enfoque del grupo, algo que ya se intuía en aquellas dos canciones y que les garantiza una vitalidad eterna.

En el 98, los Isley Brothers celebraron 40 años –40 años- en el negocio musical. No 40 años en la periferia del negocio, sino cuatro décadas en el mismo centro de la acción y de las modas que definen la historia de la música reciente. Pocos artistas de cualquier género pueden rivalizar con el impacto que los Isley Brothers han tenido en la música contemporánea.

No se han limitado a recrear e imitar aquello que los ha hecho populares década tras década. Al igual que Miles Davis en el terreno del jazz, los Isley Brothers han continuado siendo relevantes a base de crear un sonido que habla apropiadamente del aquí y del ahora. Y lo que los convierte en un caso sin igual es la forma en la que han llegado a formar parte, aunque todavía a una distancia prudencial, del Sistema.

La longevidad, que no el buscar apoyos dentro de él, es lo que les ha hecho parte de ese Sistema. Al mismo tiempo, se han resistido instintivamente a los esfuerzos que el Sistema ha hecho por cambiarlos, por comprometerlos. Rechazaron, en todo momento, entregar la esencia del Oro Negro –como tuvo que hacer al final el sello Motown- que lleva al desapego de la realidad y de la Comunidad, de su gente.

El secreto de la larga vida de los Isley Brothers, fueran o no conscientes de ello, es que nunca dejaron a la Comunidad. Mucho antes de que el término representar se pusiera de moda, los Isley Brothers ya estaban dando cuenta de la importancia de mantenerse fieles a las raíces de uno.

Por supuesto, eso ha sido, a la vez, una bendición y una maldición. Una bendición para todos aquellos que en algún momento escucharon o se sintieron tocados por sus canciones, y una maldición para su propia carrera, en la que la mayor parte del tiempo han sido considerados como aquellos artistas que hay que mantener casi a la fuerza, en un segundo plano, sin comprenderlos en absoluto y sin conseguir doblegarlos.

Por todo ello, sus canciones –y, por extensión, la música seleccionada para la colección It’s Your Thing, The Story Of The Isley Brothers- es también un retrato de la cultura afro-americana de todos estos años. Incluso cuando más cerca estuvieron de la fama en todos los aspectos, el grupo supo reabastecerse y mantener pura la fuente de su instinto creativo. Siguieron pintando viñetas de la vida de la gente de color en las que la ira, la frustración, el disfrute y la resistencia han dado forma a la esencia, vibrante y vital, de lo que conocemos como soul.

En los cuatro décadas que se recogen en este triple compacto, los Isley Brothers fueron asimilando muy diversos estímulos: la brutalidad racial de los cincuenta, la resistencia de los barrios de color de las ciudades de los sesenta y los setenta y el espíritu empresarial de los ochenta y los noventa.

Para mucha gente, la pasión ardiente de la comunidad afro-americana –el entusiasmo por la vida, la chispa del instinto creativo- ha sido enterrada bajo capas de pretensiones, jugando con la herencia de la doble conciencia, manteniéndose vivos para seguir adelante. Han estado jugando el juego que se les marcaba, cantando para el amo durante tanto tiempo que han acabado por olvidar en dónde están las raíces.

Por suerte, la música de los Isley Brothers ha ido haciendo tajos en esas capas, generación tras generación, con acordes que los transportan hasta sus raíces más desnudas. Con himnos políticos como “Fight The Power”, mensajes concienciadores como “Harvest For The World”, ataques de lujuria desbocados como “That Lady” o baladas sensuales como “For The Love Of You” o “Between The Sheets” que recuerdan que en el Amor Negro está su salvación.

Los Isley Brothers han sido el latido de los afro-americanos. Son su pulsación, el ritmo lejano que recuerdan de dónde vienen y los profundos océanos que han cruzado. Y, si tenemos en cuenta lo que representa su comunidad para el mundo, los Isley Brothers han sido, también, el latido del mundo.

Xavier Valiño

CAMPUS GALICIA ARTICULO FESTIVAL SANTIROCK 2000

ARTÍCULOS 2000

Santi Rock, digna primera edición

Sonic Youth en Santiago de Compostela

Curioso festival. Ya desde que uno llega el primer día y se encuentra con aquello de “Prohibida la entrada de animales cuadrúpedos; para los bípedos nos reservamos el derecho de admisión”, se adivina que no está ante un evento al uso. Sí, los pasados 13, 14 y 15 de julio tuvo lugar en Santiago la primera edición del Festival Rock por excelencia de Galicia desde ya mismo. Y lo ha sido porque no muchos pueden presumir de reunir el cartel con el que hemos contado.

