CAMPUS GALICIA ARTICULO FADO

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ULTRASÓNICA

ARTÍCULOS 1999


Fado, el canto de la ciudad blanca

 

         En las serpenteantes rúas de los barrios más tradicionales de la ciudad blanca -Alfama, Barrio Alto, Ribeira, Mouraria o Mandrágora-, el alma portuguesa se puede sentir y hasta palpar, al mismo tiempo que su forma más perfecta de manifestarse, el fado, se vuelve reconocible en cada esquina. Las tabernas y las casas de fado se reparten anárquicamente por sus calles y, cuando el sol se oculta, los aficionados se colocan una noche más delante de su público imitando a los grandes clásicos. 

         “Ni alegre ni triste, un episodio de intervalo”. Así definía Pessoa al fado. Es, también, la tradición sin traducción, tal y como anuncia uno de los varios carteles que salpican esas calles, expresada a través de unas canciones en las que la añoranza, el destino, la tristeza, el sino y la saudade se convierten en los referentes básicos de una cultura popular exclusivamente portuguesa, aunque de alcance universal. 

         El fado es, tal vez, junto al blues, el flamenco y el tango, la más perfecta comunión íntima entre una música y su lugar de origen. A través de los años se ha convertido en el mejor exponente de la angustia interna, la pasión amarga y la serena melancolía que habita en el alma de los portugueses. 

         En el siglo pasado la idea del cantador de fados iba asociada a las tabernas, los prostíbulos, la golfería y la imagen de los chulos. No en vano la primera fadista fue una prostituta llamada María Severa, quien, después de muerta a los 25 años, sigue conservando viva su leyenda debido, sobre todo, a sus amores con el Conde de Vimioso a mediados del XIX. 

         Tras sus orígenes humildes, recolectando influencias árabes y africanas, y su posterior expansión como sublimación de la canción costumbrista popular, espontánea, trágica y algo canallesca, llegó la gran Amália Rodrigues para dignificarlo y llevarlo al resto del mundo, alargando su sombra sobre toda posibilidad de evolución posterior, al igual que Gardel con el tango. 

         Más adelante, en su versión de Coimbra, el fado se sofistica, entra en contacto con el mundo más lírico de los poetas y se acerca a otros ritmos de raigambre atlántica, como el tango, la milonga o la habanera. Durante décadas continúa estancado, hasta que nuevas voces como Dulce Pontes, Teresa Salgueiro –de Madredeus-, Misia o Bevinda reivindican aquel legado en sus canciones, más en lo que concierne a su sentir que a la repetición de sus esquemas de composición. 

         Ahora, con el fin de siglo, el fado parece vivir una nueva juventud. Y la colección que ahora se edita, El canto de la ciudad blanca, aprovecha esa situación para intentar ubicar su vigencia a través de treinta y seis canciones en dos compactos en los que hay lugar para casi todas las grandes voces que en el fado han sido a excepción de, por ejemplo, nombres como Lucilia do Carmo o Alfredo Marceneiro. 

         Por una parte aparecen las grandes damas de la canción portuguesa, como la propia Amália Rodrigues, Hermínia Silva, Maria Teresa de Noronha o Anita Guerreiro. La ortodoxia continua en las voces de Carlos do Carmo, Paulo de Carvalho o Beatriz da Conceiçao. 

         Algunos rompen con los tópicos de la canción triste, entre ellos Jorge Fernando, Manuel de Almeida, Joao Pedro o Joao Braga, mientras otros lo aproximan más al pueblo: Vicente de Cámara, Tereza Tarouca o Rodrigo. Pero también hay tiempo para los grandes compositores –Paulo, Ferrer Trindade, Max, Raúl Portela o Frederico de Brito- y el reflejo de la evidente relación con los poetas portugueses –Almeida Garret, Pedro Homem de Melo, Alexandre O’Neill o José Carlos Ary dos Santos-. 

         Tal vez el aspecto más destacable de esta colección sea la traducción de todos los textos al castellano, labor realizada por el español Carlos Pérez Álvaro, que vivió en Lisboa y sigue ligado al país vecino. Se acompaña, también, un breve glosario de términos utilizados habitualmente en las piezas propias de este género. 

