TAMIKREST: Assikel

TAMIKREST: Assikel (Glitterbeat)

Fundada en 2006 en Kidal, en el norte de Mali, Tamikrest nació en la órbita de Tinariwen pero desde entonces se ha esforzado en marcar su propio camino. El nombre lo dice todo en tamaschek: ‘nudo’, ‘alianza’, ‘futuro’. Su sexto disco, Assikel -‘viaje’ en ese mismo idioma-, llega en el año de su vigésimo aniversario y funciona, paradójicamente, como un acto de regreso a lo esencial.

Para grabarlo, la banda viajó en octubre de 2025 a Haarlem (Países Bajos) y pasó diez días en los estudios del técnico habitual de Altın Gün trabajando en directo sobre una máquina de cinta de 16 pistas de finales de los sesenta. Por lo tanto, no podían repetir cada toma diez veces o las que hicieran falta. Esa conciencia de que cada grabación era definitiva imprime al álbum una presencia física que pocos discos actuales logran.

El resultado son ocho canciones en las que guitarras eléctricas y acústicas se entrelazan flotando sobre un bajo dub y percusión tradicional. “Adagh Oyanted”, la apertura, establece las coordenadas: ritmo hipnótico, voces que no piden permiso y una pedal steel guitar que desplaza el Sahara hacia algo más cercano al desierto de Mojave. “Imanin” entra con una melodía de sintetizador inquietante, obra del belga Wouter Van Asselbergh, con guitarras abrasivas y una percusión insistente que convierte la canción en una de las más combativas del álbum. Hay algo áspero en su sonido, como si la distorsión estuviera raspando arena.

“Eillal” (“Espejismo”) reúne por primera vez en estudio a la banda con Ibrahim Ag Alhabib de Tinariwen, cuyo murmullo hablado se integra en la canción sin interferirla, como si siempre hubiera estado ahí. El cierre, “Adounia”, es una elegía acústica -que funciona como cierre melancólico y terrenal- por Mohammed ‘Japonais’ Ag Itlale, de Tinariwen, mentor temprano de la formación. Un homenaje que más que anestesiar el dolor lo convierte en ritmo embrujador.

La situación en Mali, con la junta militar, la violencia yihadista y la presencia del Africa Corps ruso, explica la desesperanza que atraviesa los textos sin que el disco suene nunca derrotado. El ‘assouf’, esa melancolía tuareg que mezcla nostalgia y exilio sin traducción exacta, está aquí presente en cada nota. Pero también algo más antiguo y difícil de nombrar, como es que la convicción de que la música puede ser el único territorio que no se deja ocupar.

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