CHET FAKER: A Love for Strangers

CHET FAKER: A Love for Strangers (Detail-BMG)

Hay artistas que construyen su carrera sobre la incomodidad. Nick Murphy no es precisamente uno de ellos, y eso puede ser tanto su mayor virtud como su mayor limitación. El músico de Melbourne, conocido por el alias Chet Faker, saltó a la fama en 2014 en parte gracias a una versión del clásico de Blackstreet “No Diggity”, que circuló por Internet antes de que nadie supiera muy bien quién era. Ese gesto, mezclar lo familiar con algo ligeramente fuera de lugar, definió su estética desde entonces. Una década después, con su tercer álbum bajo el seudónimo Chet Faker (el sexto si contamos los que ha firmado como Nick Murphy), el equilibrio se ha desplazado hacia lo primero.

El disco nació de una doble experiencia que lo marcó profundamente: la pandemia y la muerte de su padre. Murphy ha hablado en entrevistas previas al lanzamiento de su deseo de aprender a conectar con personas que apenas conoce, de construir confianza con otros. De ahí el título, Un amor por los extraños. Curiosamente, ese impulso hacia la apertura emocional convive con una producción que tiende a mantener al oyente a cierta distancia, envuelto en capas de pop electrónico pulido y ritmos de soft-rock que suenan siempre dóciles.

“Over You” abre el álbum con piano cálido y un ritmo contenido, mientras que la voz de Murphy en falsete cumple su función hablando de cómo ha superado una historia pasada. “This Time for Real” es el punto álgido: su empuje funky y casi góspel tiene el nervio que el resto del disco no vuelve a alcanzar. “1000 Ways” ofrece una pincelada pop más tradicional, con teclados y percusión que ceden a una sensación optimista sin esconder una melancolía subyacente. “Can You Swim?” funciona como una balada de piano desnuda, vulnerable y contemplativa, donde Murphy se pregunta si será capaz de mantenerse a flote dentro de una relación, y “Just My Hallelujah” cierra el álbum con la solemnidad de una iglesia vacía que por momentos evoca a Leonard Cohen, aunque sin llegar a su intensidad.

Este enfoque más accesible, menos críptico que en trabajos recientes bajo su nombre real, sugiere que Murphy ha querido abrazar claramente su faceta más melódica. El resultado, un trabajo cohesionado aunque quizá demasiado homogéneo por momentos, consigue a ratos casar la intención con las canciones. Por eso quien busque el filo melancólico de Built on Glass encontrará aquí una versión más amable y menos urgente de lo que Chet Faker siempre parecía que iba a ser.

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