JALEN NGONDA: Doctrine of Love

JALEN NGONDA: Doctrine of Love (Daptone)

A Jalen Ngonda le regalaron de adolescente un montón de singles de Stax y Motown. No es una mala manera de descubrir la música. Tampoco parece casual que, años después, haya construido su carrera alrededor de aquellas grabaciones, aunque Doctrine of Love parece querer dejar claro que no se trata simplemente de disfrazarse de cantante de los sesenta. Ngonda nació en Maryland, cera de Washington DC, estudió en Liverpool Institute for the Performing Arts -el mismo edificio que albergó la escuela a la que John Lennon y Paul McCartney no llegaron a entrar y que ahora dirige el segundo-, acabó instalado en Londres y ha hecho de esa fascinación una forma de escribir canciones en el presente.

Este segundo disco tiene año de referencia reconocido: Ngonda ha dicho que tomó 1968 como punto de partida estético, el momento en que Motown y Stax compartían territorio y The Delfonics llevaban canciones de Bacharach y David a territorios donde el pop y el soul no sabían dónde acababa uno y empezaba el otro. Su primer álbum, Come Around and Love Me, miraba a principios de los setenta, a Marvin Gaye y Curtis Mayfield, con generosos arreglos orquestales. Este retrocede un par de años y suena más ceñido a ese momento, más áspero, con los metales entrando donde se les necesita y los coros góspel subiendo cuando la canción lo pide.

La chispa del proyecto surgió en un momento de fuga: Ngonda quería salir del estudio, puso a James Brown a todo volumen y acabó escribiendo la explosiva canción que da título al disco. Esa energía de no poder quedarse quieto se nota en los dos primeros compases, añadiéndole la idea que vertebra el disco: el amor entendido como compasión activa, la medida última del valor humano. No es un concepto especialmente original, pero Ngonda lo canta como si acabara de descubrirlo, y eso es más que suficiente.

“Anyone in Love” abre el álbum con su explosiva voz tras un breve prólogo musical, un arranque que deja delimitado su territorio. “Mr. Train Conductor” tiene las armonías más trabajadas, con las voces cabalgando un ritmo cercano al rhythm and blues de Nueva Orleans, mientras que “Love Is Gone”, con ese falsete que Ngonda maneja con una insultante facilidad y su delicado aire a lo Bacharach, demuestra que también sabe y puede contenerse. Diez canciones, treinta minutos. No hay relleno ni pausa para el lucimiento innecesario, aunque al dominar tan bien ese lenguaje también es cierto que queda poco espacio para la sorpresa. Por ahora mira mucho hacia atrás, sí, pero ya va atisbando qué merece llevarse consigo.

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