LEON BRIDGES

Leon Bridges, soul canónico

LEON BRIDGES

 

Curiosa la historia del chaval. A sus 27 años acaba de editar su disco de debut, Coming Home, un álbum que bien podría haber sido grabado hace más de 50 años, cuando sus padres aún eran unos niños. Pero Leon Bridges viene del mundo del baile (quería ser bailarín y coreógrafo) y del mundo de las noches de micros abiertas del hip-hop, en las que los aspirantes a cantantes de rap improvisan en directo sobre bases instrumentales.

 

 

Antes había tenido una educación musical sesgada, por cuanto su madre solo permitía que en casa se escuchase música religiosa o que no fuese ofensiva. Puede que ahí esté la raíz de lo que hoy está haciendo Leon Bridges. Después, antes de meterse de lleno a trabajar como compositor de sus propias canciones, se convirtió en una estrella en Instagram por sus fotografías en blanco y negro hechas por su amigo Erin Rambo y en las que aparece tocado con ropa de otra época, aquellos años 60 que ahora tanto le inspiran.

Fue precisamente un encuentro casual con otro de los habitantes de Forth Worth (Texas), en concreto Austin Jenkins, componente de la banda rock White Denim, el que le posibilitaría grabar sus primeras canciones. Lo hizo después de descubrir gracias a un amigo que la canción que había grabado para su madre, “Lisa Sawyer”, sonaba a Sam Cooke. Y ese fue el otro gran momento de revelación para Bridges: eso era justo lo que sintió que debía hacer, soul clásico al estilo de Cooke y otros cantantes de principios de los 60.

Tras colgar dos de las canciones (“Coming Home” y “Better Man”) de aquellas sesiones en una web, gorillavsbear, todo se volvió viral. Pronto tenía 40 compañías tras él, ofreciéndole contratos. Al final se decidió por Sony-Columbia tras aceptar estos editar el disco que ya tenía grabado tal cual lo tenía hecho. Tras firmar el contrato, Bridges se marchó con los músicos con los que había registrado sus canciones a celebrar con champán que estaba en el mismo sello que Bob Dylan. Tan solo 18 meses antes trabajaba de camarero en un restaurante mexicano.

 

Has dicho que con tu debut querías hacer un disco como los que se facturaban a principios de los 60. De todas formas, ¿hay algo en él que lo relacione con la música de nuestros días, con lo que se hace en 2015?

          – Sí, pretendía hacerlo como se hacía antes y que sonase de esa forma. De todas maneras, si prestas un poco de atención a lo que está por debajo de lo que se escucha, de la superficie, se puede descubrir que mis canciones tienen también una estructura en la que hay rastros del r&b o del hip-hop, con lo cual también hay elementos actuales.

 

Esos sonidos del r&b y del hip-hop los descubriste en casa escuchando la radio cuando tu madre no estaba, ¿no?

          – Efectivamente. Era entonces cuando conectaba la radio y escuchaba lo que pinchaban. En aquel momento era lo que sonaba. Me producía una enorme excitación ir descubriendo un montón de canciones, sin saber cuál era la siguiente que iba a sonar y sin saber quién era el autor hasta que el locutor lo decía. Me lo pasaba en grande bailando solo en el salón de casa.

 

Tu primera intención era ser coreógrafo y bailarín. ¿Crees que de alguna forma eso tiene reflejo en tu música?

– Es lo que quería hacer cuando estaba en el Instituto. Realmente me abrió la puerta para poder intentar cualquier cosa. Puedo tomar cosas del ballet, el hip-hop o el jazz y trasladarlo a mi forma de trabajar. Pero diría que donde mejor se nota ese aprendizaje es en el escenario, en mi forma de moverme. Estar delante de la gente me ha impulsado a ser un mejor intérprete. Cómo daré vida a las canciones cada noche es más una cuestión de la chispa del momento, lo voy improvisando.

Hace unos años empezaste a participar en noches de micros abiertos, cantando por encima de bases instrumentales. ¿Eran tuyas?

– No. Lo que hacía era descargarme bases instrumentales. Luego llegaba a la sala, conectaba mi teléfono móvil al equipo de sonido del local e improvisaba por encima.

 

Compusiste una canción para tu madre contando su historia, “Lisa Sawyer”, y eso fue lo que hizo que tu interés pasase a ser otro en la música.

– Un amigo la escuchó y me comentó que estaba claro que había escuchado a Sam Cooke. Había escuchado su nombre, pero nunca había escuchado sus canciones. Así que fui a casa y empecé a ver todo lo que había en Youtube y a descubrir sus canciones en Pandora. Estaba avergonzado por no haberle prestado atención hasta entonces. Ahí descubrí la era dorada del soul y del r&b. Me pregunté cómo era posible que no hubiese otros jóvenes de color haciendo esta clase de música. Me volví tan fascinado con ese sonido que lo quería recrear exactamente. Hubo una conexión instantánea con el realismo, la simplicidad y la sutileza de esas canciones. Las canciones que hacían entonces salían realmente del corazón. Me hizo feliz tratar de hacer algo idéntico. Desde ese momento tuve claro que esa era la música que quería hacer.

