ANGELO DE AUGUSTINE: Angel in Plainclothes
ANGELO DE AUGUSTINE: Angel in Plainclothes (Asthmatick Kitty-Popstock!)
A veces la música más delicada nace de una sacudida brutal. Lo que atraviesa este nuevo trabajo de Angelo De Augustine no es únicamente una colección de canciones melancólicas, sino el relato de alguien que tuvo que reconstruirse desde cero después de que su cuerpo dijera basta. Durante la gestación de su anterior álbum, el músico californiano sufrió un colapso físico sin diagnóstico claro y pasó meses reaprendiendo gestos elementales: caminar, hablar, tocar la guitarra o incluso cantar. Esa experiencia, lejos de convertir Angel in Plainclothes en un disco oscuro o derrotista, lo empuja hacia una especie de espiritualidad serena, casi suspendida en el aire.
Es el quinto disco de De Augustine y, en cierta forma, el más improbable. No porque haya cambiado de piel estilística -sigue siendo el mismo folk acústico de trazo fino, íntimo hasta el pudor-, sino porque existe. Y eso, en este caso, no es un detalle menor. Grabado en su estudio casero del sur de California llamado A Secret Place (Un Lugar Secreto), el álbum lo vio asumir de nuevo los roles de compositor, arreglista, productor y mezclador, aunque por primera vez en años tuvo que abrir la puerta a otros, incluyendo su madre Wendy Fraser, ex corista en temas icónicos del pop de los ochenta, quien aporta voz y percusión.
De Augustine construyó parte del sonido del álbum con instrumentos raros o deteriorados: Un marxófono comprado casi por accidente en una tienda de segunda mano, parcialmente roto, se convirtió en columna vertebral de varias canciones, mientras que un Aquarion (percusión con barras de vidrio, similar a una marimba) tan inestable que tuvo que ser reparado por un artesano antes de poder usarlo.
El resultado suena a reaprendizaje. “Empty Shell”, la canción que abre el disco, apenas susurra sobre arpegios tenues y cuerdas delicadas, con la voz de De Augustine rozando el límite de lo audible. “Spirit of the Unknown” eleva esa misma fragilidad hasta convertirla en algo luminoso, con un fraseo vocal que en los mejores momentos recuerda a Jeff Buckley. “Mirror Mirror” rompe el molde: trenes, baterías distorsionadas y un salterio manipulado a velocidad variable generan algo parecido al country psicodélico, o al caos controlado, que funciona como metáfora exacta del proceso de sanar: sin linealidad, sin garantías. El disco se cierra con “Goodbye Baby Blue”, que no dramatiza ni sentencia, simplemente deja ir. Angel in Plainclothes no pide admiración por lo que costó hacerlo ni tampoco la necesita.
