BABY ROSE: Yearnalism
BABY ROSE: Yearnalism (Secretly Canadian-Popstock!)
En la cultura moderna parece haber un empeño absurdo por fingir que nada nos afecta. En un mundo donde el amor se reduce a deslizar la pantalla de un móvil y parecer apático es la norma, exponer el anhelo sin filtros se ha convertido en un acto casi revolucionario. De ahí nace precisamente la mezcla entre “journalism” (“periodismo) y “yearning” (“anhelo”) que da título al tercer disco de Baby Rose: tratar el deseo, la pérdida y la necesidad de afecto con la disciplina y el detalle de una crónica periodística en tiempo real.
En lugar de protegerse, la artista de Washington ha decidido construir un diario íntimo donde el desgaste emocional se documenta sin pudor. Ese afán por archivar cada etapa de una ruptura se apoya en una sonoridad que va mucho más allá del r&b contemporáneo, abrazando el soul sureño, guiños al rock suave de finales de los setenta, góspel, jazz e incluso sutiles pinceladas de blues e inclinaciones orquestales.
La gravedad de su voz de contralto a lo Nina Simone -densa, carraspeada y llena de pliegues- vuelve a ser el motor indiscutible. En “When I’m Gone” (“Cuando me vaya”) no hay rastro de venganza ni grandes dramatismos, sino la resignación helada de quien liquida las cuentas y echa la llave. La dinámica cambia en la vibrante “Dressed in Metal”, donde una guitarra eléctrica al estilo Isley Brothers rompe la contención acústica, mientras que en “Friends Again” une fuerzas con Leon Thomas para moldear una balada nocturna de corte clásico que evoca la angustia de las viejas producciones del sonido de Filadelfia.
“Better” funciona en clave de melancólico disco-soul. “Is This Love”, un conmovedor diálogo a dos voces junto a Elmiene que captura esa incomodidad de estar flotando en tierra de nadie, arranca como un tema de soul clásico de los setenta y en el segundo verso muta hacia el neo-soul contemporáneo sin que la costura se note, mientras que “Jasmine’s Sonnet”, que cierra el álbum, es la carta que le escribe a su yo más joven. Quizá la recta intermedia acumule algún tiempo medio predecible, pero el trayecto merece la pena. Es el retrato honesto de alguien que se permite sangrar en público y relegar a un lado esa moda presente de no sentir nada.
