ELLIOTT MURPHY LIVE

Elliott Murphy en concierto

 

 

Elliott Murphy podría estar llenando estadios -lo de si debería ya es otra cosa-. Cuando su colega y coetáneo Bruce Springsteen (quien no se cansa de reivindicar su obra y de colaborar con él en cuanto tiene una ocasión) lleva haciéndolo durante más de 30 años partiendo de similares coordenadas, solo cabe preguntarse la razón por la que Murphy decidió un buen día que él no seguiría esa senda.

 

 

La aparente respuesta está en una mujer, que lo llevó a vivir en París, donde ha tenido su base de operaciones en las últimas décadas, aunque también convendría señalar la libertad artística como posible causa. Desde allí gira a menudo por España. No hace mucho aún estuvo en aquel desaparecido Marzo Pop de A Estrada o en La Radio, en Compostela. Y sigue teniendo unos seguidores fieles. No tanto como para llenar esos estadios que otros conocen bien, pero sí como para poder pasearse sin problemas por salas de aforo medio, aunque tenga que ser sin banda, como en este caso, dadas las actuales circunstancias.

 

En esta ocasión venía a presentar un disco que saldrá en unas semanas, según dijo, aunque nadie tenía noticia del mismo. Sin nada nuevo bajo el brazo, a no ser un directo de hace dos años (Just a Story from New York) con parte de su repertorio clásico, Murphy consiguió congregar a unas 400 personas en su nueva visita. Y lo hizo acompañado por su fiel escudero Olivier Durand, el músico francés que lo acompaña desde hace 17 años, según recordó.

 

Solos se presentaron en la Capitol y, poblada como está la discografía de Murphy de elegantes tiempos medios, podía habérsele atragantado el concierto a más de uno, teniendo en cuenta que fueron más de dos horas regadas simplemente por sus guitarras y sus voces.

 

 

Sin embargo, no tuvo nada de árido, y esos tiempos medios quedaron perfectamente integrados en un repertorio más enérgico de lo habitual. Murphy venía a entretener (eso en lo que se ha convertido su colega Springsteen, aunque sus discos estén últimamente mucho más hinchados por unas producción testosterónica), y lo consiguió a la perfección. Evidentemente, ayudan los miles de conciertos en 40 años en activo, pero buscó intencionadamente ese esfuerzo extra que, además, aparentó ser totalmente natural.

 

Habló de la lluvia, repartió pasaportes para un hipotético país llamado Murphyland (él sería el socio 0,000001, aseguró), hizo partícipe a la audiencia de sus canciones, se arrancó con un reconocible “Twist and Shout” cuando convenía involucrar a todos, dialogó con el público, salió varias veces a tocar varios bises…

 

Nada de eso contaría si no fuera por sus canciones, clásicas, como las que se empezaron a componer cuando Dylan se electrificó, y si no tuviera a su lado a un guitarrista como Durand, un mago que tiene siempre las notas justas a la guitarra, que se descubre virtuoso sin hacer nunca alarde de ello, que es el complemento perfecto que necesita. Murphy, París, Durand, Europa. La perfecta combinación para el neoyorquino.


(Sala Capitol, Santiago. 17-1-2013. Público: 400 espectadores. Promotor: La Divina Comedia)

 

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