         José Niza, psiquiatra, diputado socialista por Santarem y compositor de fados, se encarga de la erudita presentación. Esta elección tiene su razón de ser: Niza fue el autor de “E despois do adeus”, la canción que dio el pistoletazo de salida a la Revolución de los Claveles, hace ahora 25 años. Se echa en falta, eso sí, información sobre la fecha de grabación de las canciones y una pequeña biografía de cada artista.  

         El punto y final lo ponen, de nuevo, las palabras de Pessoa: “El fado es el cansancio del alma fuerte, la mirada de desprecio de Portugal al Dios en que creyó y que también lo abandonó. En el fado, los dioses regresan, legítimos y lejanos.” 

Xavier Valiño

CAMPUS GALICIA ARTICULO KINKS

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ARTÍCULOS 1999


The Kinks, reedición de unos clásicos

 

¿Qué tienen en común, pongamos por caso, Van Halen, The Raincoats, Mot The Hoople, The Pretenders, The Fall, The Jam, Big Star, Blur, Elvis Costello, Herman’s Hermits…? No mucho, a no ser que todos han hecho versiones de alguna canción escrita en su día por Raymond Douglas Davies, por supuesto. El repertorio de los Kinks de los años 60 es tan variado y de tal alcance que ha conseguido tener una amplia variedad de grupos como fans. Y en el caso de The Jam o Blur le deben gran parte de su razón de ser. 

La banda surgió en medio de la invasión británica de los 60 con ruidosas canciones rock, que contribuyeron a cimentar las bases del heavy -"You Really Got Me", sin ir más lejos-, pero pronto se convirtieron en un combo de canciones nostálgicas dedicadas a reflejar el mundo londinense de aquellos años, y todo ello sin estar en sintonía con el resto del mundo musical de por aquel entonces: tan sólo Donovan estaba también fuera de juego, pero Ray Davies tenía un oído más preparado para las melodías y unas letras mucho más clarividentes. 

Cuando la banda comenzó con una serie de singles de éxito que incluían "You Really Got Me" y "All Day And All Of The Night", parecía que estaban en la cima del mundo y que habían nacido para quedarse allí. Los problemas echaron a perder tan benévolos presagios incluyendo, en el caso de Ray, crisis nerviosas, pérdida de inspiración y problemas con la bebida. Y, a pesar de todo, consiguieron legar a su compañía de discos, la más preocupada por sacarle un rendimiento instantáneo, y al mundo entero, cinco discos ya clásicos y un buen puñado de singles en menos de tres años. 

Esos son los cinco discos que ahora se reeditan gracias a la colaboración entre su sello original Castle y Mastertrax: The Kinks, Kinda Kinks, The Kinks Kontroversy, Face To Face y Something Else By The Kinks. Y la mejor noticia es que todos doblan su duración original, incluyendo rarezas, caras B y versiones que no aparecían en las ediciones originales, aunque se respetan las portadas que antes tenían y se le incorporan unos acertados comentarios. 

Puede que los tres primeros no pasaran de ser colecciones de singles -excelentes, eso sí-, pero a partir del cuarto, en 1966, The Kinks empezaron a hacer discos completos, al igual que los Beatles, los Beach Boys o los Rolling Stones, en una época en la que se hicieron muchos discos grandiosos y atemporales, con forma de declaraciones íntegras más que una simple colección de singles de éxito con algún que otro relleno. 

Para probarlo están las canciones, que fueron ganando en profundidad a medida que pasaban los meses y que el éxito les rondaba. Y todo coincidió con los problemas: su hermano Dave empezó a buscarle un sustituto a Ray en la banda, las giras eran una tensión continua dentro del grupo, su compañía no se preocupaba más que por los beneficios instantáneos y su productor Shel Tamy tenía que bregar con los intentos de Ray de hacerse con el control tras la mesa de producción.  

Así que, a medida que su vida personal iba cayendo en picado, sus letras empezaron a reflejar este peso, mostrando las depresiones del principio y buscando alguna forma de escapar más tarde, con el sonido mirando hacia los "viejos y buenos tiempos". 

