BENJAMIN CLEMENTINE: I tell a fly

BENJAMIN CLEMENTINE: I tell a fly (Universal)

 

 

Decíamos hace unos dos años, cuando se editó su disco de debut, que es difícil pensar que Clementine no vaya a estar ahí dentro de tres o cuatro décadas por pura necesidad. Podrá tener más o menos seguidores, vender más o menos discos si es que sigue en el negocio de la música, pero con total seguridad no habrá dejado de cantar. En sus canciones queda clara su naturaleza portentosa y su desbordante personalidad, esa que impidió que unos cuantos productores quisieran trabajar con él. “¡Demasiado personal!”, decían, así que tuvo que decantarse por un ingeniero de sonido, que seguramente se limitó a recoger sus interpretaciones al piano como si se tratase de una actuación en directo en el estudio.

 

Tomemos, para tener una referencia, la primera canción que dio a conocer de su segundo disco, probablemente el single más atípico que se pueda escuchar este 2017: ‘Phantom of Aleppoville’ (‘El fantasma de la ciudad de Alepo’) parte de las obras del psicoanalista británico Donald Winicott, quien escribe habitualmente sobre niños que han vivido historias de acoso en casa o en la escuela. Clementine trazó una suerte de lazo con los traumas generados por estos malos tratos con los niños desplazados por la guerra en Siria, algo que seguramente siente muy dentro debido a sus antecedentes africanos y a su infancia marcada por una estricta familia cristiana.
No es un tema fácil, no. Ninguna del resto de sus canciones se presta a la desconexión frente a la realidad. Será difícil que el músico, de ascendencia ghanesa y que sabe por experiencia propia lo que es dormir en la calle, llegue a entender en algún momento la música como un arte con el que entretener a sus oyentes; más bien al contrario, parece que lo que pretende es recodar aquella faceta más oscura de la vida que casi todos los demás pretenden obviar.
De hecho, este segundo disco iba a ser la banda sonora de una obra teatral basada en una frase que alguien escribió cuando Clementine tuvo que renovar su visado para poder viajar a los Estados Unidos: “un alien de habilidades extraordinaria”, lo definieron. De ahí partió la idea de un álbum que recogiese la situación que había visto en sus viajes de los últimos dos años por distintas partes del mundo. No todas las canciones reflejan esa intención, pero sí aparecen, además de los niños de Alepo, el nacionalismo francés, la situación en el campamento de Calais donde los inmigrantes ilegales esperan para entrar en el Reino Unido o los subsaharianos que intentan cruzar el Mediterráneo para llegar a Europa.
Y si no va a ofrecer una vía de escape en sus textos, probablemente tampoco habrá muchas canciones en su repertorio en el que su música se acomode a los gustos mayoritarios o a los sonidos más en boga. Si ya en las entrevistas que dio cuando se editó su debut solía mencionar a clásicos impresionistas como Erik Satie o Debussy, ahora le suma también un creciente interés por la electrónica, en especial el pionero japonés Isao Tomita del que pocos han oído hablar.
Hay en sus canciones de intención teatral ecos de la ópera, las sonatas, el jazz o el music-hall, entremezclados con espirituales negros, electrónica barroca, ritmos motorik repetitivos y voces discordantes, a veces en una misma canción. Aun así, Clementine entrega tres canciones que se asemejan a ciertas estructuras pop, como ‘Jupiter’, ‘Ode from Joyce’ o ‘By the ports of Europe’, incluso ‘Quintessence’ si se estira un poco la acepción del término, siendo este último el corte más emocionante del disco con solo su voz y sus intrincados acordes al piano.
Volvamos a aquel texto del 2015: “Desbocado, Clementine escupe dramas con las teclas del piano mientras su voz declama con pasión una especie de diario en forma de once canciones… en los que tiene tanta relevancia lo que canta y toca como los espacios y silencios que le permiten respirar y que impiden que la tempestad acabe por arrasar con todo, él incluido”. Aquel raro talento que explotó en 2015, casi surgido de la nada, bien merece tener la posibilidad de escarbar en su interior y crecer como persona y como artista, por arduo que el resultado sea para el oyente. Pocos hay que se atrevan a tanto.

 

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