MATTHEW C. WHITAKER: Songs for the Weary
MATTHEW C. WHITAKER: Songs for the Weary (Cosmic Dross)
En directo, lleva un caftán y una lámpara de plasma sobre la cabeza. Se llama a sí mismo Zpor y proclama venir del planeta Agricular. Con Henge, la banda de rock progresivo cósmico que cofundó en Manchester, lleva años mezclando sintetizadores desbocados con una teatralidad que debe bastante a los años 70 más extravagantes. Nada de esto prepara al oyente para lo que hace cuando actúa solo.
Songs for the Weary es el segundo álbum en solitario de Roger Matthew C. Whitaker y llega una década después del primero. Si aquel era un disco de canciones acústicas con destellos progresivos, este es otra cosa: un ejercicio de opulencia orquestal contenida, con arreglos de cuerda que nunca se van de las manos y una voz que se mueve entre el crooner de salón y el folk anglicano con tanta naturalidad que resulta difícil ubicarla en un año concreto.
La referencia más obvia, por la combinación de canciones acústicas y grandiosidad sin estridencia, es Matthew E. White -el parecido de apellido tampoco es casual-, aunque también merodean Van Dyke Parks, Rufus Wainwright y Robert Wyatt. El disco dura menos de 24 minutos, distribuidos en ocho piezas que no malgastan espacio: la obertura instrumental de cuerdas abre el tono sin ostentación, “Mind How You Go” despliega una dulzura casi de canción de cuna con una advertencia sobre el hielo negro y el vértigo invernal, y “Chestnut Tree” se instala a cobijo de un árbol con escobillas, percusión suave y guitarras acústicas que duran exactamente los dos minutos y catorce segundos que necesitan. “Lucid Dreamer” le mete un tañido a la guitarra que recuerda al que aparece en las canciones de Henge aunque aquí a media velocidad, y le añade un destello electrónico que avisa que Zpor no ha desaparecido del todo.
La curiosidad más desconcertante del disco aparece en “A Portrait of the Artist as an Old Man”: Whitaker toca la sierra musical, ese instrumento de ferretería que se dobla para producir sonidos entre el theremín y el lamento. No es broma, ni adorno: encaja en la lógica interna de un disco que se toma en serio su propia rareza. “Logan Stone” parece un falso western que debe algo a Lee Hazlewood, y el tema homónimo convierte el saxofón en jazz de cowboys con cierta deuda con Morricone. Cierra “Stand Up to the Man”, un himno de protesta con cuerdas y sin consignas, que termina con la instrucción de no dejar que la ansiedad reduzca la audacia.
Que todo esto quepa en menos de media hora y suene completo es la principal demostración de que Zpor, cuando se quita el caftán, sabe exactamente lo que hace. Mucho más emocionante de esta guisa.