Cuando a Ray Davies le preguntaban por la melancolía de sus canciones, él respondía diciendo que no lo hacía por fastidiar, sino porque en todo el mundo encontraba la misma debilidad que él sentía. "Dellicated Follower Of Fashion" o "Well Respected Man" demuestran que Ray aprendió, poco a poco, a darle un severo repaso a las clases medias, y en ello basó buena parte del resto de su producción: de la frustración personal a su madurez como compositor sólo medió un paso. 

Aunque el grupo empezaba a mostrar síntomas de sofisticación con The Kinks Kontroversy, su material realmente valioso llegó con Face To Face, cuando comenzaron a mezclar sus raíces rhythm’n’blues con escalas indias, folk, el music hall y la colaboración del clavicordio de Nicky Hopkins -también asiduo en las grabaciones de los Rolling Stones-. 

Con Something Else By The Kinks dieron lo mejor de esta su primera etapa, un paso de gigante en términos de elegancia y consistencia. No hay más que escuchar el acertado relato de idolatración escolar que es "David Watts" o el dardo certero de "Harry Rag", que ahora se recogen junto a cortes extra tan exquisitos como "Wonder Boy" o "Autumn Almanac".  

Ironías de la vida, sus más brillantes capítulos junto a la banda a la que Ray Davies dedicó toda su existencia se reeditan al mismo tiempo que aparece su primer disco en solitario después de 34 años, The Storyteller, un disco digno, pero que no pasa la prueba de las comparaciones, ni siquiera lo debería intentar. Ray Davies se lo ha ganado a pulso. 

Xavier Valiño

CAMPUS GALICIA ARTICULO LOS NUEVOS CROONERS

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ULTRASÓNICA

ARTÍCULOS 1999


Neo-crooners, estado del sitio

 

Perry Blake

Pocos parecen haber reparado que, con la aparición en escena de genios que han entrado por la puerta de atrás como Jay-Jay Johanson o Perry Blake, los nuevos crooners han hecho del final de siglo su momento.  

¿Qué tienen en común nombres como Divine Comedy, Pulp, Tindersticks, Barry Adamson, Jack, Nick Cave y los recién llegados Jay-Jay Johanson y Perry Blake? Sí, hacer de la interpretación un arte. La estética y la música de los crooners, olvidada durante  años, es uno de los hechos a recordar de estos últimos meses. Puede que en ello haya tenido que ver varios factores, como la recuperación de nombres de los 60, la aceptación del easy listening a través del lounge o la crisis de otros sonidos más fuertes, pero el caso es que los crooners han paseado impunemente su arte por los escenarios con el beneplácito de casi todos. 

Veteranos

Al principio fueron nombres como Frank Sinatra, Scott Walker, Lee Hazlewood, Noel Coward, Leonard Cohen, Serge Gainsbourg o Jacques Brel, las canciones de Burt Bacharach o el dramatismo de Tim Buckley y Nick Drake y los posteriores ecos en los trabajos y la imagen de Bryan Ferry o David Bowie los que marcaron la senda que hoy recorren, con menciones habituales a sus antepasados,  los crooners de fin de siglo. 

Ya a caballo entre los 80 y los 90, Nick Cave, una vez finalizada su etapa con The Birthday Party y después de pulir sus aristas más crudas, ha ido dejando caer discos que se pasean, a la vez, por lo más elegante y lírico –The Good Son– y lo más arisco y tenebroso –From Her To Eternity-. 

Cada uno de sus álbumes persigue un ambiente y una temática propia, por lo que la edición de su The Best Of Nick Cave & The Bad Seeds ha sido una buena ocasión para repasar toda su obra -la primera edición venía acompañada de un concierto en directo que completa la visión-. Y, aunque parezca imposible depurar más el estilo de lo que hizo en The Boatman=s Call, su último disco en estudio del 97, seguro que vuelve a sorprender a todos. No en vano estamos hablando de uno de los escasos artistas que están más allá del limitado  ámbito del rock y que marcarán este siglo, junto a Van Morrison, Bob Dylan, Tom Waits o el propio Leonard Cohen.    

