KEVIN MORBY: Little Wide Open
KEVIN MORBY: Little Wide Open (Dead Oceans-Popstock!)
Cuando Aaron Dessner (guitarrista de The National) y Kevin Morby se conocieron en una cena en Nueva York en 2018, no pasó nada. Luego Dessner se convirtió en el productor más solicitado del pop anglosajón (Taylor Swift, Michael Stipe, Ed Sheeran, Laufey, Brian Eno) y el camino de ambos pareció bifurcarse del todo. Pero en 2024, Morby abrió un concierto de The National en Londres, y al día siguiente recibió el mensaje que esperaba sin saber que esperaba. La casualidad, o lo que sea que gobierna esas cosas, hizo el resto.
El resultado es Little Wide Open, octavo disco dele músico de Kansas City y cierre de la trilogía que comenzó con Sundowner (2020) y siguió con This Is a Photograph (2022). Tres álbumes dedicados al Medio Oeste americano, esa franja geográfica y emocional que queda entre los Apalaches y las Rocosas, con sus autopistas infinitas, sus carteles religiosos al borde de la carretera y sus tormentas que llegan sin avisar. El propio Morby la describe como “mi tierra desolada”, aunque matiza que técnicamente no lo es del todo.
Lo que Dessner aportó no fue la producción expansiva que firmó para las grandes estrellas del pop, sino precisamente la contención. Morby , con una tendencia natural acumulativa en el estudio -cuerdas, coros, metales, lo que haga falta- se encontró frenado por Dessner, obligándole a dejar que las canciones respirasen por sí solas. El título del álbum no es inocente: Into The Great Wide Open fue el gran disco de Tom Petty en 1991, y la referencia más directa aquí es Wildflowers (1994), el más desnudo y duradero de Petty, producido entonces por Rick Rubin. Morby tiene ahora su propio Rubin.
La primera impresión es la de un disco acústico, pero esa etiqueta se queda corta. Las guitarras de madera son el punto de partida, aunque alrededor aparecen detalles que alteran constantemente el equilibrio: una línea de teclado inesperada, una percusión apenas insinuada, una textura eléctrica que surge y desaparece antes de ocupar el centro de la escena. La voz de Morby, cada vez más reconocible, funciona como hilo conductor de unas canciones que hablan de desplazamientos físicos y emocionales, de relaciones que cambian y de la forma en que el paso del tiempo modifica la percepción de los lugares conocidos. El tono general es introspectivo, pero evita caer en la autocompasión. Hay melancolía, sí, aunque también una cierta serenidad adquirida, y esa tensión entre sencillez y extrañeza convierte al álbum en una de las obras más refinadas de su carrera.
