FESTIVAL INTERNACIONAL DE BENICASSIM 2002

 

FIB 2002: El éxito y sus principios

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Radiohead, el escenario principal y Deluxe

La última y exitosa edición del Festival Internacional de Benicassim tiene dos vertientes distintas que deben ser analizadas por separado para no dar una impresión equivocada. En este año, el del lleno total, la parte artística y la parte de la organización, aún contando con las mismas intenciones, ha tenido resultados un tanto diferentes. 

Vayamos por partes. El coherente criterio mantenido a través de estas ocho ediciones de programar sólo música al margen de los grandes canales y, sobre todo, creativa, ha resultado su mejor baza. Además de una programación impecable, la mayoría de los conciertos resultan ser, casi siempre, notables. 

Este año, a diferencia de los anteriores, no tiene un triunfador claro. Si acaso Radiohead, de los que se podía esperar una actuación tan hermética como sus dos últimos discos, salieron victoriosos al contentar a todo el mundo con unas  catedrales de lamentos en espiral que van por delante de su tiempo y a través de los que Tom Yorke parece exorcizar continuamente sus fantasmas interiores. Con ellos, todos a rebufo. 

A su altura, más o menos, estuvieron Belle And Sebastian, aunque en su caso les faltó un contacto más cercano con el público como el que tuvieron el año pasado cuando triunfaron en el segundo escenario. De todas formas, la intervención de la portentosa voz de Monica Queen para cantar con ellos “Lazy Line Painter Jane” se convirtió en el momento más memorable de los tres días. 

También serán recordadas la actuaciones de The Chemical Brothers, haciendo bailar con su electrónica para las masas a más de 30.000 personas desde su altar con forma de platillo volante, y esta vez sin apagones inoportunos, o Primal Scream, aunque en su caso más por actitud punk y por haberse dejado las florituras modernas en casa y ofrecer su cara más peligrosa. 

En los otros escenarios hubo tres momentos para el recuerdo, a cargo de Joseph Arthur, sólo frente al exigente público que allí se daba cita, y cercano al Jeff Buckley más desnudo, DJ Shadow, con un concierto a medio camino entre el hip-hop más abstracto y las canciones pop, y The Beta Band, tal vez el espectáculo más contundente a cargo de unos magos que pasan por su batidora cualquier ritmo para acercarse a la psicodelia más desmadrada. Low, Perry Blake, The Notwist o I Am Kloot no anduvieron muy lejos de los anteriores. 

Voviendo al escenario principal, el que esta vez exigía mayor atención, hubo grupos que rindieron por encima de la media: Super Furry Animals, con las imágenes de su excelente DVD para acompañar a sus canciones, Paul Weller, esforzándose aunque sus canciones de ahora no atrapen a la primera escucha, el rock’n’roll sucio y clásico de Black Rebel Motorcycle Club, la honestidad de Doves y la rebeldía aún adolescente de Supergrass. Entre la aportación estatal, Australian Blonde y los gallegos Deluxe fueron los que mejor partido sacaron a las circunstancias, que, en muchos casos, pasaron por un sonido escaso o simplemente deficiente. 

Pero también hubo ciertas decepciones. Muse, histriones con su épica de mercadillo, no se entiende muy bien que pintan en un Festival así. Graban para una independiente, sí, pero su sitio ya está en la división de los grandes estadios. Los Planetas desperdiciaron una nueva oportunidad para hacerse con su afición más fiel, yendo de más a menos. Saint Etienne tampoco consiguieron conectar como hace dos años. A Suede le sobraron buena parte de los trucos para atraerse al público; por si fuera poco, la afonía de Brett Anderson le hacía pedir al auditorio que cantasen por él continuamente. Y The Cure ofrecieron un concierto dirigido a una parte muy pequeña de los  espectadores, con unos 110 minutos de música densa, muy densa, y 10 de melodías radiantes. 

La otra parte, la de organización, debe ser corregida cuanto antes. Es cierto que la masificación resulta incómoda a todos, pero mucho más especialmente a quienes compran su entrada religiosamente y ven como las infraestructuras no responden a lo que se espera de uno de los festivales más importantes en su género. El problema de los accesos, la mejora de una vez por todas de las zonas de acampada, los servicios dentro del recinto o la redistribución y ampliación de los espacios son alguno de los puntos sensibles que empañan un festival perfecto. Conscientes de este problema, la organización ha adelantado que no tienen intención de crecer, sino de mejorara las infraestructuras. Esperemos que así sea de una vez por todas. 

Sólo queda resaltar que resulta curioso que, en un país en el que los grupos independientes no venden, salvo contadas excepciones, más de 5000 copias, un Festival en esta onda consiga más de 35000 espectadores por jornada, además de 1300 periodistas acreditados, buena parte de ellos del extranjero. 

Tal vez la causa haya que buscarla en el interés de una buena parte de la población con inquietudes musicales en este Estado que ve como no puede tener acceso a través de los medios de comunicación a sonidos que podrían interesarle. Por ello, y tras el atractivo de los nombres grandes del cartel, la mayoría de los asistentes siguen con interés las actuaciones, en busca de manjares a disposición de muy pocos. Esperemos que esa filosofía se mantenga intacta en uno de los escasísimos reductos de resistencia frente al adocenamiento: es la única garantía del éxito.

 

 

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