De la banda de Nick Cave surgió Barry Adamson, bajista también de Magazine, que dejó a los Bad Seeds en el 87 para comenzar una carrera en solitario como compositor de trabajos muchos más complejos y, casi siempre, de ambiente cinematográfico, ya fueran bandas sonoras propiamente dichas –Delusion, Shuttle Cock o Gas, Food & Lodging– o discos como Moss Side Story o As Above So Below, este último publicado en el 98.  

En la misma onda anda Mick Harvey, otro Bad Seed que se ha  dedicado en su tiempo libre a homenajear por duplicado a Serge Gainsbourg –Intoxicated Man y Pink Elephants– o nuestro Javier Corcobado, haciendo versiones de Raphael o Antonio Carlos Jobim, este último con material nuevo en estos días.

La ley del drama 

Tres formaciones británicas que llevan trabajando varios años han conseguido en los últimos años su mayor repercusión. Las coincidencias no acaban ahí: las tres tienen al frente un compositor-showman que sabe cómo hacer de la afectación, del dolor o del sentimentalismo arte en estado bruto, algo que en los 80 hizo Marc Almond como nadie. 

Jarvis Cocker llevaba desde 1978 intentando levantar su proyecto Pulp. Durante los 80, en distintos sellos y con varias formaciones, pasó totalmente desapercibido, tocando un montón de estilos sin éxito. His N Hers y Different Class, ya en los 90, marcaron la cima de una carrera basada en sus agudas observaciones de la clase media británica. Una llamada de última hora en junio de 1985 para suplir a The Stone Roses en el Festival de Glastonbury fue su consagración y la de su arte en escena. 

This Is Hardcore, su último álbum, intenta avanzar valientemente dejando atrás los tópicos a los que se viene asociando el nombre de Pulp últimamente y, aunque el sexo y la fama vuelven a estar muy presentes, su conclusión es mucho más sombría y seria. Jarvis se ha vuelto adulto de repente y parece que la fama sólo le ha traído una mala resaca. 

Neil Hannon al frente de The Divine Comedy ha construido una de las obras más redondas, aún en su imperfección, de los 90, si no tenemos en cuenta sus principios como versión barata de R.E.M. en Fanfare For The Comic Muse. Casanova y A Short Album About Love -con versión de Scott Walker incluida- son sus discos más logrados, verdaderos tratados sobre el amor, la lujuria y el sexo, repletos de arreglos orquestales victorianos y románticos. 

Fin de Siècle, del 98, lo exagera aún más: más de cien personas en las secciones de cuerda y el fin de siglo como motivo de un disco de grandes ambiciones, épico, solemne y dramático, pero que, a pesar de pasearse al borde del ridículo, sale airoso de nuevo. El único dilema es: ¿después de esto, qué?

Stuart Staples es la imagen de Tindersticks, una banda en la que el romanticismo decadente y el dramatismo afectado lo son todo. Tres discos en estudio imprescindibles –Tindersticks, The Second Album y Curtains-, dos directos que muestran cuáles son sus bazas -8th Feb. 94 Amsterdam y Live At The Bloomsbury Theatre 12.3.95- y la banda sonora de una película francesa –Nénette et Boni– conforman la discografía básica que sirve de base para unas actuaciones exquisitas como la que se ha podido ver en el pasado Festival de Benicassim. 

En el 98 vio la luz su colección de singles, caras B e inéditos Donkeys 92-97, que vale la pena aunque fuera simplemente por su colaboración orquestada con la actriz Isabella Rossellini en AA Marriage Made In Heaven@. ¿Principio de una nueva etapa? 

Los últimos serán los primeros  

Los galeses Jack encontraron buena receptividad para Pioner Soundtracks hace dos años. Las crónicas hablaban de teatralidad, melodrama y bohemia. The Jazz Age continúa en esa línea, demostrando que hay vida tras los Tindersticks y han estado hace poco por aquí para celebrar los cinco años de Everlasting. 

Pero la sorpresa de los últimos meses han sido cuatro nombres que utilizan la tecnología para impulsar sus creaciones. Dos de ellos, los franceses Air y Kid Loco, más centrados en la electrónica, carecen de la voz que los acerque a los crooners de siempre.  

