CAMPUS GALICIA ARTICULO EL NUEVO SOUL

ARTÍCULOS 1999

Nuevo soul, esencia morena

Erykah Badu

Desde los años 60 no había habido una generación de cantantes soul como la de ahora. Lauryn Hill –nominada a diez premios Grammy-, Erykah Badu o Maxwell son sólo los nombres más conocidos de un momento glorioso para la música con alma.

Hace unos años, no tantos aún, todo estaba por inventar… Y se inventó. Fueron los años gloriosos del soul, que comenzaron a finales de los 50 y lucieron en los 60 y 70. Fueron los años de Otis Redding, Sam Cooke, Marvin Gaye, Aretha Franklin, James Brown, Jackie Wilson, Al Green, Wilson Picket… Los tres primeros murieron de forma violenta y, con la desaparición de cada uno de ellos, el soul fue perdiendo fuelle y, más que nada, inventiva.

Otis Redding se estrelló con su avión particular en plena gira; días después su “The Dock Of A Bay” se convirtió en su primer número uno. Sam Cooke fue asesinado de tres disparos y rematado en el suelo por la conserje de un motel que pensaba que el vocalista estaba intentando forzar a su joven acompañante; años después la película “Único testigo” recuperó su “Wonderful World”. Por último, a Marvin Gaye lo mató su propio padre, un predicador que estaba harto de la adicción de su hijo a la cocaína; curiosamente, sucedió el mismo año que Marvin Gaye se había rehabilitado comercialmente con “Sexual Healing”, la última gran canción de los clásicos del soul.

¿Alguien se acuerda de ellos? Además de las compañías publicitarias, que un buen día descubrieron en ellos un filón inagotable, durante los 80 el pop británico no dejó de demostrar de dónde le venían las influencias a algunos de sus nombres más exitosos, dentro de lo que dio en llamarse soul de ojos azules: Paul Young, el Style Council de Paul Weller, Mick Hucknall con Simply Red, Scritti Politti, el propio Robert Palmer…

Ya en los 90, con el precedente de Sade, los músicos de color retomaron el legado de sus antepasados, aunque la primera generación de esta década tenía un ojo puesto en el pop y el otro en las listas de éxito: Terence Trent D’Arby, Seal, Neneh Cherry, la propia Mica Paris que fue lanzada a lo grande y ahora pasa totalmente desapercibida… Nada especialmente memorable, aunque tuvieran alguna canción para recordar.

El relevo, su relevo, la gran generación del soul desde los clásicos de los 60 estaba por despuntar. Y de tres años a esta parte, más o menos, sin que nos diéramos cuenta, una serie de vocalistas-compositores-músicos de color ha llegado para quedarse, para reivindicar el legado de los grandes nombres, actualizarlo y, lo que es más importante, proporcionarle al soul una nueva y necesaria creatividad, combinándolo con el jazz y el hip-hop.

Todos son jóvenes y ninguno tiene más de dos discos publicados, si exceptuamos una recreación en directo de uno de los debuts. No representan a ningún movimiento conocido –mientras no se den cuenta los medios de comunicación- y no tienen especial fijación por las listas de éxito. Hasta ahora.

Puede que el más desconocido hasta el momento, D’Angelo, sea la referencia más visible entre los nuevos soulmen, al menos aquel al que todos dirigen sus más encendidos elogios. Sólo ha editado un disco, Brown Sugar, aunque a sus 25 años ha pasado por un grupo de rap, ha colaborado en discos de gospel y ha escrito varias canciones para bandas sonoras. Hace unos meses se especulaba con un disco en directo y ya se sabía que tenía grabado un nuevo disco en estudio, Voodoo, que aún no ha visto la luz.

Maxwell ha sido el más prolífico. Tras su debut, Maxwell’s Urban Hang Suite, del 96, en el 97 llegó su revisión en directo, un más previsible MTV Unplugged, y en el 98 presentó Embrya, una derivación de la palabra “hembra” y que muestra bien claro cuál es su línea: soul de alto voltaje para acompañar noches sensuales y sexuales, con un estilo que bebe en las fuentes del Marvin Gaye más lujurioso.

