Mati Klarwein

Mati Klarwein, el más célebre portadista desconocido del mundo

Un buen día a principios de los 70, un artista extranjero que vivía en Mallorca, fue despertado en su casa por una pareja de la Guardia Civil que le pedía que se vistiese urgentemente. Conociendo cómo se las gastaba la dictadura, aquel artista no las tenía todas consigo. Pero lo que escuchó a continuación lo sumió en la más absoluta perplejidad: en una hora le visitaría la mujer del mismísimo dictador, Franco. Y no mentían: poco después tenía ante él a Carmen Polo, su hija la Marquesa de Villaverde, el marido de esta, el Marqués de Villaverde, la hija de estos dos, María del Carmen Martínez-Bordiú, y el cuñado de la mujer de Franco, Ramón Serrano Suñer.

Aquel artista era un judío alemán que disfrutaba de la isla desde que había comprado una casa allí. Su nombre, Mati Klarwein. ¿Y cómo es que un pintor desconocido en España y en buena parte del mundo recibía tal atención de las altas, altísimas esferas del régimen? Pues resulta que el cuñado de Carmen Franco había descubierto la obra de Klarwein gracias a otro ilustre vecino de las Islas Baleares, Robert Graves, y se la había mostrado a la Marquesa de Villaverde. Esta, acompañada de tan curioso séquito, había acudido al pintor para pedirle que hiciera un retrato de su hija María del Carmen, quien entonces contaba 13 años. Klarwein realizó aquel retrato, sí, y algunos lo criticaron por dibujar a la nieta de un dictador, pero pocos repararon en un mensaje secreto que había dejado en la pintura: en la parte inferior, un girasol aparecía medio cubierto por una datura, representando al oprimido pueblo español.

El extraño encargo consiguió que el pintor, hasta entonces considerado un detractor de la moral católica, otro libertino foráneo que disfrutaba del sol mediterráneo con unas costumbres significativamente distintas a la sociedad de bien, tuviese de repente otra consideración entre la gente de la isla: a partir de ese momento empezaron a fiarle en las tiendas locales y a ofrecerle bebida gratis en los bares por los que se dejaba caer. Lo que más le llamó la atención es que también le permitían fumar más o menos abiertamente en los cafés el hachís que cultivaba mientras la Guardia Civil miraba para otro lado, salvo por una ocasión en que se le acercaron muy respetuosa y amistosamente pidiéndole por favor que dejara de hacerlo de forma tan evidente, a la vista de todo el mundo.

Si acaso, podemos encontrar también en aquel retrato que hizo de aquella niña la explicación por la que alguna de sus portadas, que mostraban desnudos femeninos, no fuesen censuradas en la España de Franco en la que toda actividad artística estaba bajo su férreo control, sino que fueron publicadas sin ninguna alteración, con lo que se podría pensar que este autor fue el único que tuvo una cierta bula por parte del régimen. Es el caso de Abraxas de Santana, New Generation de The Chambers Brothers, Miss Lady de Buddy Miles o Live Evil de Miles Davis. Son cuatro de las más reconocidas y reconocibles portadas que llevaron su arte.

De todos los artistas que, desde hace décadas, vienen eligiendo la isla de Mallorca para establecerse o vivir largas temporadas, Mati Klarwein probablemente sea el menos identificable por su nombre y en relación a su obra. No hay más que recordar que el municipio que escogió como su morada, Deià, fue también el hogar del Archiduque Luis Salvador de Austria, del compositor Manuel de Falla, de los pintores Santiago Rusiñol, Ulrich Leman y Sebastià Junyer y de los poetas Robert Graves y Laura Riding. Klarwein también residió en el municipio hasta su muerte en 2002, pasando prácticamente desapercibido. Se recuerda mejor su obra que su nombre y, de hecho, él mismo se definía como “el más célebre pintor desconocido del mundo”.