Algo que sí tiene el sueco lanzado a la fama desde Francia Jay-Jay Johanson. Un mini-álbum editado originalmente en 1996, Whiskey, llegó a nosotros a principios de este 98 convirtiendo su ASo Tell The Girls That I Am Back In Town…@ en un mini éxito instantáneo. Con Tattoo, su disco de este año, el trip-hop de Portishead y los ritmos susurrados de mayor actualidad encuentran sus lazos con el pasado a través de Chet Baker, Frank Sinatra, Bobby Darin, Cole Porter o Antonio Carlos Jobim.. En ambos reina a sus anchas el ambiente misterioso, las melodías memorables y su asombroso tratamiento de los ritmos. 

En una onda muy similar se encuentra el irlandés Perry Blake que también surgió de la nada para sorprender con su primer disco, Perry Blake, producto de doce meses de trabajo, el trabajo continuado con una orquesta y la grabación de sus voces en una iglesia, aunque ahora ninguna compañía se atreve con la edición de su segundo disco. De todas formas, lo que pervive en el recuerdo son sus canciones tristes y melancólicas, en la línea de todos los antes citados. (Si hasta el propio Elvis Costello dejó en el 98 un disco entero con Burt Bacharach, Painted From Memory, y se paseó por los escenarios presentándolo de rigurosa pajarita!)

Xavier Valiño

CAMPUS GALICIA ARTICULO EL NUEVO SOUL

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ARTÍCULOS 1999


Nuevo  soul, esencia morena

 

Erykah Badu

Desde los años 60 no había habido una generación de cantantes soul como la de ahora. Lauryn Hill –nominada a diez premios Grammy-, Erykah Badu o Maxwell son sólo los nombres más conocidos de un momento glorioso para la música con alma.  

Hace unos años, no tantos aún, todo estaba por inventar… Y se inventó. Fueron los años gloriosos del soul, que comenzaron a finales de los 50 y lucieron en los 60 y 70. Fueron los años de Otis Redding, Sam Cooke, Marvin Gaye, Aretha Franklin, James Brown, Jackie Wilson, Al Green, Wilson Picket… Los tres primeros murieron de forma violenta y, con la desaparición de cada uno de ellos, el soul fue perdiendo fuelle y, más que nada, inventiva.  

Otis Redding se estrelló con su avión particular en plena gira; días después su “The Dock Of A Bay” se convirtió en su primer número uno. Sam Cooke fue asesinado de tres disparos y rematado en el suelo por la conserje de un motel que pensaba que el vocalista estaba intentando forzar a su joven acompañante; años después la película “Único testigo” recuperó su “Wonderful World”. Por último, a Marvin Gaye lo mató su propio padre, un predicador que estaba harto de la adicción de su hijo a la cocaína; curiosamente, sucedió el mismo año que Marvin Gaye se había rehabilitado comercialmente con “Sexual Healing”, la última gran canción de los clásicos del soul. 

¿Alguien se acuerda de ellos? Además de las compañías publicitarias, que un buen día descubrieron en ellos un  filón inagotable, durante los 80 el pop británico no dejó de demostrar de dónde le venían las influencias a algunos de sus nombres más exitosos, dentro de lo que dio en llamarse soul de ojos azules: Paul Young, el Style Council de Paul Weller, Mick Hucknall con Simply Red, Scritti Politti, el propio Robert Palmer…  

Ya en los 90, con el precedente de Sade, los músicos de color retomaron el legado de sus antepasados, aunque la primera generación de esta década tenía un ojo puesto en el pop y el otro en las listas de éxito: Terence Trent D’Arby, Seal, Neneh Cherry, la propia Mica Paris que fue lanzada a lo grande y ahora pasa totalmente desapercibida… Nada especialmente memorable, aunque tuvieran alguna canción para recordar. 

El relevo, su relevo, la gran generación del soul desde los clásicos de los 60 estaba por despuntar. Y de tres años a esta parte, más o menos, sin que nos diéramos cuenta, una serie de vocalistas-compositores-músicos de color ha llegado para quedarse, para reivindicar el legado de los grandes nombres, actualizarlo y, lo que es más importante, proporcionarle al soul una nueva y necesaria creatividad, combinándolo con el jazz y el hip-hop. 