Rahsaan Patterson es el ejemplo más claro de las influencias de los grandes de los 60, más en su educación musical que en su primer disco Rahsaan Patterson, del 97. Del coro de la iglesia de su barrio de Nueva York pasó a componer para otros –Brandy-, después de colaborar con George Duke y Stanley Clarke. Aunque todos se empeñan en emparentarlo con Stevie Wonder, él prefiere asociarse con mujeres clásicas del soul de las tres últimas décadas como Gladys Knight, Chaka Khan o Anita Baker.

Quedan aún dos nombres reseñables entre los soulmen. Tony Rich, a pesar de ser aún bastante desconocido, cuenta ya con uno de esos devaluados premios Grammy por su primer disco, Words, del 95. Su soul se encuentra más cerca de los que aquí se citan que el de los más habituales de las listas de éxito Babyface o Usher, con quien pretendieron asociarlo concendiéndole aquel premio. Y Chico DeBarge, el pequeño del clan DeBarge, quien publicó en el 97 Long Time No See, un disco producido por el descubridor de D’Angelo y Erykah Badu –Kedaar Massenburg-, que fue editado después de haber pasado seis años en prisión por tráfico de drogas.

Pero son las mujeres la imagen más definitiva de este renacer del soul. Erykah Badu se declara mensajera del renacimiento espiritual y artístico y manifiesta haber nacido artista. Lo demuestra con su extravagante vestimenta, la leyenda que rodea a su vida privada y su impresionante directo.

Tal vez su extraordinaria voz y el aura misterioso que desprende sean los elementos que conducen a todo el mundo a compararla con Billie Holiday, aunque también se pueden reconocer huellas evidentes de Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan, Nina Simone, Aretha Franklin o Chacka Khan. Baduizm, del 96, y un algo reiterativo Live, del 97, con sólo dos temas nuevos, indican una especial predilección por el jazz, la cadencia del hip-hop y la investigación sonora. Puede que no sea la más vendedora, pero es ya la gran estrella de la música negra de fin de siglo.

Missy “Misdemeanor” Elliott es la que mejor ha sintetizado la fusión del rap con el soul en su primer disco Suppa Dupa Fly, del 97, en el que se muestra exuberante a todos los niveles. La bomba Elliott no tiene nada de recién llegada: después de militar en el grupo de rap femenino Sista, compuso o prestó su voz a un buen número de cantantes de color, antes de convertirse en empresaria, arreglista, productora y cantante explosiva en solitario.

Queda, para el final, la gran triunfadora, Lauryn Hill. Después de conocer el éxito al frente de The Fugees junto a Wyclef Jean y Pras, en el 98 editó su primer disco The Misseducation Of Lauryn Hill. El título y la inspiración están tomados directamente del libro The Misseducation Of A Negro, de Carter Wodson, que habla del respeto y el orgullo de la cultura afroamericana, algo que Lauryn Hill tiene muy presente en sus canciones.

Además de ser muy superior a los trabajos de sus compañeros y de ser un nuevo éxito de ventas, sin ir descaradamente a por ello, ha obtenido el respaldo de la conservadora industria musical norteamericana. Puede que alguien se haya dado cuenta de que algo se mueve en la música de color.

DISCOS IMPRESCINDIBLES

1: Brown Sugar, D’Angelo (1995): Contemplado tres años después, ésta fue la presentación del nuevo soul en sociedad. Que si Marvin Gaye, que si Smokey Robinson, que si rhythm’n’blues, que si rap… Lugares comunes que, desde entonces, no han dejado de repetirse. Da lo mismo: el caso es que D’Angelo dejó tan alto el listón que todos lo utilizan como su referencia fundamental y como blanco de todos sus piropos. Su versión: “Cruisin’” de Smokey Robinson.

