JESSIE WARE: Superbloom

JESSIE WARE: Superbloom (Universal)

Cuando Jessie Ware casi lo dejó todo, nadie lo supo. Agobiada por la culpa de ser madre trabajadora y los costes económicos de salir de gira, la cantante londinense estuvo a punto de abandonar la música. Fue el éxito inesperado de Table Manners, el podcast de gastronomía que conduce junto a su madre Lennie, lo que la sacó del apuro financiero y, paradójicamente, le devolvió las ganas de componer.

Superbloom, su sexto disco, es el intento de fusionar esas dos vidas: la estrella del dance y la mujer de carne y hueso que cocina para Paul McCartney o Margot Robbie frente al micrófono. La pista de baile sigue siendo el punto de partida, pero ya no es el único destino. Jessie Ware amplía aquí el universo que había construido en sus últimos trabajos y lo lleva hacia un terreno más orgánico, donde la euforia disco convive con momentos de mayor calidez emocional. No se trata tanto de reinventar su fórmula como de permitirle respirar.

La motivación del álbum parece clara: cerrar una etapa -ese tríptico bailable que la devolvió al primer plano desde 2020- sin renunciar a lo aprendido en el camino. Hay más espacio para el soul clásico, arreglos más ricos y una interpretación vocal que se permite matices menos orientados al golpe inmediato, con una mayor sensación de fluidez en todo el álbum.

El arranque marca el tono expansivo. “Superbloom”, el tema que da título al álbum, funciona como declaración de intenciones: ritmo envolvente, capas de cuerdas y una voz que se mueve con soltura entre lo sensual y lo celebratorio. “Automatic” apuesta por el movimiento puro, casi coreográfico, mientras “Sauna” juega con la sensualidad desde un minimalismo cálido. “Ride”, por su parte, convierte un guiño cinematográfico en un viaje hipnótico que mezcla elegancia y sudor de pista de baile. Y cuando llega “16 Summers”, el álbum se permite una pausa emocional que rompe la línea ascendente sin desentonar del todo.

Si en discos anteriores la prioridad era la evasión, aquí aparece una dimensión más reflexiva. Las letras abordan el deseo, la madurez emocional y cierta necesidad de equilibrio entre lo que se muestra y lo que se guarda. Esa dualidad se traduce en un trabajo que puede funcionar tanto en un entorno festivo como en una escucha más introspectiva: la pista de baile ya no es un lugar de escape, sino un espacio donde también cabe detenerse a pensar qué hacer cuando la música va bajando en intensidad.

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