HUMAN SWITCHBOARD

Human Switchboard, sobredosis emocional

 

 

Con la continua reescritura de la historia del rock y los progresivos, y al parecer inagotables, hallazgos arqueológicos, podría parecer que ya no quedan tumbas que no se hallan reabierto y no estén a disposición del universo a través de la red. Discos hasta hace poco inencontrables, sesiones perdidas, maquetas caseras… just a click away. Podría pensarse que ya no queda nada que merezca la pena recuperar, y sin embargo… Siempre hay un “sin embargo”, siempre hay grupos que en vida no lograron más que un puñado de buenas críticas pero a los que el tiempo ha borrado de todas las memorias, y ni siquiera los cíclicos revival logran sacar del olvido. Uno esperaba que el reciente (y pasajero) resurgir mediático del New York rock y alrededores supusiera la recuperación, al menos como una nota a pie de página, de Human Switchboard, grupo quizá menor pero de una personalidad arrolladora que no llegó a remontar el vuelo en vida y que quizá ya nunca lo haga, ausentes como están del mundo digital.

 

Hablábamos de New York porque fue el lugar donde se hicieron un nombre entre la crítica más exquisita de la ciudad, pero en realidad su origen está en Kent, Ohio, cerca de la, en aquellos días, efervescente escena de Cleveland y Akron. Allí hacen su aparición en el verano del 77 Bob Pfeifer (voz y guitarra), Myrna Marcarian (voz y Farfisa) y Ron Metz (batería), los tres miembros que con ayuda de ocasionales bajistas mantuvieron el grupo con vida hasta principios de los 80. Bob y Myrna se habían conocido en la universidad de Syracuse, N.Y. (la misma en la que estudió Lou Reed) y ambos hacían sus pinitos musicales por separado: uno en plan folkie y la otra estudiando piano clásico.

 

Animados por la aparición del primer single de Television y los primeros de sus vecinos Pere Ubu, se autoeditan un EP de cuatro canciones sin ni siquiera haber actuado en directo. Sorprendentemente venden 3.000 copias y la bola empieza a rodar. The Human Switchboard EP está mezclado por el mismísimo Crocus Behemoth (aka David Thomas, el cerebro de Pere Ubu) y a pesar del sonido primitivo y los escuálidos arreglos, ya se dejan ver las que serán constantes vitales-musicales del trío. Obvias influencias velvetianas (no demasiado afortunadas en “San Francisco Nights”) y fuselaje garajero (la facilona pero entrañable “Shake It Boys” cantada por Myrna y con un inconfundible soniquete Farfisa), aderezadas por el compromiso emocional que Bob Pfeiffer ponía en todas sus canciones. En “Fly In”, la única sin bajo pero propulsada por fantástica batería de Ron Metz, la salsa sale mejor ligada y anticipan próximos logros.

 

No hay demasiados datos biográficos disponibles sobre Human Switchboard, pero en el año que tardan en volver a grabar parece que aprovechan sus frecuentes salidas alrededor de su estado para contactar con todo tipo de bandas y animar la escena local ayudándolas a tocar en Ohio. A mediados de 1978 aparece su segundo single, que pone de manifiesto que no han perdido el tiempo. Editado en Clone, sello de los Bizarros de Akron, y ayudados en el bajo por Mark Price de Tin Huey, contiene dos concisas muestras de las dos caras de su sonido, ahora mucho más definido y compacto. Por un lado, “I Gotta Know” deja ver su gusto por el pop más clásico y por uno de los temas preferidos de Pfeifer, los celos. Por el otro, “No!” es un certero pelotazo de garage que precede a cualquier revival del género.

 

Curiosamente, en esas fechas graban “You’re Much Madder Than Me”, canción cantada por Myrna que aparecerá en Waves, un recopilatorio del sello Bomp, y en la que se dejan llevar por el espíritu levemente arty que ya mostraban en su primer EP y que les puede emparentar lejanamente con los Talking Heads del primer LP. Vuelve a pasar otro año hasta que pueden publicar su tercer single en Square, sello que tiene toda la pinta de ser una fachada para autoeditarse ante la imposibilidad de encontrar un contrato estable. “Prime of my Life” incide en la vena garagera, ahora más R’n’B al verse apoyada por la sección de metales de otro grupo de Akron, la Numbers Band (con el hermano de Chrissie Hynde al saxo), y trepanada por unos exabruptos guitarreros que son puro New York. Como los primeros Fleshtones con un aprendiz de Robert Quine a las seis cuerdas. La cara B, “In my Room”, es una larga letanía que no desentonaría en el repertorio de los primeros Modern Lovers, grupo del que a veces parecen una puesta al día con sobredosis de mala leche y dramatismo.

 

Sobreviven de milagro a la falta de dinero y a la dificultad de encontrar un bajista fijo, y gracias al boca a boca que se desata entre la intelligentsia rock neoyorkina tras su primera visita a la gran manzana en el verano del ‘79 y a un pequeño pero entusiasta grupo de fans que se las arregla para, con consentimiento del grupo, editar a finales de 1980 Live, un bootleg que recoge parte de un par de actuaciones en Kent.

