THE DELINES: The Set Up

THE DELINES: The Set Up (Décor-Popstock!)

“¡Me puse a llorar desconsoladamente cuando se separó The Jam! Y nunca había estado en Inglaterra ni nada así, pero supongo que se trata de lo mismo que hablábamos antes. Paul Weller me transportó a la Inglaterra de la clase trabajadora de entonces. Tenía un póster del grupo en mi habitación. Había una tienda en mi ciudad en la que iba consiguiendo todo lo que editaron. No me puedo creer que Weller fuera tan joven cuando compuso esas canciones. ¡Yo casi no podía atar mis zapatos a esa edad!”

Eso me comentaba Willy Vlautin, líder entonces de Richmond Fontaine y hoy de The Delines, hace casi 20 años, en 2007, cuando el primero de sus grupos presentaba We Used to Think the Freeway Sounded Like a River. Evidentemente, The Delines tienen poco que ver con The Jam y lo que había en común con The Style Council se ha ido diluyendo, pero Weller y Vlautin sí comparten una cierta intención o, al menos, sus canciones consiguen algo en común.

Antes de descifrarlo, vayamos con The Set Up. Mientras terminaban el disco de The Delines del año pasado, Mr. Luck & Ms. Doom, aparecieron varios temas que no encajaban allí. Eran piezas demasiado sombrías, centradas en personajes más maltrechos y solitarios. En lugar de descartarlas, Vlautin siguió trabajando hasta dar forma a la que llama ‘hermana díscola, descarriada y perdida’ de aquel.

El grupo mantiene ese country-soul elegante y cinematográfico que se ha convertido en su sello, con la voz cansada y tierna de Amy Boone en el centro emocional, como si cada historia estuviera contada desde dentro. Pero ahora Vlautin habla de lo que ha visto durante sus giras por Estados Unidos: la crisis de los opioides, los campamentos improvisados en las afueras de las ciudades, las vidas que se desmoronan lejos del foco mediático. No son denuncias directas, sino retratos de personas atrapadas en situaciones difíciles: estafadores de poca monta, adictos o gente que simplemente ha perdido el rumbo.

En esta ocasión, la mitad de las piezas son instrumentales o cuentan con recitados de Boone. Entre las piezas cantadas sobresale la historia de la adicta desesperada de “The Reckless Life”, “Can You Get Me out of Phoenix?”, donde una hija reflexiona sobre la vida errática de su padre estafador, o “The Meter Keeps Ticking”, con el encuentro entre una mujer y su marido internado en un hospital psiquiátrico. “Keep the Shades Down” traza en apenas unas líneas dos vidas desmoronándose con una economía narrativa que haría enrojecer a más de un novelista. Que Vlautin también lo sea -con tres de sus libros adaptados al cine- no es un detalle menor aquí.

El corazón conceptual del álbum llega con la canción que le da título, construida como una suite dividida en tres partes que describe el mecanismo de una estafa: la seducción, la trampa y el golpe final. Funciona como eje narrativo del álbum que no proporciona moraleja ni redención clara, solo la mirada compasiva de un compositor que entiende que, a veces, las historias más intensas nacen en los márgenes.

Citaba al principio de estas líneas aquella entrevista con Vlautin donde el mencionaba aquello de “lo que hablábamos antes” al referirse a la banda de Weller -y también a sus canciones, aunque él, con una modestia sincera, no lo dijera-. ¿Y qué era eso para él, según lo expresó en aquella charla? “Ese es el poder de la música: transportarte a un lugar, sin importar si ese lugar existe o no, o si has estado allí o no. Lo que esperas es que la conjunción de la música y las letras consiga algo así. Es como una película, que a veces logra llevarte a un sitio. Es difícil para una pequeña película, pero puede darte una pequeña pincelada, y después tú construyes el resto en tu cabeza. Es lo bueno de la música, que puedes construir todo el paisaje en tu cabeza escuchando un disco”. Sí: The Set Up lo logra con creces.

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