2: Maxwell’s Urban Hang Suite, Maxwell (1996): Sí, él es el Marvin Gaye más lujurioso y sensual. ¿Cómo entender, si no, un disco que se plantea como la historia de la aventura de una noche, desde que se sale de casa en busca de compañía hasta el despertar satisfecho, dando cuenta de todo lo sucedido? Desde luego, la definitiva sinfonía del sexo nocturno. No incluye versiones, pero ayuda en la composición el clásico Leon Ware.

3: Baduizm, Erykah Badu. (1997): La imagen y la voz del nuevo soul. Nada de esto debería hacer sombra a la mayor de las evidencias: su debut es uno de los más deslumbrantes discos de los 90, además de sonar plenamente actual gracias a sus cadencias hip-hop. Lo de Billie Holiday puede servir para orientar a los despistados, aunque pronto será ella la referencia a citar. Estrella ya lo es por méritos propios y la música, en este caso, acompaña –si no se repiten deslices como su Live-. La versión: “4 Leaf Clover”.

4: Rahsaan Patterson, Rahsaan Patterson (1997): Había sido preparado para ello desde que nació. Pero también lo fueron otros antes y no lograron ni conseguir la mitad que él. Lo suyo tiene más que ver con la tradición y el funk y menos con los nuevos sonidos. Colaboran Billy Preston y el hijo de Booker T. Jones, revelando, por si no quedaba claro, que se le reverencia como la versión de los grandes clásicos de siempre para este final de siglo.

5: Supa Dupa Fly, Missy “Misdemeanor” Elliott (1997): Missy Elliott tiene un pie en el soul y otro en el rap, demostrando que ambos géneros son primos-hermanos y, en este caso, lo mismo. Callejero, sexy, sofisticado, provocativo, funky… Música arrasadora a cargo de una mujer que lo tiene todo. Su versión: “I Can’t Stand The Rain” de Ann Peebles.

6: The Miseducation Of Lauryn Hill, Lauryn Hill (1998): Tiene carácter, pero lo enfunda en un hermoso tratado de hip-hop, reggae, soul, humanismo y actitud positiva. Tal vez sea un punto más convencional que el resto y los sampleados más previsibles –The Doors, Bob Marley, Wu Tang Clan- y, puede que por ello, ha logrado mayor recompensa. Además de hacer un dúo con D’Angelo, incluye versión del “Can’t Take My Eyes Off You” de Frankie Valli.

Xavier Valiño

CAMPUS GALICIA ARTICULO LOS NUEVOS CROONERS

ARTÍCULOS 2000

FIB: Camino sin retorno

Primal Scream en Benicassim 2000

Curioso, curioso. En un Estado en el que todos huyen de la cultura minoritaria como la peste, el festival veraniego que triunfa es el de Benicassim, consagrado a la música independiente y más al margen de los medios masivos. Y no hay excusas que valgan: a estas alturas el Festival Internacional de Benicassim tiene un público fiel que pasea la especialización como su estandarte y el elemento que le hace existir por imperiosa necesidad.

Edición del 2000: 24.000 espectadores, 700 periodistas, televisión en directo, 150 millones de oyentes a través de las ondas, 500 millones de presupuesto… Cantidades para marear, pero no para perder el Norte. A pesar de haber crecido cuantitativamente en los años anteriores –no en éste, ojo, el techo ya está marcado-, la filosofía original permanece inalterable. Y el resultado se traduce en un balance artístico satisfactorio y en una organización casi impecable: quedan en el debe los cortes a Primal Scream, Elastica, Johnny Marr’s Healers o Los Fresones Rebeldes.

Cartel. Contar con Oasis en el plantel de artistas significa una seguridad que permite dedicarse a grupos aún más minoritarios. Así que de menos calidad en la programación, nada. Más bien todo lo contrario: posibilidades así no se pueden tener todos los días, por lo que la mayoría intentan convencer a una audiencia respetuosa, pero crítica, de sus propuestas. Arriesgadas unas, desconocidas otras, creativas todas, y con un amplio margen por delante, del que Benicassim se convierte en punto de partida a ese sendero que ya no tiene vuelta atrás.