 

Si algo deja claro el disco es que había un repertorio pidiendo a gritos ser editado en condiciones y un grupo en el que, a pesar de las obvias influencias, prevalece la personalidad de sus miembros, su expresividad ante el micrófono y con los instrumentos, y sobre todo, las poco convencionales canciones de Pfeifer y Marcarian, puestas en escena con la urgencia de los que sienten la necesidad imperiosa de sacar sus demonios de dentro. Algunas canciones quedarían inéditas en su discografía posterior, como la versión de “Downtown” que Myrna canta con un mal sabor de boca que Petula Clark ni siquiera pudo imaginar.

 

 

Por fin en 1981 consiguen un contrato con Faulty Products, un subsello de I.R.S., aunque tengan que autofinanciarse la grabación de Who’s Landing in my Hangar? por unos 700 miserables dólares. Lógicamente no pueden hacer mucho más que limar las asperezas del directo, añadir algún (innecesario) detalle de saxo a unas canciones que, por supuesto, suenan más aplacadas que en directo pero también con más matices. Hay seis ya conocidas del bootleg, entre ellas la que da título al disco, con un solo furibundo que lleva al paroxismo la obsesión de Pfeifer con los celos.

 

En el resto se mantiene el permanente diálogo entre Pfeifer y Marcarian, instrumental (el teclado más ordenado y la guitarra más discordante) y vocal (más dramático Bob, quizá más dulce Myrna), que llega a su culmen en la extensa “Refrigerator door”, en la que una pareja intercambia reproches y recuerdos en un crescendo que no llega a resolverse. Quizá parezca exagerado, pero nunca falso. Y en unos momentos en los que la frivolidad comenzaba a ser la nota dominante en el mundo del pop, la autenticidad de los sentimientos que aparecían en sus canciones, la gran obsesión de Bob Pfeifer, no cotizaban al alza.

 

Por lo demás, entre perfectos cruces Doors-Velvet (“Don’t Follow me Home”), bonitas canciones pop (“Saturday’s Girl”), experimentos psicodélicos (“Where the Light Breaks”), queda la eterna incógnita de porqué ciertos discos que tanto nos gustan no son capaces de pasar la barrera de las buenas críticas. A estas alturas de artículo resulta obvio decir que el disco se perdió entre la avalancha de lo que ya había dejado de ser punk y se había convertido en New Wave, aunque otros grupos con las mismas referencias y no mejores canciones consiguieron salir adelante.

 

Nuestros antihéroes sólo pudieron editar un artefacto sonoro más, Coffee Break, otro concierto de finales de 1981 que vería la luz al año siguiente en el por aquellos días muy inquieto sello neoyorkino ROIR, por supuesto cassette only.  Esta vez el sonido es mejor que el de Live al estar extraído de una actuación en una emisora de Cleveland y contar como técnico con el productor de su único LP, y al bajo parece que se estabiliza Steve Calabria, uno de los tres que había participado en el disco.

 

 

No nos cuenta nada que no supiéramos, simplemente que la intensidad de sus conciertos no había bajado un ápice, quizá alimentada por la frustración de no ver salida al túnel en el que estaban metidos, y que no estaban faltos de repertorio, como demuestran canciones nuevas como “It’s not Fair” o la fantástica balada “She Invites”. Huelga decir que “Coffe Break” no se ha beneficiado de la extensa política de reediciones en CD de las cintas ROIR, como sí lo han hecho otras de Television, Dictators, New York Dolls o Bad Brains, entre otros muchos. A partir de aquí se pierde el rastro de Human Switchboard. Parece que se trasladaron a New York y que la mala suerte no les abandonó: en una entrevista de 1982 hablan de que les habían robado todo el equipo tras un concierto en Washington DC. Supongo que se hartarían de  detalles como ése, de la falta de atención y de dinero y arrojarían la toalla.

 

Sorprendentemente en 1987 aparece un disco en solitario de Bob Pfeifer, Afterword. Desde la portada se ve que algo ha cambiado, porque por primera vez podemos ver a Pfeifer sin gafas de sol, y ciertamente el disco es más luminoso que los de Human Switchboard, menos torturado. Mejora la producción y, aunque cuenta con la ayuda tanto de Myrna como de Ron Metz, y de guitarristas como Dave Schramm o Ivan Julian, baja la intensidad. Aparecen las guitarras acústicas, detalles country y algún molesto teclado muy propio de la época, y en la revisión de “I Gotta Know” vemos claramente como el tiempo puede aplacar hasta a un tipo tan visceral como nuestro protagonista.

 

De todos modos, el disco se escucha muy bien, sobre todo si no conoces los anteriores, y no anda lejos de lo que Lloyd Cole haría en sus discos en solitario. Una de sus canciones, la bonita “Nobody Knows (Where Love goes)” aparecería en España en la banda sonora de I Was a Teenage Zombie. Por su  parte Myrna Marcarian editaría un EP en 1989, Human Touch, del que podemos decir casi lo mismo que de Afterwords: mejor grabado, muy agradable, también con Ron Metz, quizá con más empuje y más guitarrero que el de su antiguo compañero de fatigas, pero… No es lo mismo.

 

Paradójicamente, lo último que se sabe de Bob Pfeifer es que acabó trabajando en la industria discográfica, él, un tipo absolutamente ignorado por ella, primero como A&R y luego de presidente de Hollywood Records. Ron Metz reaparecería tocando con los Schramms y de Myrna nunca más se volvió a saber. Otro grupo más devorado por la historia. Queda la música, claro, pero también el regusto amargo de escribir sobre alguien que casi nadie puede, ni probablemente podrá, escuchar de nuevo.

 

Carlos Rego

 

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