BRUCE SPRINGSTEEN EN CONCIERTO

Bruce Springsteen en concierto (Madrid, 21-5-2016)

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Las expectativas, ese lugar abonado para las decepciones. Cada uno acude a un concierto esperando que el artista interprete alguna de sus canciones favoritas; si no sucede, se puede contar como un pequeño revés, personal eso sí. Pero si el que genera las expectativas es el propio artista, y luego no las cumple, entonces sí estamos ante una decepción mayor, porque eso  afecta a todos  sin excepción.

No se puede vender The River como reclamo e interpretar solo siete de sus veinte temas (un 35%), máxime teniendo en cuenta que en los conciertos norteamericanos de esta gira lo ha tocado íntegramente y que en San Sebastián cayeron 13 y en Barcelona 12 de ellas, por poner como ejemplo los dos otros dos recitales en España de esta semana. ¿Por qué se escamotean “Drive All Night” o “Wreck on the Highway”, como ejemplo de las otras 11 que podíamos haber citado también, o incluso alguno de los descartes de The Ties that Bind, superiores algunos a los que acabaron encontrando hueco en el disco original? Si de Born in the U.S.A. interpreta 9 de sus 12 cortes (el 75%, una gran diferencia),  entonces sería lógico llamarlo la gira de Born in the U.S.A. Sin esa (crucial) variación sobre lo anunciado y previsto, la valoración sería otra bien distinta.

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Los conciertos de Springsteen en Madrid nunca tienen la misma suerte y entidad que los que ofrece en Barcelona. Y lo vivido anoche parece confirmarlo. Además de lo ya comentado, el sonido en buena parte de la actuación resultó bastante deficiente, como en la propia “Born in the U.S.A.”, donde era imposible discernir los instrumentos por encima  de una masa uniforme y plomiza. “Human Touch” se convirtió en un anticlímax a pesar de la pretendida tensión sexual de interpretarla con su mujer, dando la razón a quienes tienen al disco que lo titula entre sus álbumes menos conseguidos. En “Hungry Heart”, sin ir más lejos, Springsteen delegó casi íntegramente la parte vocal en el público, algo sorprendente por insólito. También es discutible en un concierto en principio dedicado a glosar The River sustituir  los temas previsibles por momentos menos relevantes en su discografía sacados de The Rising o Wrecking Ball, lo que contribuye a lo que muchos comentaban al abandonar el recinto: repertorio equivocado y poco estimulante, sin riesgos para él ni para sus seguidores.

Si olvidamos estos detalles, ciertamente significativos, al resto poco o nada se le puede reprochar. Desde hace décadas, Springsteen es el mejor espectáculo de rock posible que se puede ver en un gran estadio. Lo suyo está centrado en el poder redentor de la música y su capacidad para hacer feliz a toda su audiencia, sin pirotecnias, con una entrega absoluta durante más de tres horas, populista y popular en su traca final cargada de éxitos. No varia la esencia de sus canciones, ilumina perfectamente el espectáculo y su equipo consigue una realización exquisita  que permite no perder ni uno solo de los detalles que suceden en el escenario y cerca de las primeras filas, a las que él se acerca una y otra vez para saludar o sacar a compartir con él un momento estelar a alguno de sus fans acérrimos.

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Sí, sigue siendo increíble que esto lo pueda hacer una persona de 66 años. No había más que ver la cara de su baterista Max Weinberg  hacia el final del concierto, que parecía estar pidiendo clemencia. Los demás músicos veteranos de la E Street Band a su lado parecen avejentados y se entiende: es complicado seguirle el ritmo. Además, esas 33 canciones en tres horas y cuarto no ofrecen descanso alguno: como Ramones o Manu Chao, Springsteen no da un respiro entre canciones, sino que las enlaza  unas con otras, manteniendo la tensión desde el inicio hasta el final sin prácticamente decaer en ningún momento (a excepción de la parte inmediatamente anterior a los bises). Incluso para encarar los bises no abandona en ningún momento el escenario esperando a que se le reclame, como si una y otra cosa fuesen lo mismo.

Entre tantas canciones quedan varios momentos para el recuerdo: el inicio con seis temas torrenciales (lo que hacía prever algo distinto a lo que luego fue),  un “Johnny 99” brutal en la cede buena parte del protagonismo a sus músicos (Nils Logfren un escalón por encima de los demás), una “My City of Ruins” más emparentada que nunca con “People Get Ready” de The Impressions, la estimulante versión de “Trapped” de Jimmy Cliff, la rabiosa “Spirit in the Night”, un mayúsculo “Point Blank” en representación de los otros cortes de The River olvidados, una sorprendentemente efectiva “Land  of Hope and Dreams”, “My Love Will Never Let You Down” recuperada de la caja Tracks, la siempre rotunda “Tenth Avenue Freeze Out” o un “Thunder Road” en acústico para finalizar, con la bella y definitiva estampa del músico solo sobre el escenario emocionado ante su masiva y entregada audiencia.

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