CAMPUS GALICIA ARTICULO FADO

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ULTRASÓNICA

ARTÍCULOS 1999


Fado, el canto de la ciudad blanca

 

         En las serpenteantes rúas de los barrios más tradicionales de la ciudad blanca -Alfama, Barrio Alto, Ribeira, Mouraria o Mandrágora-, el alma portuguesa se puede sentir y hasta palpar, al mismo tiempo que su forma más perfecta de manifestarse, el fado, se vuelve reconocible en cada esquina. Las tabernas y las casas de fado se reparten anárquicamente por sus calles y, cuando el sol se oculta, los aficionados se colocan una noche más delante de su público imitando a los grandes clásicos. 

         “Ni alegre ni triste, un episodio de intervalo”. Así definía Pessoa al fado. Es, también, la tradición sin traducción, tal y como anuncia uno de los varios carteles que salpican esas calles, expresada a través de unas canciones en las que la añoranza, el destino, la tristeza, el sino y la saudade se convierten en los referentes básicos de una cultura popular exclusivamente portuguesa, aunque de alcance universal. 

         El fado es, tal vez, junto al blues, el flamenco y el tango, la más perfecta comunión íntima entre una música y su lugar de origen. A través de los años se ha convertido en el mejor exponente de la angustia interna, la pasión amarga y la serena melancolía que habita en el alma de los portugueses. 

         En el siglo pasado la idea del cantador de fados iba asociada a las tabernas, los prostíbulos, la golfería y la imagen de los chulos. No en vano la primera fadista fue una prostituta llamada María Severa, quien, después de muerta a los 25 años, sigue conservando viva su leyenda debido, sobre todo, a sus amores con el Conde de Vimioso a mediados del XIX. 

         Tras sus orígenes humildes, recolectando influencias árabes y africanas, y su posterior expansión como sublimación de la canción costumbrista popular, espontánea, trágica y algo canallesca, llegó la gran Amália Rodrigues para dignificarlo y llevarlo al resto del mundo, alargando su sombra sobre toda posibilidad de evolución posterior, al igual que Gardel con el tango. 

         Más adelante, en su versión de Coimbra, el fado se sofistica, entra en contacto con el mundo más lírico de los poetas y se acerca a otros ritmos de raigambre atlántica, como el tango, la milonga o la habanera. Durante décadas continúa estancado, hasta que nuevas voces como Dulce Pontes, Teresa Salgueiro –de Madredeus-, Misia o Bevinda reivindican aquel legado en sus canciones, más en lo que concierne a su sentir que a la repetición de sus esquemas de composición. 

         Ahora, con el fin de siglo, el fado parece vivir una nueva juventud. Y la colección que ahora se edita, El canto de la ciudad blanca, aprovecha esa situación para intentar ubicar su vigencia a través de treinta y seis canciones en dos compactos en los que hay lugar para casi todas las grandes voces que en el fado han sido a excepción de, por ejemplo, nombres como Lucilia do Carmo o Alfredo Marceneiro. 

         Por una parte aparecen las grandes damas de la canción portuguesa, como la propia Amália Rodrigues, Hermínia Silva, Maria Teresa de Noronha o Anita Guerreiro. La ortodoxia continua en las voces de Carlos do Carmo, Paulo de Carvalho o Beatriz da Conceiçao. 

         Algunos rompen con los tópicos de la canción triste, entre ellos Jorge Fernando, Manuel de Almeida, Joao Pedro o Joao Braga, mientras otros lo aproximan más al pueblo: Vicente de Cámara, Tereza Tarouca o Rodrigo. Pero también hay tiempo para los grandes compositores –Paulo, Ferrer Trindade, Max, Raúl Portela o Frederico de Brito- y el reflejo de la evidente relación con los poetas portugueses –Almeida Garret, Pedro Homem de Melo, Alexandre O’Neill o José Carlos Ary dos Santos-. 

         Tal vez el aspecto más destacable de esta colección sea la traducción de todos los textos al castellano, labor realizada por el español Carlos Pérez Álvaro, que vivió en Lisboa y sigue ligado al país vecino. Se acompaña, también, un breve glosario de términos utilizados habitualmente en las piezas propias de este género. 

         José Niza, psiquiatra, diputado socialista por Santarem y compositor de fados, se encarga de la erudita presentación. Esta elección tiene su razón de ser: Niza fue el autor de “E despois do adeus”, la canción que dio el pistoletazo de salida a la Revolución de los Claveles, hace ahora 25 años. Se echa en falta, eso sí, información sobre la fecha de grabación de las canciones y una pequeña biografía de cada artista.  

         El punto y final lo ponen, de nuevo, las palabras de Pessoa: “El fado es el cansancio del alma fuerte, la mirada de desprecio de Portugal al Dios en que creyó y que también lo abandonó. En el fado, los dioses regresan, legítimos y lejanos.” 

Xavier Valiño

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