WHAT’S GOING ON (I)

What’s Going On, la Sagrada Familia del soul

 

 

Por increíble que parezca, a Billie Holiday le debemos el más grande disco soul (¿del rock?) de todos los tiempos. Ya, Lady Day no grabó soul ni rock, ni tampoco tuvo que ver en la gestación de What’s Going On, álbum que se editó el 21 de mayo de 1971, doce años después de su muerte, salvo que como resumen de la música negra del siglo XX su influencia también hiciese acto de presencia en sus estrías. Lo cierto es que su impronta fue algo mucho más prosaico: gracias a la película que se rodaba en Hollywood sobre su historia, El ocaso de una estrella (Lady Signs the Blues en su título original), el testarudo Marvin Gaye pudo editar un disco que el Departamento de Calidad del sello Motown había vetado. “Lo peor que he oído en mi puta vida”, fue la frase lapidaria del dueño y capo del sello, Barry Gordy Jr. (Lo repasamos en tres entregas. Hoy, la primera)

 

Y, sin embargo, casi todos estaban equivocados. Este disco excepcional, una obra a la altura de cualquier hito del siglo XX, no era más que el producto de la bancarrota espiritual y personal de su autor y la posterior redención a través de la música, álbum que pudo ver la luz gracias a que Motown estaba viviendo su crepúsculo en Detroit tras una primera década triunfante en la que construyó un emporio sin igual. Esta es la historia de esa obra magna.

 

Xavier Valiño

 

En 1967, Marvin Gaye tenía el mundo a sus pies. El Príncipe de Motown (o Príncipe del Soul) se había labrado una imagen de éxito a base de baladas románticas y temas más rítmicos aptos para todos los públicos como “Ain’t that Peculiar”, “How Sweet It Is (To Be Loved by You)” o “I Heard It Through the Grapevine”, además de triunfar en duetos con Mary Wells, Kim Weston, Diana Ross o Tammi Terrell. Casado con Anna Gordy, la hermana del dueño de su discográfica Motown, Barry Gordy Jr., se diría que su vida había alcanzado todo lo que un artista podía soñar, tras haber crecido en paralelo a su sello desde principios de la década, pasando de ser poco más que un músico de sesión a la cabeza más visible del imperio junto a The Supremes.

 

Sin embargo, casi nada era como aparentaba. Si acaso, podemos fechar el momento en que su derrumbe se precipitó en octubre de 1967, cuando su compañera en el dúo soul perfecto, Tammi Terrell, sufrió un colapso en sus brazos en el escenario para descubrírsele en el hospital un tumor cerebral del que no se recuperaría hasta morir dos años después. A partir de entonces, y con la intención de seguir manteniendo la máquina en marcha, la voz de Tammi Terrell fue sustituida por otras como las de Valerie Simpson en temas como “The Onion Song”, ocultándoselo al mundo.

 

No era todo, ni mucho menos. Para empezar, Gaye sentía que sus logros profesionales no distaban mucho de ser un fraude. Como parte de la cadena de montaje de Motown, su voz no era más que otro componente al servicio de la causa y, mientras su sello le pedía más canciones sentimentales alejadas de su creciente concienciación social, sentía que no se podía comparar con los artistas que le inspiraban, como Nat King Cole o Frank Sinatra. Además, el Gobierno le perseguía exigiéndole que pagase una elevada suma en impuestos atrasados y su correspondiente penalización. Su vida privada tampoco le satisfacía: su matrimonio con Anna era una continua lucha enquistada, con episodios violentos y silencios recriminatorios. También se había apartado de su familia, especialmente de un padre violento, religioso y dictatorial, pero tampoco en el clan Motown que le había adoptado se encontraba a gusto, por lo que estaba empezando a consumir cocaína.

 

Desesperado y vacío, llegó a encerrarse en su apartamento con una pistola y pensó en suicidarse, aunque por suerte su suegro Pops Gordy le hizo cambiar de opinión. Poco después grababa su versión de “Yesterday” de The Beatles haciendo suya la letra e introduciéndole un cambio pequeño, pero muy significativo: “Ayer todos mis problemas parecían tan lejanos / Ahora parece como si estuvieran aquí para siempre / Necesito un lugar en el que esconderme / De repente no soy ni la mitad del hombre que solía ser / Hay una sombra pesada, muy pesada, que se cierne sobre mí”.

 

 

Gaye era un hombre complejo y en permanente conflicto: el hijo de un predicador que se insinuaba en sus canciones para ganarse el sustento; el crooner clásico que cantaba tonadas sencillas sin demasiado contenido; el hombre sabio que a menudo se comportaba como un niño; el colaborador instintivo cuyo ego demandaba siempre tener el control; el intérprete con miedo al escenario que solía acabar mostrando un comportamiento exhibicionista; el amante que se creía un luchador; el artista excelso que tenía que convivir con todas sus contradicciones y demonios interiores.

