MANU CHAO

Manu Chao, el nómada más lúcido

 

Después de tener la suerte de entrevistar a Manu Chao, uno descubre que escucharlo es un placer y que le gustaría estar horas charlando con él, alguien con quien comparte sus principios y su visión del mundo, y del que quisiera contagiarse algo de su enorme talento e hiperactividad.

 

A sus 37 años, y sin domicilio fijo, ha firmado otra obra de canciones atemporales que ya son del dominio popular, Clandestino -esperando la última ola-, y continúa con el suficiente tiempo y energía para preparar eventos al margen de la oficialidad como esa A feira das mentiras, que tuvo como escenario Santiago de Compostela entre el 7 y el 12 de julio. Pero vayamos por partes.

 

Antes de Clandestino, en el pasado de Manu Chao, nacido en Francia y de ascendientes gallegos y vascos, había una banda que marcó a una generación: Mano Negra. Lo que aquella célula subversiva logró en sus escasos años de existencia es digno de mención en todos los anales de la historia del pop.

 

Para empezar, lograron ser una de las pocas bandas foráneas que triunfaron en las Islas Británicas, combatiéndolos con sus mismas armas: el rock de guitarras. Supieron crear, además, un circuito de conciertos por el mundo ajeno a las salas establecidas y a las agendas de los grandes estadios y de los festivales subvencionados.

 

Pero, lo que fue más importante, tuvieron la inteligencia de mezclar lo mejor del rock anglosajón con la herencia latina y el contenido político, convirtiéndose en precursores y definidores de un género que los ha tenido desde entonces como modelo y referencia indispensable. Los Fabulosos Cadillacs, Maldita Vecindad, Color Humano y tantos otros le deben buena parte de su existencia.

Incluso su forma de encarar la recta final de la trayectoria de su antiguo grupo no deja de ser atípica y admirable. Para empezar, se embarcó con ellos en la aventura Cargo 92, un barco que fue parando en distintos puertos de Brasil, Venezuela, Santo Domingo y México. Más tarde, recorrieron las vías del tren abandonadas de Colombia con un pequeño convoy, experiencia al límite que documentó perfectamente su padre, el periodista Ramón Chao, en un hermoso libro titulado Un tren de hielo y fuego. En ambos casos llevaron su música, diversos espectáculos y mucha ilusión a lugares en los que nunca antes había sucedido nada digno de mención.

 

En esos momentos la banda ya estaba disuelta, debido, en parte, a que nada podría volver a ser igual después de situaciones tan extremas como aquellas por las que habían pasado. Desde entonces, y durante los dos últimos años, Manu Chao se ha dedicado a recorrer en solitario diversos lugares de África y del Nordeste de Brasil, en este último caso en busca de los repentistas, ancianos que se dedican a improvisar versos cantados.

 

De ahí, del acercamiento a lo popular, nace Clandestino, su colección de canciones más desnudas, personales y apegadas a la realidad, convirtiéndose así en una especie de puente de unión entre la tradición popular y las nuevas generaciones, que están al tanto de su labor y de su obra.

 

A pesar de que había pensado dejar esas extrañas aventuras que le quitan salud -al tiempo que le dan la vida-, ha vuelto a caer en la trampa. Entre el 7 y el 12 del pasado mes de julio, Manu Chao y una serie de amigos tomaron al asalto la pétrea Compostela, con una nueva idea llamada A Feira das Mentiras.

La explicación de la elección tiene bastante que ver, además de con sus propias raíces, con la conexión de Galicia con toda Sudamérica y con los trabajadores más castigados de la Europa comunitaria, que son los mismos que Manu conoció en los barrios franceses. Esa relación, la emigración, mantiene vivos los lazos con el otro lado del Océano a través, sobre todo, de la música: los miles de orquestas que pueblan las verbenas populares gallegas se dedican a hacer versiones casi exclusivamente de canciones de aquellos lugares.

 

Por eso A Feira das Mentiras se ubicó en un antiguo mercado de ganado, en el que, durante cinco días, se fueron sucediendo una serie de actuaciones y espectáculos que lograron ligar la tradición popular gallega con las músicas más vivas de ahora mismo. Bajo tres carpas se pudieron ver  orquestas municipales, malabaristas, encuentros de repentistas brasileños y refegueiros de la Costa da Morte, circos, cuenta cuentos, malabaristas, talleres de artesanía, payasos, campeonatos de futbolín, pandereteiras, bandas de rock’n’roll y mucho más, llegados todos de diferentes países.

 

El espectáculo no estuvo tanto en lo que se ofrecía como en el encuentro entre gente tan distinta y en el propio ambiente de ese recinto, proclive en todo momento a la improvisación y a la participación de espontáneos que encontraban su hueco en cualquier actuación, contagiados por el espíritu abierto y festivo.

 

En principio, esta edición fue plantada como un acontecimiento único, de forma que todos los participantes pusieran lo mejor de su parte. Si ahora, después de recoger las carpas, aún quedan ganas de volver a embarcarse en algo así, entonces se plantearán una nueva edición y hasta una tercera, pero nunca más. Mientras, Manu Chao, incansable, ya piensa en preparar algo similar en el África negra. Suerte la de quien lo pueda ver.

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