Klarwein había nacido en Hamburgo, hijo de una alemana rubia y católica y un judío, en una época (el auge del nazismo) en la que mezclas como las suyas no eran precisamente apreciadas, sino todo lo contrario. Su padre, polaco de origen español, había estudiado arquitectura con Walter Gropius en la Bauhaus, y su madre era una prestigiosa cantante lírica. El primer recuerdo que se le quedó grabado fue su llegada al puerto de Haifa en Palestina, bajo un pesado sol, cuando tenía dos años y medio, para reunirse con su padre, que había escapado de Hitler para ejercer la arquitectura en aquel país.

Vivió en Palestina e Israel huyendo de los nazis. Estudió en la escuela de arte de Jerusalén, The Bezabel, en la que Paul Klee era el principal referente. Cuando estalló la guerra entre judíos y árabes, se mudó con su madre a París, donde se matriculó en la Escuela de Bellas Artes. Una bailarina de flamenco lo convenció para que abandonase sus estudios y entró en el taller de Fernand Léger, al tiempo que descubría las cavas de Saint-Germain, el bebop y la dolce vita de Saint-Tropez. En esos días trató a Boris Vian, André Malraux o Salvador Dalí, del que decía que “es mi padre espiritual y algunos incluso piensan que soy su hijo ilegítimo”.

Recorrió Europa Central y del Sur, África, Asia e Hispanoamérica para acabar pasando buena parte de los años 60 en Nueva York. Allí se relacionó con Jimi Hendrix, Andy Warhol, Jerry Garcia o Timothy Leary, absorbiendo el último elemento que le faltaba a su obra para convertirse en algo destacable: la cultura pop en la que florecían y se desarrollaban jubilosamente los nuevos artistas. Es entonces cuando cambia su nombre por el de Abdul (‘sirviente’ en árabe), ya que creía que para entenderse mejor en el conflicto entre Israel y Palestina cada judío debería adoptar un nombre árabe y cada palestino uno hebreo.

Durante uno de sus viajes, a finales de los 50, descubre en las Islas Baleares las piedras secas, las montañas áridas, la tierra roja y los olivos de su infancia. En la isla se instala definitivamente a partir de 1984, en una casa diseñada por su padre sobre la playa de La Cala. Más adelante la vendería para costearse una vuelta al mundo, alojándose a su regreso en distintas viviendas de alquiler de la zona. Allí siguió trabajando hasta su fallecimiento, pintando cuadros influidos por el surrealismo, la contracultura de los 60, la psicodelia, el movimiento hippy y la cultura pop.

Fue principalmente en los 60 cuando pintó los cuadros que lo dieron a conocer en todo el mundo, y en los que se combinan elementos de diferentes culturas, continentes, razas y religiones: La anunciación (1962), La Natividad (1962), Eva (1963), el políptico de San Juan (1963) o El árbol de la vida (también conocido como Crucifixión (1963-1965). La polémica acompañó desde el principio a este último, un árbol erótico con amantes de todas las razas, hasta el punto de que un hombre con un hacha intentó romperlo en una exposición porque se lo había pedido personalmente Dios.

Además de sus más de 600 pinturas, Klarwein llegó a poner su firma en 52 discos de artistas como los ya citados o, también, Luther Johnson with Muddy Waters Blues Band (Come on Home, 1969), Miles Davis (Bitches Brew, 1970), Howard Wales & Jerry Garcia (Hooteroll, 1971), Reuben Wilson (Blue Mode, 1970), The Last Poets (This Is Madness, 1971), Earth, Wind & Fire (Last Days and Time, 1972), Osibisa (Heads, 1972), Greg Allman (Laid Back, 1973), Herbie Hancock (Setant, 1973), Jimi Hendrix (…And a Happy New Year, 1974), Joe Beck (Beck, 1975), John Hassell (Dream Theory in Malaya, 1981), George Duke (Rendez-vous, 1984), Black Arc (Black-Rock-Cyberfunk-Future Blues, 1994), Buddy Miles Express (Hell & Back, 1994) Jam & Spoon (Kaleidoscope, 1997), The Money Suzuki (Alive & Amplified, 2004)… Esa obra ‘musical’ se puede contemplar en un libro editado en su día en España titulado Mati Klarwein y la música. Recordemos ahora su obra más conocida y, a continuación, su portada más celebrada.