 

Comprendió que no le quedaba más remedio que tomar las riendas de su vida, al menos la musical. Dejaría de ser una herramienta en el engranaje y para ello sabía perfectamente que necesitaba el poder, una prerrogativa que en el sistema de Motown residía en los compositores y productores. Tras el funeral de Terrell el 20 de marzo de 1970, se recluyó en su casa de Outer Drive (Detroit) para concentrarse en una canción que tenía y que creía que serviría para darle el vuelco que estaba buscando a su vida y su carrera.
Unas semanas antes le habían dejado escuchar un boceto de canción que podría canalizar todo su dolor y frustración. El origen se remonta a una gira de The Four Tops en 1969, cuando el grupo pasó por San Francisco el 15 de mayo. Uno de sus componentes, Renaldo ‘Obie’ Benson, observó desde el bus de la gira cómo los pacíficos manifestantes eran reprimidos brutalmente en el Parque Berkeley en lo que se conocería como el ‘Jueves Sangriento’. Instantáneamente se preguntó: “¿Qué está pasando?” Le contó lo sucedido al compositor de Motown Al Cleveland, y juntos se pusieron a escribir. Al resto de The Four Tops no les interesó para su repertorio porque les parecía una canción protesta. Joan Baez, su primera elección y a quien se la tocaron en un camerino de Londres antes de aparecer en el programa Top of the Pops, también la rechazó. Poco después se encuentran con Marvin Gaye jugando al golf. Se la muestran y Gaye, que entonces producía a The Originals, piensa que sería perfecta para el grupo. Pero Benson no está de acuerdo: quiere que la cante él e incluso le ofrece un porcentaje en los derechos de autor.

 

Gaye identifica en ella la mecha para prender lo que será su nuevo proyecto, donde podrá reflejar también sus conversaciones con su hermano menor Frankie, que había regresado de Vietnam tras tres años de servicio. Perseguido por los fantasmas de lo que allí había visto y hecho, Frankie había descubierto, tras su regreso, que en su país lo trataban con desdén y no podía encontrar un trabajo digno. Por si fueran poco las historias terroríficas narradas por su hermano, había un Marvin Gay, primo suyo, que había fallecido realmente como soldado norteamericano en el lejano país asiático en noviembre de 1968. La realidad sangrienta no tenía, pues, nada que ver con el personaje que Gaye acababa de interpretar en la película La balada de Andy Crocker (1969), centrada en un veterano del Vietnam pero rodada en la comodidad de Hollywood.

 

A sus conflictos personales y familiares su sumaba una profunda angustia espiritual y social por lo que se vivía más allá de las paredes de la factoría de sueños de Motown: las muertes de Kennedy y Martin Luther King, los disturbios de Detroit en 1967 y de Ohio en 1970 y una sociedad que acababa de enviar un hombre a la luna pero que no podía garantizar el sustento de niños a los que había visto a menudo revolviendo en la basura para poder comer. ¿Qué coño estaba pasando en el mundo? Agobiado y con mala conciencia por haber escapado de la guerra, a diferencia de sus familiares, le preguntó a su hermano qué podía hacer y este le respondió que debía canalizarlo todo a través de su música.

 

Aunque el Departamento de Prensa de Motown compelía a sus pupilos a no comentar nada controvertido en sus declaraciones, Gaye empezó a aparecer en sus entrevistas con libros de Malcolm X o Carlos Castaneda. Como le comentó a Jack Ryan para su libro Recollections: The Detroit Years. The Motown Sound by the People Who Made It (1982), “en 1969 o 1970 comencé a revaluar todo el concepto de lo que quería contar en mi música. Estaba muy afectado por las cartas que mi hermano me enviaba desde Vietnam, tanto como por la situación social en nuestro país. Entendí que tenía que dejar mis fantasías de lado y escribir canciones que llegasen al alma de la gente. Quería que se fijasen en lo que estaba sucediendo en el mundo”.

 

Gaye nunca había sido un activista, sino más bien un voyeur. Lo que sabía lo había aprendido en su mayor parte viendo la televisión, en los periódicos o hablando con aquellos que tenían acceso a su aislado mundo. Los disturbios de los meses anteriores en varios puntos de los EE.UU. los había vivido desde la comodidad de su sofá, como la mayoría de la población. La colisión de todas esas imágenes con el sentido de la justicia que su padre le había inculcado (o, más bien, marcado a golpes) de niño, produjeron en él un sentido del activismo a través de la imaginación que, dado el contexto musical apropiado, bien podría llegar a emocionar a millones de personas.

 

 

 

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