 

Otro momento decisivo fue cuando conociste a Austin Jenkins, de la banda White Denim, aunque fuese gracias a unos vaqueros.

– Fue su novia la que habló conmigo porque le gustaban mis pantalones vaqueros vintage comentándome que él también los llevaba. Hablamos de eso la primera vez. Luego, unos días después, vio una actuación mía en solitario de las que hacía cada martes por la noche en un club local y me propuso grabar unas canciones.

En un primer momento no te dijo que tenía un grupo.

– No, no me lo comentó. Estaba claro que algo tenía que ver, porque arregló lo del estudio y trajo unos músicos como Josh Block, también de su banda, pero no me lo dijo hasta pasado un tiempo. ¡Y yo ni siquiera había oído hablar de ellos a pesar de que eran de mi ciudad! Visto en perspectiva, creo que fue positivo, porque no me condicionó y me permitió hacer la música que yo pretendía sin pensar en cuál era el sonido de la banda de él.

 

Grabaste unas cuantas canciones con él así que, por suerte, cuando fichaste con Columbia ya tenías gran parte de tu disco hecho a tu manera.

– Por un lado, el disco estaba casi acabado. Pero, por otro, hay que reconocer que la discográfica confió en mí, en lo que habíamos hecho, y no pretendió dirigir nuestro sonido. No hubo sugerencias para cambiar de productor, para volver a grabar o para darle otra orientación a las canciones.

 

Grabaste 20 canciones, ¿no?

– Sí. He compuesto más de 30 y tenemos 20 grabadas, así que hay  temas suficientes para las caras B de los singles o, incluso, para otro disco. De todas formas, cuando llegue el momento de pensar en él, no sé si las recuperaremos o pasaremos a otra cosa.

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Siempre se habla de Sam Cooke al referirse a tu música, pero también se pueden escuchar ecos del primer Marvin Gaye o de Smokey Robinson & The Miracles (por ejemplo, el principio de “Better Man” suena igual que “I Second that Emotion”). ¿Qué más crees tú que está ahí pero que la gente no repara en ello?

– Una de mis influencias es Johnny Taylor y, también, Arthur Alexander. Y gracias por la mención a esa canción tan buena de Smokey Robinson; es todo un regalo que me relaciones con ella.

Por cierto, tu portada remite a la del disco Ain’t that Good News de Sam Cooke.

– Es cierto. Es curioso porque paramos en Los Ángeles de camino a coger nuestro primer vuelo para Londres. Íbamos por la calle y mi fotógrafo Erin Rambo vio esa pared y me pidió que hiciésemos un retrato allí. Empecé a moverme, él me tomó unas fotos y una de ellas acabó siendo la portada del disco, con ese contraste tan logrado con el color rojo y el parecido a la de Sam Cooke.

Supongo que tendrás también interés en otros artistas actuales.

– Por supuesto, no vivo en una burbuja musical. Me gusta mucho James Blake, por ejemplo. También Drake, Kendrick Lamar, Young Thug, Usher, Ginuwine, Lianne la Havas…

 

Aprendiste a tocar la guitarra en muy poco tiempo, hace aún menos de cuatro años.

– No empecé a componer música y a tomármelo en serio hasta llegar a la Universidad. Ahí conocí a un tipo que tenía un teclado y conectamos inmediatamente; nos sentábamos juntos a tocar e improvisar. Me di cuenta de que podía componer y cantar. También había una chica que tenía una guitarra y formaba parte de un grupo. Un día le pedí que me enseñara algunos acordes y luego fui aprendiendo por mi cuenta. Aún no domino la parte técnica. Pero compongo siempre con la guitarra. Y Austin Jenkins también me ayudó con ello. Encontré mi voz pero no sabía aún en qué dirección ir. Cuando escuché a los primeros cantantes de soul tuve clara mi visión y mi camino. Cuando empecé era yo solo con mi guitarra y no sabía qué hacía. No sé nada de teoría, pero tengo buen oído para lo que hago. Escribía cualquier cosa que me saliera y fui sacando canciones de ahí.

 

En tu álbum hay baladas, canciones más bailables, algo de surf, doo-woop, soul… “River” es, sin embargo, un tema góspel, que es mi favorita.

– También es la mía y, además, ayudó a sentar las bases del álbum cuando la grabamos en las sesiones con Austin Jenkins. La sonoridad sirvió para marcar el tono del álbum. La primera vez nos salió bastante más rockera. En la segunda ya le dimos esa estructura más acústica. Más tarde intentamos regrabarla, pero no logramos la misma sensación.

Es tu vertiente más espiritual y personal.

          – Al componer, escribo de cosas que suceden en mi vida y en mi familia, aunque otras sean más una creación en forma de ficción. “Brown Skin Girl” habla de mi ex-novia y “Twistin’ & Groovin’” de mis abuelos. Pero vengo de la Iglesia. Hubo un tiempo en mi vida en la que sentí una transformación y una relación con Dios. Así que hablo de la salvación en una estructura clásica de góspel, algo que es más que un sonido, es una forma de vida. No me importa reflejar esa espiritualidad en mi música, como hicieron otros artistas del soul que empezaron también en el góspel.

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