Oasis. Sólo uno de los hermanos Gallagher, Liam, se dignó en pisar el escenario. Noel ya no es más que el mito a imitar. Lo hace su guitarrista de reemplazo, como un clon -y lo hace también Johnny Marr al frente de su nueva banda, demostrando como el maestro ha pasado a imitar al alumno-. Lo que ahora representan los de Manchester, cuando Liam decide concluir un concierto, es un gigantesco karaoke, poniendo en evidencia que los Oasis del 2000 poco tienen que ver con la banda que hace cuatro años conquistó el mundo. Eso sí, los sustitutos se ganan el sueldo con su perfecta clonación, y cuando Liam canta “Rock’n’Roll Star” el mundo le da la razón: ha conseguido su sueño, con la arrogancia y la chulería como elementos indisolubles a tal condición.

Primal Scream. Si los Rolling Stones sonaran como deberían en este cambio de milenio, se llamarían Primal Scream. La mejor banda rock del mundo, ni más, ni menos. Tienen la actitud punk, los riffs del Keith Richards más bastardo, la química del verano del amor, la imagen de Joe Strummer y la fuerza de una locomotora desbocada. Suenan peligrosos, sucios, vanguardistas, clásicos, primitivos, agresivos, eléctricos… Incitan a la rebelión y consiguen la unanimidad en la acción y en el baile. Bobby Gillespie es la instantánea de Benicassim 2000, al menos la que nos gustaría recordar.

Richard Ashcroft sin The Verve. El nerviosismo dio paso a una confirmación. Sin su anterior grupo, Richard Ashcroft pierde fuelle: sus acompañantes no dejan de ser meros mercenarios. Pero jugó con las cartas marcadas: ennegreció su inmaculado sonido con coros soul y gospel y, al final, consiguió que su reblandecido sonido diera el pego. Triunfo por insistencia y convencimiento.

Escenario Maravillas. En un escenario tan grande, consagrado en su mayoría a las propuestas más rock, casi todos brillaron por debajo de las expectativas. Sólo merecen una mención Six By Seven –penúltima regeneración del rock británico-, Autor de Lucie –delicadeza entre tanta pretenciosidad- y la excelente voz de la cantante de Morcheeba, un grupo demasiado dirigido a las audiencias mayoritarias.

Grupos estatales. Los Planetas arribaron con una actuación anterior olvidable y, en el 2000, casi consiguen hacerlo inolvidable. Aún habrá tiempo para superarse, porque el Festival es suyo. Sexy Sadie tienen ya bastantes clásicos coreables y Astrud reconvirtieron la ironía y la sencillez en su mérito –“gracias por venir a vernos a nosotros y no a Onasis; al menos nosotros hemos venido los dos”-.

Escenario “Viaje a los sueños polares”-“Urbe.es”. Con la única pretensión de disfrutar, agradar y convencer, la mayoría de sus inquilinos ocasionales fueron los grandes triunfadores: Saint Etienne y su pop lujoso y lujurioso, Pizzicato Five al borde del delirio bailable y Gonzales como el trío más canalla e incorrecto de los tres días. No estuvieron solos: Mojave 3, Baxendale, Pop Tarts, Le Hammond Inferno –y la consigna “Move Your MP3s”, guiño al subconsciente colectivo en tiempos de piratería masiva en red-…

Dos momentos para el recuerdo. Richard Ashcroft y sus diez minutos en acústico y eléctrico de un “Bitter Sweet Symphony” glorioso, y Moloko, con veinte minutos de un “Sing It Back” en acústico, eléctrico y versión dance que aún seguiremos bailando por mucho tiempo.

Xavier Valiño

CAMPUS GALICIA ARTICULO KINKS

ARTÍCULOS 1999

TheKinks, reedición de unos clásicos

¿Quétienen en común, pongamos por caso, Van Halen, The Raincoats, Mot The Hoople,The Pretenders, The Fall, The Jam, Big Star, Blur, Elvis Costello, Herman’sHermits…? Nomucho, a no ser que todos han hecho versiones de alguna canción escrita en sudía por Raymond Douglas Davies, por supuesto. El repertorio de los Kinks delos años 60 es tan variado y de tal alcance que ha conseguido tener unaamplia variedad de grupos como fans. Y en el caso de The Jam o Blur le debengran parte de su razón de ser.

