JACK WHITE: Frozen Charlotte
JACK WHITE: Frozen Charlotte(Third Man Records-Popstock!)
La muñeca de porcelana que da nombre al nuevo disco de Jack White tiene una historia bastante siniestra: una joven que, empeñada en lucir su vestido nuevo pese al frío, muere congelada camino de un baile. Jack White la recupera aquí, le añade un cráneo y convierte aquella figura victoriana en la imagen de su séptimo álbum en solitario. N hay mejor puerta de entrada a un disco atravesado por la incomunicación, la soledad y cierta sensación de final de época.
Grabado en Nashville con Patrick Keeler, Dominic Davis y Bobby Emmett, es la primera vez que repite formación, justo la que lo que acompañó en No Name. Frozen Charlotte continúa la senda abierta por aquel disco de 2024, pero con un tono más oscuro, con la impresión de que parece haber querido registrar las canciones como si la banda estuviera tocando delante de él, sin demasiadas capas que escondan los golpes de batería, el bajo o las guitarras.
El origen del disco parece tener un componente personal que White nunca menciona de forma directa pero que sobrevuela cada canción: se grabó mientras su matrimonio con la también músico Olivia Jean se desmoronaba, y se publicó apenas unas semanas después de que ella pidiera el divorcio. Títulos como “You’ll Never Fix Me” (“Nunca me arreglarás”), “She’s in a Frenzy” (“Está en un frenesí”) o “All Alone Again” (“Totalmente solo de nuevo”) hablan por sí solos, mientras que en “Dollar Bill” llega a lanzar un dardo tan directo como “lo hizo por amor y por un dólar”, sin que el nombre de nadie aparezca jamás explícitamente.
“G.O.D. and the Broken Ribs” resulta ser la perfecta puerta de entrada. White imagina un Génesis pasado por Detroit, con el paraíso convertido en escenario para una historia de destrucción y reinicio. Después llega “Derocho Demonico”, donde guitarra y teclado se persiguen sobre un riff que podría hacer saltar los altavoces por los aires. “Raising the Grain” y “You’ll Never Fix Me” mantienen esa tensión, mientras que “Neighbors Blues” es probablemente su pieza más conseguida: parte de una disputa entre vecinos y termina convirtiéndose en una pequeña parábola sobre intolerancia y egoísmo. La guitarra y el órgano se van enredando hasta que la canción parece a punto de descarrilar.
Después de haber demostrado que podía llevar su música hacia territorios mucho más imprevisibles, White vuelve a los riffs, al blues, al garage y al rock de los setenta. No tiene interés en suavizar sus excesos o buscar una nueva identidad, y sigue tocando como alguien que sospecha que el amplificador puede dejar de funcionar mañana y, por lo tanto, conviene aprovecharlo cuanto antes.