Todos son jóvenes y ninguno tiene más de dos discos publicados, si exceptuamos una recreación en directo de uno de los debuts. No representan a ningún movimiento conocido –mientras no se den cuenta los medios de comunicación- y no tienen especial fijación por las listas de éxito. Hasta ahora. 

Puede que el más desconocido hasta el momento, D’Angelo, sea la referencia más visible entre los nuevos soulmen, al menos aquel al que todos dirigen sus más encendidos elogios. Sólo ha editado un disco, Brown Sugar, aunque a sus 25 años ha pasado por un grupo de rap, ha colaborado en discos de gospel y ha escrito varias canciones para bandas sonoras. Hace unos meses se especulaba con un disco en directo y ya se sabía que tenía grabado un nuevo disco en estudio, Voodoo, que aún no ha visto la luz.  

Maxwell ha sido el más prolífico. Tras su debut, Maxwell’s Urban Hang Suite, del  96, en el 97 llegó su revisión en directo, un más previsible MTV Unplugged, y en el 98 presentó Embrya, una derivación de la palabra “hembra” y que muestra bien claro cuál es su línea: soul de alto voltaje para acompañar noches sensuales y sexuales, con un estilo que bebe en las fuentes del Marvin Gaye más lujurioso. 

Rahsaan Patterson es el ejemplo más claro de las influencias de los grandes de los 60, más en su educación musical que en su primer disco Rahsaan Patterson, del 97. Del coro de la iglesia de su barrio de Nueva York pasó a componer para otros –Brandy-, después de colaborar con George Duke y Stanley Clarke. Aunque todos se empeñan en emparentarlo con Stevie Wonder, él prefiere asociarse con mujeres clásicas del soul de las tres últimas décadas como Gladys Knight, Chaka Khan o Anita Baker.  

Quedan aún dos nombres reseñables entre los soulmen. Tony Rich, a pesar de ser aún bastante desconocido, cuenta ya con uno de esos devaluados premios Grammy por su primer disco, Words, del 95. Su soul se encuentra más cerca de los que aquí se citan que el de los más habituales de las listas de éxito Babyface o Usher, con quien pretendieron asociarlo concendiéndole aquel premio. Y Chico DeBarge, el pequeño del clan DeBarge, quien publicó en el 97 Long Time No See, un disco producido por el descubridor de D’Angelo y Erykah Badu –Kedaar Massenburg-, que fue editado después de haber pasado seis años en prisión por tráfico de drogas. 

Pero son las mujeres la imagen más definitiva de este renacer del soul. Erykah Badu se declara mensajera del renacimiento espiritual y artístico y manifiesta haber nacido artista. Lo demuestra con su extravagante vestimenta, la leyenda que rodea a su vida privada y su impresionante directo.  

Tal  vez su extraordinaria voz y el aura misterioso que desprende sean los elementos que conducen a todo el mundo a compararla con Billie Holiday, aunque también se pueden reconocer huellas evidentes de Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan, Nina Simone, Aretha Franklin o Chacka Khan. Baduizm, del 96, y un algo reiterativo Live, del 97, con sólo dos temas nuevos, indican una especial predilección por el jazz, la cadencia del hip-hop y la investigación sonora. Puede que no sea la más vendedora, pero es ya la gran estrella de la música negra de fin de siglo.  

Missy “Misdemeanor” Elliott es la que mejor ha sintetizado la fusión del rap con el soul en su primer disco Suppa Dupa Fly, del 97, en el que se muestra exuberante a todos los niveles. La bomba Elliott no tiene nada de recién llegada: después de militar en el grupo de rap femenino Sista, compuso o prestó su voz a un buen número de cantantes de color, antes de convertirse en empresaria, arreglista, productora y cantante explosiva en solitario. 

Queda, para el final, la gran triunfadora, Lauryn Hill. Después de conocer el éxito al frente de The Fugees junto a Wyclef Jean y Pras, en el 98 editó su primer disco The Misseducation Of Lauryn Hill. El título y la inspiración están tomados directamente del libro The Misseducation Of A Negro, de Carter Wodson, que habla del respeto y el orgullo de la cultura afroamericana, algo que Lauryn Hill tiene muy presente en sus canciones.  