Labanda surgió en medio de la invasión británica de los 60 con ruidosascanciones rock, que contribuyeron a cimentar las bases del heavy-"You Really Got Me", sin ir más lejos-, pero pronto seconvirtieron en un combo de canciones nostálgicas dedicadas a reflejar elmundo londinense de aquellos años, y todo ello sin estar en sintonía con elresto del mundo musical de por aquel entonces: tan sólo Donovan estaba tambiénfuera de juego, pero Ray Davies tenía un oído más preparado para las melodíasy unas letras mucho más clarividentes.

Cuandola banda comenzó con una serie de singles de éxito que incluían "YouReally Got Me" y "All Day And All Of The Night", parecía queestaban en la cima del mundo y que habían nacido para quedarse allí. Losproblemas echaron a perder tan benévolos presagios incluyendo, en el caso deRay, crisis nerviosas, pérdida de inspiración y problemas con la bebida. Y,a pesar de todo, consiguieron legar a su compañía de discos, la máspreocupada por sacarle un rendimiento instantáneo, y al mundo entero, cincodiscos ya clásicos y un buen puñado de singles en menos de tres años.

Esosson los cinco discos que ahora se reeditan gracias a la colaboración entre susello original Castle y Mastertrax: TheKinks, Kinda Kinks, The Kinks Kontroversy, Face To Face y SomethingElse By The Kinks. Y la mejor noticia es que todos doblan su duraciónoriginal, incluyendo rarezas, caras B y versiones que no aparecían en lasediciones originales, aunque se respetan las portadas que antes tenían y sele incorporan unos acertados comentarios.

Puedeque los tres primeros no pasaran de ser colecciones de singles -excelentes,eso sí-, pero a partir del cuarto, en 1966, The Kinks empezaron a hacerdiscos completos, al igual que los Beatles, los Beach Boys o los RollingStones, en una época en la que se hicieron muchos discos grandiosos yatemporales, con forma de declaraciones íntegras más que una simple colecciónde singles de éxito con algún que otro relleno.

Para probarlo están las canciones, que fueron ganando en profundidad a medida que pasaban los meses y que el éxito les rondaba. Y todo coincidió con los problemas: su hermano Dave empezó a buscarle un sustituto a Ray en la banda, las giras eran una tensión continua dentro del grupo, su compañía no se preocupaba más que por los beneficios instantáneos y su productor Shel Tamy tenía que bregar con los intentos de Ray de hacerse con el control tras la mesa de producción.

Así que, a medida que su vida personal iba cayendo en picado, sus letras empezaron a reflejar este peso, mostrando las depresiones del principio y buscando alguna forma de escapar más tarde, con el sonido mirando hacia los "viejos y buenos tiempos".

Cuando a Ray Davies le preguntaban por la melancolía de sus canciones, él respondía diciendo que no lo hacía por fastidiar, sino porque en todo el mundo encontraba la misma debilidad que él sentía. "Dellicated Follower Of Fashion" o "Well Respected Man" demuestran que Ray aprendió, poco a poco, a darle un severo repaso a las clases medias, y en ello basó buena parte del resto de su producción: de la frustración personal a su madurez como compositor sólo medió un paso.

Aunque el grupo empezaba a mostrar síntomas de sofisticación con The Kinks Kontroversy, su material realmente valioso llegó con Face To Face, cuando comenzaron a mezclar sus raíces rhythm’n’blues con escalas indias, folk, el music hall y la colaboración del clavicordio de Nicky Hopkins -también asiduo en las grabaciones de los Rolling Stones-.

Con Something Else By The Kinks dieron lo mejor de esta su primera etapa, un paso de gigante en términos de elegancia y consistencia. No hay más que escuchar el acertado relato de idolatración escolar que es "David Watts" o el dardo certero de "Harry Rag", que ahora se recogen junto a cortes extra tan exquisitos como "Wonder Boy" o "Autumn Almanac".