New Generation

La obra más conocida y el culmen del trabajo de Klarwein es el Santuario Aleph, su Capilla Sixtina, formado por varias obras independientes y cuyo techo era Grain of Sand. Esta pintura acabaría siendo la portada de New Generation de The Chamber Brothers a principios de 1971, con una única modificación: eliminar alguno de los personajes que aparecían en ella para situar en su lugar a los componentes del quinteto. Se trata de un cuadro circular, de dos metros de diámetro, en el que coexisten una pléyade de personajes como mujeres desnudas, músicos, celebridades e incluso algunos extraterrestres, en distintos decorados y paisajes: templos hindúes, edificios de Miami, plazas de toros o mares fosforescentes, todos encajados minuciosamente. En el centro de este prodigioso fresco se abre otro que repite exactamente el primero, pero en miniatura y de manera invertida, de tal suerte que, al perderse el infinito y su reflejo en este doble laberinto, uno cree contemplar el Aleph que imaginó Borges, conforme al principio según el cual un grano de arena puede representar el desierto, un punto del mundo en el que converge el mundo entero.

Antes de la portada de Sgt. Pepper’s de The Beatles, esta obra ofrecía ya un bestiario y una mitología de una época que fue la primera en pretender ser verdaderamente universal. “Durante mucho tiempo había querido hacer una pintura que se pudiese colgar en una pared en cualquier posición, un universo rotante sin parte superior o inferior”, reconoció en su momento su autor. “La proyecté como una especie de película pintada, con elementos de comedia y musical, protagonizada por un elenco sánscrito oscilante con Marilyn Monroe, Anita Ekberg, Ray Charles, Pablo Picasso, Brigitte Bardot, Roland Kirk, Cannonball Adderly, Ahmed Abdul Malik, Wonder Woman, la niña huérfana de Delacroix en el cementerio, la saga de los toreros de mierda de El Litri, Sócrates, Dalí, Rama, Vishnu, Ganesh y una vía láctea de playmates. Era 1962 y yo estaba rendidamente enamorado de Marilyn.

Toda la imaginería de Grano de arena fue extraída o copiada, con pequeñas alteraciones, de recortes de revistas, a excepción de la radio Philips de la época de mi padre. Fui añadiendo y acumulando las imágenes según un orden aleatorio. Y, cuando la esfera de dos metros de diámetro se llenó del todo, me enfrenté con el problema capital de qué pintar en el centro de mi universo recién nacido. ¿El cielo? Por supuesto que no. ¿Mi firma? Yo no soy Dalí. ¿El sol? No era lo suficientemente apasionado. ¿Un anuncio de queso Camembert? Demasiado flagrante desde el punto de vista cósmico. ¿Qué tal un mandala? ¡Por favor! ¡Demasiado vulgar para ser explicado con palabras! Nadie me podía ayudar”.

Fue su amigo y gurú Jimmy Metcalf, escultor y ‘filósofo de lo ambiguo’, quien le dio la respuesta tras haberle planteado el problema: “Tienes que pintar lo mismo, por supuesto”. Era, estaba claro, el universo en un grano de arena como recogía el poema de William Blake “Augurios de la inocencia” que le dio título a la obra a partir de uno de sus versos: “Ver un mundo en un grano de arena / Y un cielo en una flor silvestre / Toma la infinitud en la palma de tu mano / Y la eternidad en una hora”.

