HISTORIA DE LA MÚSICA DISCO

Luis Lapuente: Historia de la música disco (Efe Eme)

 

 

Lo avanza Ángel Carmona en el prólogo y, más adelante, lo desmenuza el autor en uno de sus capítulos: el 12 de julio de 1979 se quemaron miles de álbumes de música disco en el estadio de béisbol de Chicago. Aunque se trataba de una estratagema para conseguir un lleno histórico en el partido del equipo Chicago White Sox (que habitualmente tenía una entrada pobre en sus enfrentamientos), ya que quien llevase un disco para quemar pagaría una cantidad testimonial para acceder al recinto, lo cierto es que los aficionados disfrutaron quemando aquellos vinilos al grito de “Disco sucks!” (“¡La música disco apesta!”).

 

No recuerdo ninguna otra quema de discos salvo la que sufrieron The Beatles 13 años antes, después de que John Lennon dijese aquello de que eran más conocidos que Jesucristo. Sin embargo, la diferencia es notable: si en el caso de los de Liverpool las razones eran la salvaguarda de unos pretendidos principios morales y religiosos, en el caso de Chicago no se buscaba más que estigmatizar a la música disco más aún de lo que ya lo estaba.

 

 

Luis Lapuente lo recuerda en el primer capítulo de este libro, tal vez el más valioso por condensar admirablemente en 50 páginas la historia de ese estilo: “Si hay un género negro estigmatizado, despreciado hasta la náusea por los amantes de la alta cultura, es el de la música disco, concebida en su día, mutatis mutanti, en los mismos cenáculos que alumbraron antes el jazz, el blues y el soul, de cuyas tradiciones se considera heredera directa”.

 

Quien lo viviera en su día, lo sabe bien, y ninguno estamos libres de pecado: la música disco era ignorada, despreciada y minusvalorada, situación que no ha cambiado demasiado a lo largo de los años. Resulta curioso porque buena parte de los grandes nombres del rock de aquellos años sucumbieron a su encanto. Así, a bote pronto, se me ocurren incursiones directas o tangenciales en el género de Paul McCartney, John Lennon, The Rolling Stones, Elvis Presley, Chicago, Alan Parsons Project, Lou Reed, Boz Scaggs, Rod Stewart, The Clash, David Bowie, Electric Light Orchestra, Kiss, Elton John, Mike Oldfield, Joe Cocker, Pink Floyd, The Beach Boys, Eric Clatpon, Bruce Springsteen, Grateful Dead, Blondie, Carole King, J. Geils Band, The Kinks, Steve Miller Band, Roxy Music, Queen, Frank Zappa, Neil Young, Roy Orbison, Doobie Brothers, Robert Palmer, Cliff Richard, Steely Dan…

 

 

Y eso no es todo. Como bien recoge Lapuente, Brian Eno, una de las mentes más inquietas y visionarias de la música de las últimas cinco décadas, le comentó a David Bowie en 1977 que “I Feel Love” de Donna Summer (compuesto por Giorgio Moroder, responsables ambos también de otra de las piezas mayúsculas del género, “Love to Love You Baby”) anticipaba la música del futuro.

 

Cuando buena parte de los datos se pueden encontrar en la red, Lapuente opta en su trabajo por desbrozar su historia a partir de los nombres propios más destacados, apuntando una discografía seleccionada de cada uno de ellos, de los sellos que le dieron acogida, de los álbumes fundamentales (desmintiendo la creencia de que la música disco se expandió en singles y maxi-singles), de las canciones más importantes y de algunas que se le adelantaron en el tiempo. Además -y ahí radica buena parte del mérito a diferencia de las muy escasísimas obras en papel a nivel internacional relacionadas con el tema a pesar de sus ventas multimillonarias en discos-, presta especial atención al eurodisco, recogiendo también los principales artistas españoles.

 

 

Era hora ya de que alguien reivindicara el papel principal de la música disco en la historia de la música popular del siglo XX. Evidentemente, el mayor entendido en soul y música negra del país era la persona más indicada, y no tarda mucho en hacerlo: en el 40 aniversario del segundo verano del amor, Lapuente traza unos rasgos comunes con el glam, asegura que tuvo una carga antisistema mucho mayor que la que se le atribuye al punk (sus principales responsables y consumidores eran negros, latinos y homosexuales conviviendo sin problemas) y recuerda su vocación de servicio público, perfectamente expuesta en las palabras que recupera del capo de la discográfica Casablanca (sello de, por ejemplo, Donna Summer):

 

“Hey, si por medio de los discos de Casablanca puedo crear una fantasía para la gente, darles un par de horas con las puedan bailar y olvidarse de que al día siguiente tienen que levantarse para trabajar como todos los días, si puedo hacer todo eso, creo que estoy dando un servicio público. Si además, haciendo esto me gano una pasta, pues fabuloso”. Imposible resumirlo mejor.

 

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