THE HANGING STARS: Just a Day
THE HANGING STARS: Just a Day (Loose Music)
A una banda londinense que lleva una década fabricando lo que ellos mismos denominan ‘Cosmic Americana’ le llega el momento de dar un paso en una dirección inesperada. Eso es exactamente lo que ha hecho el cuarteto en su sexto álbum de estudio, o séptimo si se cuenta la colaboración con la cantante folk canadiense Bonnie Dobson publicada el año pasado.
El detonante fue un cambio de formación a finales de 2024 que obligó a Richard Olson y los suyos a replantearse el sonido del grupo desde la raíz. Lejos de lamentarse, ficharon como coproductor a Gerard Love, el tercio más melódico de Teenage Fanclub, quien no solo puso orden en el estudio sino que arrimó el hombro como arreglista y vocalista. La grabación volvió a tener lugar en Clashnarrow, el estudio que Edwyn Collins tiene en las Highlands escocesas, con la particularidad de que Olson, que toca en la banda del propio Collins, echó mano de una guitarra Gretsch y de la misma caja de distorsión que aparece en “A Girl Like You”.
El resultado es un disco que abandona el pedal steel y los vientos de entregas anteriores para apostar por un jangle pop de doce cuerdas donde The Byrds actúan más como presencia constante que como cita ocasional. “All Your Yesterdays” abre con una de esas melodías que parecen existir desde siempre: las cuatro voces se trenzan en armonías que resultan tan frescas como inevitables, sobre un fondo de órgano vintage que sitúa la escena en algún punto feliz entre 1968 y ahora mismo.
“Think I’ll Be Alright” llega con paso más contenido, una guitarra punteada sosteniendo unos versos que hablan de traiciones asumidas con calma y cierta ironía soterrada. “Let It Slide” es quizás el momento más luminoso del álbum: un riff de seis y doce cuerdas entrelazadas que es pura ambrosía y una lección de economía: pocas notas, mucho vuelo, y una letra que convierte la resignación en algo parecido a la elegancia. “Show Me The Way”, firmada por el bajista Paul Milne junto a Olson, es la sorpresa del disco: un country-rock directo y sin artificios, con ese cimbreo cadencioso de los Flying Burrito Brothers que se agradece en mitad de tanta armonía. Que el recién llegado se marque una de las mejores canciones del álbum dice mucho de la salud del grupo. Hay más: “The Glasshouse” esconde una crítica a la desigualdad bajo capas de guitarras entrelazadas mientras que “Big Red Car” despliega un góspel country de cámara que detiene el tiempo. Con todo ello resulta un álbum que ha ganado en claridad lo que ha cedido en ornamento, y en el que The Hanging Stars suenan, paradójicamente, más grandes que nunca.
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Xavier Valiño