Además de ser muy superior a los trabajos de sus compañeros y de ser un nuevo éxito de ventas, sin ir descaradamente a por ello, ha obtenido el respaldo de la conservadora industria musical norteamericana. Puede que alguien se haya dado cuenta de que algo se mueve en la música de color.

DISCOS  IMPRESCINDIBLES 

1: Brown Sugar, D’Angelo (1995): Contemplado tres años después, ésta fue la presentación del nuevo soul en sociedad. Que si Marvin Gaye, que si Smokey Robinson, que si rhythm’n’blues, que si rap… Lugares comunes que, desde entonces, no han dejado de repetirse. Da lo mismo: el caso es que D’Angelo dejó tan alto el listón que todos lo utilizan como su referencia fundamental y como blanco de todos sus piropos. Su versión: “Cruisin’” de Smokey Robinson. 

2: Maxwell’s Urban Hang Suite, Maxwell (1996): Sí, él es el Marvin Gaye más lujurioso y sensual. ¿Cómo entender, si no, un disco que se plantea como la historia de la aventura de una noche, desde que se sale de casa en busca de compañía hasta el despertar satisfecho, dando cuenta de todo lo sucedido? Desde luego, la definitiva sinfonía del sexo nocturno. No incluye versiones, pero ayuda en la composición el clásico Leon Ware. 

3:  Baduizm, Erykah Badu. (1997): La imagen y la voz del nuevo soul. Nada de esto debería hacer sombra a la mayor de las evidencias: su debut es uno de los más deslumbrantes discos de los 90, además de sonar plenamente actual gracias a sus cadencias hip-hop. Lo de Billie Holiday puede servir para orientar a los despistados, aunque pronto será ella la referencia a citar. Estrella ya lo es por méritos propios y la música, en este caso, acompaña –si no se repiten deslices como su Live-. La versión: “4 Leaf Clover”. 

4: Rahsaan Patterson, Rahsaan Patterson (1997): Había sido preparado para ello desde que nació. Pero también lo fueron otros antes y no lograron ni conseguir la mitad que él. Lo suyo tiene más que ver con la tradición y el funk y menos con los nuevos sonidos. Colaboran Billy Preston y el hijo de Booker T. Jones, revelando, por si no quedaba claro, que se le reverencia como la versión de los grandes clásicos de siempre para este final de siglo. 

5: Supa Dupa Fly, Missy “Misdemeanor” Elliott (1997): Missy Elliott tiene un pie en el soul y otro en el rap, demostrando que ambos géneros son primos-hermanos y, en este caso, lo mismo. Callejero, sexy, sofisticado, provocativo, funky… Música arrasadora a cargo de una mujer que lo tiene todo. Su versión: “I Can’t Stand The Rain” de Ann Peebles. 

6: The Miseducation Of Lauryn Hill, Lauryn Hill (1998): Tiene carácter, pero lo enfunda en un hermoso tratado de hip-hop, reggae, soul, humanismo y actitud positiva. Tal vez sea un punto más convencional que el resto y los sampleados más previsibles –The Doors, Bob Marley, Wu Tang Clan- y, puede que por ello, ha logrado mayor recompensa. Además de hacer un dúo con D’Angelo, incluye versión del “Can’t Take My Eyes Off You” de Frankie Valli.

Xavier Valiño

CAMPUS GALICIA ARTICULO RADICAL MESTIZO

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ARTÍCULOS 1999


Radical mestizo: La aldea global

 

         Los discos recopilatorios son, en su mayor parte, para desconfiar de ellos. Sus autores –las propias compañías discográficas casi siempre, no nos engañemos- intentan aplicar una y otra vez la ley del mínimo esfuerzo. 

         Se trata de álbumes previsibles, con las canciones más conocidas de un grupo o de un solista, con el simple añadido de un par de temas inéditos, o, si se trata de incluir a varios artistas, con un nexo en común tan evidente como poco justificable. Por eso empeños como los de Radical mestizo encierran un gran mérito y se convierten en todo un logro que debería ser imitado y convertirse en la regla, y no en su excepción.  

         Para empezar, conocemos los nombres de sus responsables, algo que en la práctica totalidad de los casos queda oculto por el simple hecho de que sus autores son conscientes de que conviene más permanecer en el anonimato si no se aporta nada. 

