TALKING HEADS: Tentative Decisions: Demos & Liv

TALKING HEADS: Tentative Decisions: Demos & Live (Rhino-Warner)

Corría el otoño de 1975 y dos estudiantes de la Escuela de Diseño de Rhode Island, con más nervios que técnica, ensayaban canciones raras en habitaciones pequeñas. Uno era David Byrne, el otro Chris Frantz. Nadie los conocía todavía. Medio siglo después, ese material sale a la luz con todas sus costuras a la vista, y el resultado es tan fascinante como incómodo.

Tentative Decisions: Demos & Live es una caja de tres discos que recorre los años previos al debut oficial de Talking Heads, cuando el grupo aún no era un cuarteto completo: Jerry Harrison, ex Modern Lovers, no se incorporaría hasta marzo de 1977. Lo que aquí suena es el trío original con Byrne, Frantz y Tina Weymouth, quien llegó al bajo casi por azar cuando el anterior bajista los abandonó y ella aprendió el instrumento sobre la marcha, más un puñado de grabaciones del dúo Byrne-Frantz bajo el nombre de The Artistics, su banda universitaria predecesora.

La motivación del archivo es arqueológica pero no polvorienta. El primer disco contiene maquetas de septiembre de 1975 junto a otras de 1976, donde ya asoman en estado larvario piezas como “Warning Sign” o “Happy Day”. El segundo, probablemente el más revelador para los no iniciados, recoge las sesiones que el grupo grabó para CBS/Columbia, que pese a su calidad obvia no se tradujo en contrato: la discográfica los rechazó y acabaron en Sire Records. Ese error de CBS sigue siendo uno de los más comentados en la historia del sello.

Seguir la evolución de “Psycho Killer” a través de las distintas versiones que contiene este recopilatorio es un ejercicio casi académico: de la tosquedad estudiantil de The Artistics a la maqueta de 1975 y después a la sesión CBS, hasta la grabación definitiva de Talking Heads: 77. Cada nueva vuelta de tuerca revela cómo Byrne construía sus canciones como si fueran experimentos de conducta humana.

El tercer disco es un directo registrado en salas, con grabaciones de Max’s Kansas City y el Jabberwocky de Syracuse que suenan a lo que son: grabaciones de apariencia pirata, con algún espectador que grita pidiendo baladas. Ásperos, vivos, irrepetibles. La versión de “Pablo Picasso” de Jonathan Richman que ejecutan en Manhattan supera en extrañeza a casi cualquier otra versión conocida. Byrne, antes de empezar cada actuación, anunciaba: “El nombre de este grupo es Talking Heads”. En el vacío de aquellos clubes, su proclama sonaba a manifiesto.

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