JEFF BUCKLEY: Live At Sin-É

JEFF BUCKLEY: Live At Sin-É (Expanded/Deluxe Edition) (Columbia-Sony)

En el Lower East Side de Manhattan, a principios de los noventa, había un café irlandés llamado Sin-é donde los artistas locales actuaban gratis para quienes quisieran escuchar mientras tomaban algo. Era el tipo de local donde el ruido de los vasos competía con la música, donde la distancia entre el músico y el público era la misma que entre dos mesas. En agosto de 1993, un joven de 26 años con una Telecaster y una voz que sonaba como si llevara encima los fantasmas de cuatro décadas de música americana grabó allí una tarde entera. Ese registro, ampliado ahora en una edición de cuatro discos de vinilo, es uno de esos documentos que te recuerdan para qué sirve el directo.

El punto de partida ya es fascinante: Jeff Buckley no actuaba en el Sin-é como trampolín hacia una carrera, sino casi como laboratorio personal. No tenía disco. Lo que tenía era un repertorio sin fronteras -Van Morrison, Led Zeppelin, Nina Simone, Nusrat Fateh Ali Khan, Bob Dylan, chanson francesa, góspel, el blues de Ray Charles- y la voluntad de probarlo todo delante de extraños. Las sesiones completas revelan también sus monólogos, improvisados y ramificados, donde habla de Duane Eddy, de The Doors, de sí mismo como ‘persona ridícula’. Ese humor nervioso y autocrítico es tan revelador como cualquier canción.

Lo que hace especial esta edición ampliada frente a los cuatro temas del EP original de 1993 es la exposición del proceso. Aparecen los errores, las bromas que no terminan de aterrizar, las versiones que respiran de forma distinta a como lo harían meses después en estudio. “Lover, You Should’ve Come Over” existe aquí en un estado previo a su propia perfección: las frases se estiran hasta deshilacharse. “Strange Fruit” es devastadora en su desnudez, con Buckley habitando la letra sin ningún arreglo que le sirva de escudo. “Hallelujah”, la versión que definiría su legado póstumo, suena aquí más como un hallazgo en tiempo real que como una declaración. “Be Your Husband”, el tema de Nina Simone, es quizás donde mejor se entiende lo que hacía tan extraño a este músico: toma la pieza y la trabaja como si fuera un instrumento de percusión, golpeando la guitarra con una urgencia que no tiene nada de delicada. Y sin embargo, el momento siguiente puede ser un susurro. El control dinámico que despliega solo, sin banda y sin red, sigue siendo difícil de explicar con adjetivos.

Treinta y tres años después de esa tarde en un bar del East Village, la pregunta sigue ahí: ¿qué habría pasado con todo ese talento disperso si no hubiera muerto en el Mississippi en 1997? La respuesta, por suerte, no es necesaria para escuchar esta absoluta maravilla.

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