         En este caso, Valentín Ladrero, uno de los responsables del sello discográfico Fonomusic, se encarga de todo lo relacionado con lo que podríamos llamar producción, mientras que el experto DJ Floro realiza el trabajo de selección. Y así debería de ser siempre que no se tenga en cuenta exclusivamente el criterio comercial: alguien de un sello encargándose del aspecto industrial mientras alguien que conoce a fondo el tema escoge a quienes deben estar representados en el disco. 

          Ya fue así en un primer volumen, también doble, editado el ano pasado: el trabajo se repartió de la misma forma y toda la critica coincidió en lo positivo de los resultados, a pesar de que la selección no pudo contar con algunos nombres imprescindibles. 

         Este es el sentido de la serie Radical mestizo y de su nueva entrega dospuntomil: el compromiso y el baile. Hay gente que compone músicas y escribe palabras tan certeras que hacen tambalear nuestras conciencias, y estos discos están aquí para certificarlo. 

         Algunas nacen busconas y se encuentran con lo peor de nuestras calles, de nuestros pueblos, de nuestros gobiernos¼ En el mundo de las mil lenguas que crece en las ciudades de Europa y América, y a ritmo de ska, batucada, hip-hop, afro, salsa, reggae, rock, jungle o raggamuffin’, las revoluciones pendientes parecen convertirse en algo mucho más factible. 

         Músicas para pensar. Radical y mestizo. Estos dos volúmenes son una muestra contagiada de conspiración ideológica a través de la fiesta y de la música popular contemporánea. En ellos se puede encontrar una actitud estética entresacada de un caleidoscopio multicolor, en el que se fusionan los ritmos y explota la voz de la independencia, de la contrainformación, de la libertad artística. 

         Los modelos anglosajones en los países de ascendencia latina empiezan a tener serios competidores en músicos que intentan reinterpretar esos modelos y mezclarlos, como si de alquimistas se trataran, con otro tipo de influencias sonoras sobre el decorado de la opulencia europea y la miseria latinoamericana. Por eso una propuesta como ésta, abierta y ecléctica, habla, necesariamente, castellano, gallego, euskera, catalán, francés, portugués, italiano, piamontés 

         También dan fe de los sonidos deliciosos que se han exportado, sin ninguna ayuda, casi de tapadillo, desde determinados territorios, como plagas fantásticas que se expanden a través del ritmo. Al mismo tiempo, muestran hambre de cultura y se convierten en espejo de una realidad olvidada, de inmigrantes ilegales y jóvenes luchando en las selvas de la supervivencia, de ciudades que se transforman en pasos fronterizos y en laboratorios mestizos de experimentación musical para artistas abiertos y militantes. 

         Por eso discos así no son sectarios, ya que detectan empatías sugerentes, músicas apasionadas y generan o certifican relaciones entre las bandas que incluyen. Los textos son significativos en todas ellas y la radicalidad se expresa en su actitud comprometida. Radical que deviene raíz, sonidos contemporáneos, urbanos, aderezados con evidentes raíces afro-caribeñas, mostrando un universo periférico, sin presencia en los medios, y extraordinariamente activo. 

         Ahora, en su segunda entrega, se agradece la evidente mayor coherencia en la selección de la treintena de nombres que completan la antología. Para empezar, se reconoce la labor de los precursores, presentes por fin, en la voz de Manu Chao y Fermín Muguruza. 

         La estela de Mano Negra queda clara en Dusminguet, La Bemba Blanch, King Changó, Sargento García o La Vaca Guano. Y el rap, la voz que más agita las conciencias, viene identificada por las aportaciones de los vallecanos Hechos Contra El Decoro, los mexicanos Control Machete, el mozambiqueño General D, los cubanos Orishas y su colega Nilo o los senegaleses Daara J. 

         A su lado, aportaciones como las de Sidestepper, Cypress Hill cantando en castellano, los imprescindibles Diplomáticos de Monte-Alto o la Basque Dub Foundation muestran un presente palpitante y cálido que huye de los caminos trillados para despertar, una vez más, las conciencias.

Xavier Valiño

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