A pesar de todo, el protagonista principal no fue ninguno de los grandes nombres, sino… ¡el viento! Quedará para siempre grabado en los oídos de los asistentes como las rachas de viento hacían que el sonido de los grupos fuera y viniese sin otra explicación. Y no es que el equipo contratado por la organización se quedase corto, sino que ante los elementos de la naturaleza poco se puede hacer. De todas formas, nada como acercarse al escenario o pensar que mejor eso que tener que suspender por la lluvia o algo peor.

Iggy Pop triunfó la primera noche. Como siempre, a torso descubierto, pantalón de cuero negro y sobriedad en el escenario y en sus músicos, aunque para energía y electricidad sin tregua ya estaba él con sus 53 años. Él suda, mientras otros –Jagger, por ejemplo-, transpiran colonia de precio prohibitivo. A su misma altura, en otra concepción muy distinta de la música, estuvieron Asian Dub Foundation, la única nota plenamente actual de los tres días, con sus proclamas políticas, sus increíbles bases rítmicas y un sonido insuperable, aunque para entender a su cantante se necesite haber nacido en su misma casa.

El segundo día brilló con luz propia la voz y la presencia en escena de Skin, cantante de Skunk Anansie. Los músicos que la acompañan no siempre están a la altura y en este caso, aunque queda claro que ganan en directo respecto a sus discos, sólo pudieron seguirla al principio y al final. Ash no pasaron de correctos, mientras que Killer Barbies y L 7 demostraron un saber estar encima de las tablas casi similar al de Skin. Potentes, cuando menos. Dover, como siempre, lo tenían todo ganado, y ni siquiera necesitaban de versiones como “Time After Time” de Cindy Lauper o el espectáculo de ver a su batería desnudo haciendo el pino para arrasar con su sonido de hace diez años.

Sonic Youth, por mucho que digan, brillaron como en sus mejores momentos, en el que fue sin duda el mejor día de los tres. Dejaron de lado su difícil último disco y dieron, de nuevo, una lección para todos sus discípulos en el mundo del noise, del grunge, del punk y, por extensión, a toda la escena del rock. Emplearon sus mejores armas: un buen diseño de escenario y distorsión a raudales, la misma que utilizaron por momentos Yo La Tengo. Aunque en el caso de estos últimos, lo suyo fue mucho más atípico: de la delicadeza a la furia en segundos y dejando para la posteridad el mejor momento de todos: su interpretación coreografiada –y cómica- de un oscuro éxito de la música disco “You Can Have It All”.

Mientras, Manta Ray volvían a deslumbrar con sus ambientes, que no canciones, siempre embelesadores en vivo. Teenage Fanclub decepcionaron por no traerse ensayada la lección y por empeñarse en sonar aún más pop en sus nuevas canciones. Ocean Colour Scene, aunque se mostraron por encima de lo esperado escogiendo lo más granado de su repertorio, se empeñaron en dejar claro lo retro de su sonido cerrando con el “Day Tripper” de los Beatles.

La sorpresa llegó de la mano de los portugueses Madamme Godard, un grupo sin sello discográfico aún por el que vale la pena suspirar. Ocean Colour Scene aportaron el personaje más entrañable: un viejecito que tocaba la pedal steel guitar y que hacía de roadie para el grupo, encendiéndoles los cigarrillos. ¿Sería el padre de alguno de ellos, el auténtico causante de la vocación de sus hijos?

Más curiosidades: Iggy Pop apareciendo en Mercedes en el recinto para, a continuación, seguir con atención la actuación de Sexy Sadie y pedirles un disco. No fue el único que mostró su alma de fan: Cristina Llanos, de Dover, presenció varias actuaciones desde la primera fila, en especial la de las salvajes L 7. También se pudo ver entre el público a gente de Los Enemigos, Los Flechazos o Barricada, estos acomodados a resguardo del viento y haciendo tiempo hasta que les tocase salir al escenario en otro punto de Galicia.

Se pueden mejorar muchas cosas, desde luego, y la organización es consciente de ello. Sobre todo, esa carpa dance que, prevista para sólo mil personas, se quedó pequeña desde el primer momento. Mejorar las señalizaciones de entrada, poner autobuses gratuitos desde el centro de la ciudad y habilitar una sala de prensa son también cuestiones pendientes. Ni se debería tampoco anunciar el cartel hasta que esté cerrado en su mayor parte, tal y como se hizo este año, creando unas expectativas que luego no se pueden cumplir.

Pero lo que hay que dejar muy claro es que el balance es totalmente positivo, sobre todo por esos casi 40.000 asistentes que superaron ampliamente a los 5.000 que esperaba la Consellería de Cultura. Por todo ello, por el éxito artístico y de público, se debe asegurar ya, sin más dilación, la continuidad de un acontecimiento que se ha convertido, en su primera edición, en cita ineludible del verano festivalero.

Xavier Valiño

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