Asumido el reto, Klarwein tomó una fotografía de lo que había hecho hasta entonces, la amplió hasta que tuviese las dimensiones requeridas, replicó en el medio lo ya hecho y obtuvo un segundo círculo interno del tamaño de su puño, reproduciendo el círculo exterior. Quedaba aún un tercer círculo más pequeño en el centro de todo por rellenar. En lugar de preguntarle de nuevo a su amigo y tener que volver a repetirlo todo, optó por escribir la palabra Dios en hebreo con sus cuatro letras en un laberinto central de colores. Tan complejo y sencillo como efectivo.

Abraxas

De todas las portadas con la firma de Klarwein, la más celebrada es, sin duda, la que ilustra la cubierta de Abraxas. Se trata de un cuadro pintado en el verano de 1962, en Mallorca, y que llamó Anunciación, influenciado, como en gran parte de su obra, por el primer Renacimiento y el kitsch oriental. “Tenía 28 años y estaba en la cima de mi bioenergía molecular”, aseguraría después. “Se puede sentir el repentino impacto eléctrico de la Gran Manzana en la obra tras muchos años criándome como un adolescente a base de huevos con patatas”. En él utilizó una técnica que consigue llamar poderosamente la atención al obtener un colorido vibrante y unos detalles extremadamente minuciosos, mezclando témpera de caseína con pintura al óleo, algo que ya habían empleado los maestros flamencos del siglo XVI para obtener un gran detalle en el trazo al evitar que los colores se difuminen.

Ocho años después, Carlos Santana estaba buscando alguna imagen que le sirviera para ilustrar la carátula de su segundo disco, y se encontró con la pintura de Klarwein en una revista mientras esperaba en la consulta del dentista. Inmediatamente supo que aquella era la imagen que necesitaba. Indagó sobre el paradero del estudio de Klarwein y fue a su encuentro, pero el pintor estaba entonces en Tánger con el gurú del LSD Timothy Leary. Santana firmó con sus representantes un contrato para utilizar la pintura en su disco, sin que él y Klarwein llegaran a conocerse en persona.

El cuadro de Klarwein pretendía representar la Anunciación de la Inmaculada Concepción. La idea, según explicó su autor, le vino al pensar en la naturaleza de Dios en varias religiones, ya que tanto en el budismo como en el cristianismo este había sido concebido inmaculadamente. Pero lo que llamó la atención de Santana fue algo distinto: la conga entre las piernas del ángel y los vibrantes colores de la composición. “Cuando lo vi descubrí que la música y el color eran alimento para el alma”, aseguró, sobre aquel instante iluminador. “Cuando me fijé en la pintura, me dije: “¡Esto es un gran festín! ¿Quién ha hecho esto? Se ajustaba como un guante a la mano y la música”.

En la pintura destaca su figura central, una mujer desnuda de color con una paloma mensajera entre las piernas, rodeada de imágenes relacionadas con la fertilidad. En el disco se le suprimió el vello púbico que sí estaba en el cuadro original. Para la Virgen desnuda el pintor había tomado como modelo a Jill, una joven de la Isla Guadalupe, en el Caribe, y que era entonces su novia y su musa. “En aquellos días yo tenía una pasión obsesiva por los cuerpos de mujer, que duró hasta bien entrada la treintena, para ser sustituida después por piedras y rocas. ¿Por dónde empiezo y dónde sigo con Jill? Siempre fue mi problema. Ella era un volcán de Guadalupe, exuberante y carnoso. El Monte Pelée en aquella Isla no entra en erupción muy a menudo pero, cuando lo hace, 40.000 personas fallecen arrastradas por su lava al Mar Caribe. Y todos ellos eran sus amantes”.