Ironías de la vida, sus más brillantes capítulos junto a la banda a la que Ray Davies dedicó toda su existencia se reeditan al mismo tiempo que aparece su primer disco en solitario después de 34 años, The Storyteller, un disco digno, pero que no pasa la prueba de las comparaciones, ni siquiera lo debería intentar. Ray Davies se lo ha ganado a pulso.

Xavier Valiño

CAMPUS GALICIA ARTICULO FADO

ARTÍCULOS 1999

Fado, el canto de la ciudad blanca

En las serpenteantes rúas de los barrios más tradicionales de la ciudad blanca -Alfama, Barrio Alto, Ribeira, Mouraria o Mandrágora-, el alma portuguesa se puede sentir y hasta palpar, al mismo tiempo que su forma más perfecta de manifestarse, el fado, se vuelve reconocible en cada esquina. Las tabernas y las casas de fado se reparten anárquicamente por sus calles y, cuando el sol se oculta, los aficionados se colocan una noche más delante de su público imitando a los grandes clásicos.

“Ni alegre ni triste, un episodio de intervalo”. Así definía Pessoa al fado. Es, también, la tradición sin traducción, tal y como anuncia uno de los varios carteles que salpican esas calles, expresada a través de unas canciones en las que la añoranza, el destino, la tristeza, el sino y la saudade se convierten en los referentes básicos de una cultura popular exclusivamente portuguesa, aunque de alcance universal.

El fado es, tal vez, junto al blues, el flamenco y el tango, la más perfecta comunión íntima entre una música y su lugar de origen. A través de los años se ha convertido en el mejor exponente de la angustia interna, la pasión amarga y la serena melancolía que habita en el alma de los portugueses.

En el siglo pasado la idea del cantador de fados iba asociada a las tabernas, los prostíbulos, la golfería y la imagen de los chulos. No en vano la primera fadista fue una prostituta llamada María Severa, quien, después de muerta a los 25 años, sigue conservando viva su leyenda debido, sobre todo, a sus amores con el Conde de Vimioso a mediados del XIX.

Tras sus orígenes humildes, recolectando influencias árabes y africanas, y su posterior expansión como sublimación de la canción costumbrista popular, espontánea, trágica y algo canallesca, llegó la gran Amália Rodrigues para dignificarlo y llevarlo al resto del mundo, alargando su sombra sobre toda posibilidad de evolución posterior, al igual que Gardel con el tango.

Más adelante, en su versión de Coimbra, el fado se sofistica, entra en contacto con el mundo más lírico de los poetas y se acerca a otros ritmos de raigambre atlántica, como el tango, la milonga o la habanera. Durante décadas continúa estancado, hasta que nuevas voces como Dulce Pontes, Teresa Salgueiro –de Madredeus-, Misia o Bevinda reivindican aquel legado en sus canciones, más en lo que concierne a su sentir que a la repetición de sus esquemas de composición.

Ahora, con el fin de siglo, el fado parece vivir una nueva juventud. Y la colección que ahora se edita, El canto de la ciudad blanca, aprovecha esa situación para intentar ubicar su vigencia a través de treinta y seis canciones en dos compactos en los que hay lugar para casi todas las grandes voces que en el fado han sido a excepción de, por ejemplo, nombres como Lucilia do Carmo o Alfredo Marceneiro.

Por una parte aparecen las grandes damas de la canción portuguesa, como la propia Amália Rodrigues, Hermínia Silva, Maria Teresa de Noronha o Anita Guerreiro. La ortodoxia continua en las voces de Carlos do Carmo, Paulo de Carvalho o Beatriz da Conceiçao.

Algunos rompen con los tópicos de la canción triste, entre ellos Jorge Fernando, Manuel de Almeida, Joao Pedro o Joao Braga, mientras otros lo aproximan más al pueblo: Vicente de Cámara, Tereza Tarouca o Rodrigo. Pero también hay tiempo para los grandes compositores –Paulo, Ferrer Trindade, Max, Raúl Portela o Frederico de Brito- y el reflejo de la evidente relación con los poetas portugueses –Almeida Garret, Pedro Homem de Melo, Alexandre O’Neill o José Carlos Ary dos Santos-.

