NUEVOS RÍOS: Nuevos Ríos

NUEVOS RÍOS: Nuevos Ríos (ZZK)

Todo empezó en el bajo de la casa de Nidia Góngora, en el pueblo de Timbiquí, a orillas del río del mismo nombre, en la costa del Pacífico colombiano. El trío francés Reco Reco, llegado desde Toulouse con su obsesión por los ritmos suramericanos de trance -lo que ellos mismos llaman ‘tropical bass’ (‘bajo tropical’)-, se sentó a improvisar con los músicos de Canalón de Timbiquí, el grupo que Góngora lleva años dirigiendo. Lo que salió de esas sesiones, sin agenda ni estudio de por medio, acabó siendo este debut homónimo publicado en ZZK Records, sello que ya había fichado a Nicola Cruz y La Yegros.

No fue, por lo tanto, una colaboración tejida por Internet, ideada en un despacho o producida a distancia, sino música nacida en un espacio doméstico, lo que explica por qué suena tan poco calculada. Esa espontaneidad impregna cada pista. En “Sumba ale”, que abre el disco, los pájaros, los insectos y las voces de niños aparecen antes de que entre la marimba de chonta, como si el río y el barrio se colaran sin pedir permiso. La electrónica de Reco Reco no llega a sofocar ese arranque: lo empuja hacia adelante con un bajo que convierte el ritual en pista de baile sin que se note la costura.

“Malvada”, una de las canciones más contundentes, procede del repertorio de Canalón y suena a eso: a algo que ya existía y que ahora lleva capas eléctricas que lo sacan del contexto ceremonial sin despojarlo de peso ni urgencia. La tensión entre la marimba y las texturas más abrasivas de Reco Reco es donde el disco adquiere más carácter. La voz de Góngora, conocida por sus trabajos junto a Quantic y Ondatrópica, está siempre al mando, y en los momentos más quietos resulta más amenazante que en los explosivos. En “La memoria de Justino” la percusión cede terreno y el guasá colombiano marca el pulso, anclándolo en la tierra de la que proceden parte de sus responsables. “Todo en vida”, la antesala del cierre, muestra una densidad acumulada que pone a prueba si el oyente ha aguantado el viaje completo o solo estaba de visita. Pero aún queda más:  “Ojunjo”, que despide, como antes “Mi bombo”, enlazando con las raíces africanas más primitivas.

Son nueve canciones creadas sin espacio para el relleno. El riesgo en proyectos así suele ser convertir la tradición en escaparate para el público europeo, tratar el folclore como muestra de archivo o adorno exótico. Aquí la música del Pacífico colombiano no está siendo explicada ni exhibida, sino que la habitan y comparten quienes la conocen desde dentro. Que parte de esa habitación diera al río Timbiquí no parece, pues, un detalle menor.

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