BJORK LIVE

Björk, mares de piedra

 

 

Un mar de cuarcita sobrevuela una costra pétrea y horadada enclavada en lo alto de un monte barrido por un viento gélido y sobre el que se asienta un complejo cultural megalómano y pretendidamente moderno. No se trata de ninguna metáfora, sino del lugar elegido para el primer concierto de Björk en la Península en cuatro años, un lugar casi simbólico donde poner en escena Biophilia, el álbum de 2011 que se pregunta por la unión entre música, naturaleza y tecnología.

 

Y Biophilia es el gran protagonista de esta gira. Si hace unos años que Björk decidió soltar lastre y dejar de preocuparse por los estribillos reconocibles, suponemos que tampoco le quita el sueño que actualmente la respuesta a su hora y 40 minutos de concierto sea mínima. Ya el planteamiento no invita al júbilo: en esta gira no están más que el programador Max Weisel y el percusionista Manu Delgado, aunque por suerte el concurso del coro y cuerpo de baile Graduale Nobilio con su docena de mujeres pone parte de la emoción humana perdida con la escueta nómina de músicos.

 

Incluso la voz de Björk, ese arma infalible que desarma (y emociona y horroriza a partes iguales), más contenida, no suena igual de poderosa que en otras ocasiones; tal vez sea el peaje de la reciente convalecencia que le obligó a cancelar parte de sus actuaciones de este año, incluidas sus apariciones en el Festival Primavera Sound.

 

 

 

Las bobinas creadas por Nikola Tesla en 1891 aportan la mayor novedad, nutriéndose “Thunderbolt” y “Declare Independence” de sus descargas y sus poderosas texturas, junto con los socorridos fuegos artificiales. En las pantallas, imágenes de placas tectónicas en colisión, invertebrados marinos copulando y rastros de lo que parecer ser un DNA, sacadas, según cuentan, de las aplicaciones creadas a partir del álbum para Ipad e Iphone. Sin embargo, nunca se ve en esas pantallas a Björk, que pide al público antes de empezar que no le saquen fotos, negando también el acceso a los reporteros gráficos al foso.

 

En la fría noche del Monte Gaiás, las ocho canciones de Biophilia se quedan en una experiencia tan interesante para su autora como elusiva  para gran parte de la audiencia, pidiendo ser disfrutadas en otro tipo de auditorio. Solo su single “Crystalline” o temas de álbumes anteriores suscitan alguna reacción, especialmente la melodía de “Isobel”, los ritmos volcánicos -más apagados en esta ocasión- de “Jóga” o las danzas tribales desmadradas de “Náttúra”. Los bises sí son otra cosa: “One Day” es recreada en una hipnótica interpretación con un instrumento de percusión llamado hang, mientras que “Declare Independence”, que en su día denunciaba la política colonial de Dinamarca, se convierte ahora en el único momento de arrebato y baile generalizado en todo el concierto.

 

(Cidade da Cultura, Santiago de Compostela, 22-6-2012. Público: 5000 personas. Promotor: Xunta de Galicia)

 

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