TRIÁNGULO DE AMOR BIZARRO: Mi catedral

TRIÁNGULO DE AMOR BIZARRO: Mi catedral (Sonido Muchacho)

Primero se fue el teclista Zippo, en 2024, y lo que parecía una pérdida resultó ser un punto de partida. Isa Cea, Rodrigo Caamaño y Rafa Mallo volvieron a ser tres, como al principio, y desde esa desnudez de power trío empezaron a escribir canciones nuevas, esta vez al piano, que fue el instrumento desde el que construyeron casi todo el esqueleto de Mi catedral. El cambio de sello también importa: fuera Mushroom Pillow, dentro Sonido Muchacho, y con ello un pequeño gesto de reinicio formal que acompaña al musical. La banda explica que el título no tiene lectura religiosa; la catedral es ese espacio que uno se construye con sus propias reglas cuando todo lo de fuera está diseñado por otros. Esa declaración de principios recorre el disco de punta a punta.

Un cambio de método que salta a los oídos nada más arrancar el disco: la apertura de “SMT en el Palacio Real” comienza con ese mismo piano, tirando a flamenco oscuro, antes de que la electricidad entre como un muro y deshaga cualquier comodidad que el oyente pudiera haberse hecho. La letra, mientras tanto, habla de dioses digitales que bloquean el pensamiento y hacen olvidar la propia naturaleza. Bienvenidos al disco más político de Triángulo de Amor Bizarro, si es que los anteriores no lo fueron.

“Matar a un rey” es la canción más radicalmente política que hayan firmado nunca: arranca como rock directo con Rodrigo proclamando que el mundo se cae a trozos, pasa por un tramo de cuerdas y termina en electrónica kraut fría, todo en el mismo tema. “BBBMV a.r.m.a.s.” sigue en esa vena motorik y añade un verso sobre la muerte diaria de Dios en Palestina que no suena a pose sino a cabreo auténtico. En el otro extremo, “Sacrificio” son exactamente The Cure en modo luminoso, y “Odio a mi generación” tiene ese estribillo tan rabioso que solo pide corearlo a gritos. “Pat a trenca”, que cierra el álbum, arranca tan lenta y oscura que podría recordar a “Something in the Way” de Nirvana, antes de abrirse en una épica de cuerdas que los arrastra lejos de cualquier punto de partida reconocible.

El viaje se ensombrece con acierto en “En la corte de E”, un laberinto lúgubre que culmina en un inesperado oleaje de sintetizadores. El grupo esquiva la decadencia institucionalizando un manifiesto rústico, sucio y bellísimo, demostrando que se puede edificar un templo inexpugnable sin necesidad de arrodillarse ante ningún dios digital. Veinte años de carrera y siguen siendo el grupo que menos se parece a cualquier otro en la música española.

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