En su provocativa interpretación de la Anunciación, hay otra mujer desnuda, la que había captado el interés de Santana: el Arcángel carmesí San Gabriel desciende del cielo en forma de una joven alada y tatuada, con una conga entre las piernas. “Las percusiones siempre se utilizaban para anunciar algo. Son un medio de comunicación en África”, se justificó Klarwein. Aunque siempre se ha comentado que se trataba de una joven de Deià que había conocido mientras dibujaba, Klarwein situó su origen también en la misma isla caribeña, tal vez para preservar la intimidad de la mallorquina en una época en la que aquel tipo de trabajos no estaba bien visto. “En aquellos días una fotografía no valía: necesitaba la tensión erótica de una modelo viva en mi estudio. Se trataba de una campesina musculosa que, por pura coincidencia del ‘destino’ (mi diosa favorita), era también de Guadalupe. No, ella no era una bailarina, sino que había adquirido esos músculos acarreando verduras al mercado local”.

A la izquierda de la imagen de la pintura original, que en el disco aparecería en la contraportada de la carpeta desplegable, aparecen tres bailarinas nómadas de la tribu Wodaabe de Nigeria que representan a los Reyes Magos. Su autor había conocido a la tribu nigeriana en uno de sus viajes por África: “Al final de la temporada de lluvias, el pueblo Wodaabe de Níger celebra un ritual anual de siete días, juzgado exclusivamente por mujeres, en el que los hombres realizan una serie de encantamientos intentando destacar por su belleza. Durante la semana, las mujeres señalan a los hombres más deseables. Como parte del ritual, los hombres decoran sus caras para atraer a las espectadoras. Un hombre que puede mantener un ojo inmóvil mientras mueve el otro es considerado especialmente atractivo para sus juezas”.

Hay más detalles que no deben pasar desapercibidos. Debajo de los bailarines, el artista colocó un autorretrato suyo en el papel de José, tocado con un sombrero de paja. Además, en el borde inferior de la portada se observa una pequeña cala con varias cabañas de pescadores colgando del acantilado, que se abre en terrazas delimitadas por tapias de piedras secas y por las que discurre agua transparente que moja los guijarros de la playa. Esa era justo la vista desde la casa que Mati tenía en Deià, lugar al que llamaba “mi ombligo del mundo”, y al que aseguraba haber llegado en los 50 después de haber perdido un barco para Ibiza.


Santana aportó el título del disco, tomado de una frase del libro Demian de Herman Hesse: “Nos paramos ante ella y comenzamos a helarnos del esfuerzo. Cuestionamos la pintura, la reprendemos, le hacemos el amor, le rezamos. La llamamos madre, la llamamos puta y vulgar, la llamamos nuestra amada, la llamamos Abraxas”. El álbum, en el que se podía ver claramente a esas dos mujeres desnudas, fue publicado en España en 1970, pasando la censura franquista en una época en la que cualquier desnudo era tajantemente prohibido.

José Luis Gil, director de la discográfica CBS, compañía que editó el disco, tuvo que defender ante los servicios de censura su publicación, saliéndose finalmente con la suya. Así se lo explicaba al autor de estas líneas en una entrevista de 2008: “Hubo un amago de prohibición para que no se publicara el disco por la desnudez de las mujeres en la portada y la posición de la paloma. Pero lo rebatí argumentando los múltiples desnudos en la pintura clásica y que se trataba de una pintura, no una foto, de un destacado artista plástico afro-americano (sic)”.

El cuadro original fue vendido en un primer momento a un miembro de la familia real marroquí y después pasó a manos de un coleccionista privado barcelonés. Klarwein disfrutó de su popularidad desde el anonimato casi total: “Todo fue positivo. Ha conseguido tener tanta popularidad como el bigote de la Mona Lisa. Llegué a ver el disco colgado de la pared de la choza de un chamán en Níger, dentro de un camioneta de un rastafari que transportaba cannabis en Jamaica, en el suelo del salón de la mansión aristocrática Woburn Abbey del Duque de Bedford en Inglaterra, en los estudios en los que se rodaba Miami Vice o en el bar de una sala de masajes de Bangkok. ¡Estaba en una inmejorable compañía global!”.

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