INTERPOL

Interpol, placeres desconocidos

A lo largo de los últimos cinco años, los cuatro chicos bien vestidos de Interpol han saltado de ser favoritos en el ámbito local de Nueva York a ser una banda respetada a nivel global. Han logrado su hazaña con una dura y estricta ética de trabajo: pisando las tablas de cientos de salas, desde Tampa a Tokio, un innegable don para lo dramático y dos álbumes de rock profundamente melódico y recibidos con entusiasmo: Turn On the Bright Lights del 2002 y Antics del 2004.

 

Han agraciado portadas de revistas, inspirado a incontables imitadores y han disfrutado de un éxito comercial poco habitual que no ha vulnerado ni una vez su natural enigma. Cada paso que tomaron parecía gradual, orgánico y con mayor éxito. Entonces, ¿por qué el tercer álbum, el épico Our Love to Admire, da la sensación de ser como el comienzo de algo nuevo?

 

Para empezar, échale la culpa a las vacaciones. “Tras nuestra gira con Antics nos tomamos tres meses libres por primera vez desde el primer disco”, explica el guitarrista Daniel Kessler. “Y, cuando nos volvimos a reunir, todo había cambiado. Fue electrizante. Tuvimos que volver a empezar todo de nuevo”. Turn On the Bright Lights había sido la culminación de cuatro años de duro trabajo desapercibido mientras que Antics se había compuesto en el lugar de ensayo de la banda en Nueva York entre gira y gira.

 

“Después de tomar aquellos pocos meses para un respiro a principios del 2006, nos reunimos por primera vez en Manhattan con un lienzo en blanco. No es necesario decir que, aquello no duró mucho. El primer día, a mi riff con tintes pogo los demás le echaron el diente (el vocalista Paul Banks, el bajista Carlos D. y el batería Sam Fogarino), formando el primer single del álbum, el pegadizo “The Heinrich Maneuver”, que se burla de las cosas de la Costa Oeste”.

 

Cambiando de marcha casi de forma inmediata, lo siguiente que creó la banda fue el tema que finalmente abre el disco, “Pioneer to the Falls”. Fiel a la tradición de primeros temas atmosféricos y grandiosos, la canción establece perfectamente el tono del álbum. Su ambiente denso y transparente viene dado principalmente por los teclados -no por las características guitarras marca de la banda- y esto también fue intencional. “Por primera vez la banda compuso con teclados desde el principio y dejamos que influenciaran las canciones. Sin ningún tipo de guía en cuanto a qué podíamos hacer y qué no, nos encontramos capaces de crear un álbum de una forma más fluida que nunca”.

 

Aunque son famosos por producir sus propios álbumes, según las canciones empezaba a acumularse, la banda eligió trabajar con el célebre productor y mezclador Rich Costey para coproducirlas. “Congeniamos enseguida, con Costey comprendiendo automáticamente nuestro lenguaje y capaz de ayudarnos a expandir el sonido de las canciones nuevas. Ya sé que resulta un poco chocante que una banda tan ligada a nuestra ciudad natal, tan arraigada como Interpol lo está a la ciudad de Nueva York, no hubiésemos de hecho grabado nunca en Manhattan. La decisión se tomó para remediar eso con Our Love to Admire, que se creó en los estudios Electric Lady en el West Village de Nueva York. Los dos discos anteriores los habíamos grabado en una casa en  Connecticut donde vivimos y trabajamos compartiendo el mismo espacio”.

 

La claustrofobia funcionaba bien para la música, pero sin duda añadía una cierta cantidad de estrés. El nuevo disco, grabado tan cerca de casa hizo que todo fuese un poco más saludable. “Resultaba increíblemente reconfortante poder salir del estudio directamente a la ciudad y olvidarse del disco durante la noche”.  Dicho eso, la ciudad que los engendró evidentemente les sirvió de inspiración como nunca.

 

Our Love To Admire es a la vez inconfundiblemente Interpol e innegablemente nuevo. Por ejemplo, en la fantasmagórica “Rest My Chemistry”. Mientras que Daniel está comprensiblemente orgulloso de la canción advierte sobre entrever demasiada autobiografía en sus letras. “Siempre dejamos la interpretación al oyente”, declara. “Quiero decir que no se debe ver una película por primera vez… ¡escuchando los comentarios del director!”

 

Our Love to Admire se cierra con “The Lighthouse”, un canto fúnebre que está entre las canciones más inesperadas que la banda haya grabado nunca. Casi enteramente sin percusiones, la canción está construida en torno a la guitarra afligida de Daniel y las letras espartanas de Paul. No sólo es uno de sus mejores momentos hasta la fecha, sino que aporta el momento del álbum que más te pone la carne de gallina, los mismos escalofríos reflejos que logran los conciertos en directo de Interpol.

 

Siendo la última canción que la banda grabó para el álbum, fue, dicen, la más difícil de tocar. “La parte de guitarra hipnótica se interpretó con una guitarra de 50 años que tenía toxinas en las cuerdas, provocando en mis dedos una dolorosa sensación abrasadora. Los chicos no estaban seguros de qué tema saldría del estudio, pero una vez que escuchamos las extraordinarias voces de Paul nos quedamos anonadados”.

 

La canción -y el álbum- no terminan realmente cuando se desangra hacia un cierre con un largo epílogo con eco repleto de feedback y cuerdas. Un adecuado y esperado final dramático para un viaje emocional. Interpol ha vuelto como antes pero cargados con un nuevo espíritu, una nueva dirección, un nuevo sello, y sobre todo, una nueva confianza.

Xavier Valiño

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