Tal vez el aspecto más destacable de esta colección sea la traducción de todos los textos al castellano, labor realizada por el español Carlos Pérez Álvaro, que vivió en Lisboa y sigue ligado al país vecino. Se acompaña, también, un breve glosario de términos utilizados habitualmente en las piezas propias de este género.

José Niza, psiquiatra, diputado socialista por Santarem y compositor de fados, se encarga de la erudita presentación. Esta elección tiene su razón de ser: Niza fue el autor de “E despois do adeus”, la canción que dio el pistoletazo de salida a la Revolución de los Claveles, hace ahora 25 años. Se echa en falta, eso sí, información sobre la fecha de grabación de las canciones y una pequeña biografía de cada artista.

El punto y final lo ponen, de nuevo, las palabras de Pessoa: “El fado es el cansancio del alma fuerte, la mirada de desprecio de Portugal al Dios en que creyó y que también lo abandonó. En el fado, los dioses regresan, legítimos y lejanos.”

Xavier Valiño

ULTRASONICA ARTÍCULOS 1998 ALASKA

ULTRASONICA ARTÍCULOS 1998 ALASKA

Ultrasonica e-zine :: Xavier Valiño

ARTÍCULOS 1998


Alaska, arqueología pop

 

 

Nada menos que hasta tres novedades discográficas del clan Alaska se han publicado casi simultáneamente en el breve lapso de tiempo de medio año. Lo de novedades habría que relativizarlo porque, en realidad, la actual formación de Fangoria -Olvido Gara, que es el nombre real de la propia Alaska, y Nacho Canut- parece atravesar un período de escasa creatividad. Y contamos sólo tres si no tenemos en cuenta el disco Delirios de grandeza, un disco recopilatorio más convencional, aunque con algunas curiosidades, publicado también en el curso de los últimos meses.

 

Primero apareció Interferencias, un álbum de versiones de canciones de Adamo, Cecilia, Tino Casal, Mina, Los Vegetales, Adam Ant, Radio Futura y Décima Víctima, a cargo de su más reciente aventura, Fangoria, acompañada de diferentes invitados -Family, Le Mans, Intronautas, Doctor Explosion, Madelman, Iluminados, Heroica y Terry IV-, un disco que resultaba interesante precisamente por los invitados y la elección de los temas repescados.

 

Más recientemente se ha editado El huracán mexicano, con remezclas, remixes, rarezas, caras B y curiosidades que abarcan toda la trayectoria de Alaska en sus diferentes etapas. Lo acaba de editar su antigua compañía, Hispavox, seguramente aprovechando el reciente tirón mediático de la revisitada movida madrileña.

 

Esta segunda iniciativa recorre hasta treinta y cuatro títulos de la diva madrileño-mexicana. Las canciones reflejan primero la pionera etapa popera de Los Pegamoides, en los que militó Eduardo Benavente, mente inquieta que creó luego Parálisis Permanente, antes de fallecer en un accidente de tráfico, víctima del alocado mundo de las giras. Hay también sitio para las aventuras con Dinarama o como Fangoria, incluyendo la versión en inglés de “Bailando”, colaboraciones con Los Nikis o versiones impagables de Los Panchos (”Basura”) o Raffaela Carra (“Rumore”).

 

Y, por último, éste un poco más reciente, aparece Mundo indómito, editado por la inquieta gente del sello Subterfuge, que es, quizás, el más interesante por ser el recopilatorio en el que más se han involucrado los propios interesados. Se incluye dentro de la colección Canciones desde la tumba, una repesca de grabaciones de grupos ya desaparecidos, y lleva el subtítulo Las grabaciones inéditas de Alaska y Los Pegamoides. Lo que se puede encontrar son veintiocho canciones que van desde febrero de 1980 hasta finales de 1982, algunas inéditas y otras más conocidas en su repertorio, en el primitivo formato de maqueta. O sea, tomas domésticas de canciones que marcaron a una generación en una curiosa labor de arqueología pop.

 

Xavier Valiño

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