THE POGUES 2006

The Pogues, reedición de una discografía única

 

Cuando Shane MacGowan, irlandés transplantado a Londres y leyenda menor de las batallas punk con los Nipple Erectors/Nips, tuvo la idea genial que le sacaría del anonimato, nada parecía más fuera de lugar. Era el principio de los 80, años de nuevos románticos y tecno pop, y la idea era inyectar de furia punk las rebel songs del folklore irlandés, algo que incluso fastidiaba horrores a los guardianes de la pureza folk a pesar de la ausencia de instrumentos eléctricos.

 

Lo mejor de todo es que las composiciones de Shane MacGowan estaban no sólo a la altura, sino que eran las mejores de sus discos. Canciones que provocaban brindis exaltados con imaginarias pintas de Guinnes en la mano. Canciones de marinos, bandidos y borrachos, pero también de ‘supuestos’ miembros del IRA encarcelados con pruebas falsas por la corrupta justicia británica y de emigrantes a la fuerza, romanticismo de callejón y peleas de pub redimido de caer en los tópicos por la capacidad literaria y melódica de Shane y la fuerza imparable de un grupo poseído por una visión.

 

Red Roses For Me (1984) es la traslación sin adulterar de su primer repertorio. Aquí ya están todas las constantes que los harán inconfundibles, pero, a pesar de que según Shane es el que mejor los representa, palidece ante lo que vendrá después. Giran como teloneros de Elvis Costello, que no duda en ofrecerse como productor de su segundo disco. Seguro que le encantó el grupo, pero también le echó el ojo a la bajista, Cait O’Riordan, que se convertiría en su mujer… hasta que hace unos meses llegó Diana Krall. Cotilleos aparte, lo cierto es que, como ya demostrara en el primer LP de los Specials, Costello sabe respetar el sonido de un grupo y potenciar sus virtudes.

 

A los Pogues no le hace falta mucho más y entre éste y el próximo, tocan el cielo. El empuje del grupo sigue intacto y la inspiración de Shane MacGowan en estado de gracia. En Rum, Sodomy & The Lash (1985), hay descargas furibundas como “The Sick Bed Of Cúchulainn” o “Sally Maclenanne”, capaces de provocar auténticas estampidas en perdidos pueblos irlandeses (puedo dar fe de ello); emocionantes baladas beodas como “The Old Main Drag” o la inolvidable “A Pair Of Brown Eyes”, y apropiaciones de temas ajenos que convierten en suyos para siempre, como “Dirty Old Town” de Ewan MacColl.

 

En If I Should Fall From Grace With God (1988), sobriamente maquillado por Steve Lillywhite, empiezan a asomar la cabeza los fichajes. Tanto Philip Chevron, otro veterano del punk, de los dublineses Radiators, como Terry Woods, de los clásicos del folk británico Steeleye Span, aportan grandes canciones, pero siguen sin hacer sombra al bardo de los dientes podridos, que además de sus cuasi clásicos habituales (la que titula el disco, “Birminghan Six” o “The Broad Majestic Shannon”), se saca de la manga un curioso single navideño lleno de insultos y palabras malsonantes, un “Fairytale of New York” impecablemente dramatizado con Kirsty MacColl.

 

A partir de aquí llegan los problemas, con Mr. MacGowan añadiendo a su habitual dieta alcohólica generosas dosis de ácido. En Peace and Love (1989) ya sólo compone la mitad de las canciones, la rabia y la furia se diluyen, y además su comportamiento errático comienza a crear problemas internos. Es un disco correcto, con agradables aportaciones del resto del grupo, pero eso no es lo que se pide a los Pogues, que no mejoran las cosas con Hell’s Ditch (1990), a pesar de la producción de Joe Strummer.

 

Tras caer de la furgoneta en Japón, Shane es invitado a dejar el grupo, que decide seguir sin él grabando un par de discos, Waiting for Herb (1993) y Pogue Mahone (1996), que pasan desapercibidos, y con razón, antes de desaparecer definitivamente… O casi, porque aprovechando estas reediciones, que añaden una buena ración de singles y temas inéditos, además de comentarios de fans ilustres como Jim Jarmusch, Tom Waits, Steve Earle o Matt Dillon, el grupo se reunió para unos cuantos conciertos. El gremio de cerveceros británicos está frotándose las manos.

 

Carlos Rego

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *