CAMPUS GALICIA ARTICULO ACUARELA

ENTREVISTAS 2000

Jesús Llorente, pintor de acuarelas

Acuarela es uno de los sellos independientes más interesantes de nuestro Estado. Ahora se cumplen su quinto aniversario, tiempo que han empleado en descubrirnos a Sr. Chinarro, forjar un catálogo internacional exquisito y colocar a Astrud en una multinacional. Jesús Llorente, máximo responsable, hace balance semanas antes de lanzar el disco más hermoso en su lustro de existencia, el de los asturianos Mus.

– ¿No es un poco esquizofrénico hacer de periodista y tener tu propio sello?

– La verdad es que, conforme el sello se va haciendo más grande y más próspero, compaginar ambas cosas se ha convertido en algo que requiere un gran esfuerzo. Puedo decirte que aunque he escrito montones de artículos, entrevistado a cientos de grupos y criticado muchísimos discos, me cuesta una enormidad hacer la hoja informativa de cada disco o banda que publica Acuarela. De todas maneras es verdad que mis gustos como crítico se reflejan en la música que edito.

– ¿Cuántos casos conoces de gente que haya trabajado en los dos frentes y lo haya hecho con dignidad?

– Ahora mismo no caigo. En Inglaterra hay periodistas que, al tener maquetas de primera mano muy interesantes, se han lanzado a editarlas movidos por el impulso de aparecer ante los demás como los descubridores de algo nuevo y excitante. Fue el caso, por ejemplo, del primer single de Elastica. Por lo demás, no conozco muchos casos de una trayectoria larga compaginando ambas actividades.

– ¿Alguno de los grupos con los que cuentas en tu sello los conociste en tu labor de crítico?

– Sí, Sr. Chinarro. Salían en un recopilatorio publicado por el sello sevillano El Colectivo Karma (ahora Green Ufo´s) y también conocíamos sus primeras maquetas. Sr. Chinarro fueron la razón original de montar el sello.

– ¿Cómo ha cambiado la escena independiente en los cinco años que llevas editando discos?

– Pienso sinceramente que ya no hay escena. La hubo, entre el 92 y el 94, y tenía cierta ingenuidad, cierta energía que ahora recuerdo con cariño. Pero desde luego ahora hay mejores grupos, mucho menos miméticos que antes, más maduros, no importa que estilo practiquen. No es que la música independiente en España sea un jardín de rosas. El verdadero talento -Manta Ray, Los Planetas…- no es un rasgo común. Todo lo que hay entre Sunflowers / Dover / Neurotics y Los Fresones Rebeldes / TCR / Meteosat vive una efervescencia que dará sus mejores frutos de aquí a dentro de dos años.

– ¿Y la de la prensa musical con la desaparición de "Spiral" y la aparición de "Mondo sonoro" -gratuito- o "El País de las Tentaciones" -acompañando a un periódico de gran tirada y de gran influencia, por lo tanto-?

– La verdad es que a pesar de la aparición de los medios que citas, la Biblia del movimiento independiente sigue siendo ‘Rockdelux’. ‘Mondo Sonoro’, y también revistas como ‘aB’, mejoran a pasos agigantados, pero no tienen una personalidad muy definida. Y ‘Tentaciones’ es un poco un cajón de sastre en el que cabe desde lo más moderno a lo más cutre, pensando que la expresión inglesa "It´s so shite it´s good" –“es tan malo que tiene que ser bueno”- es una buena premisa para ciertas cosas. Muchos de sus artículos son muy interesantes. A veces la gente se olvida de que la moda es lo primero que se pasa de moda. De todas maneras, leo todas las revistas que encuentro. En general me entretienen, pero de algo estoy seguro: a ninguna de ellas le interesa convertirse en abanderada de ningún movimiento, tal y como quiso hacer –fracasando- ‘Spiral’ hace unos años.

– ¿Qué grupo has intentado fichar y no has podido y qué grupo de los que no has intentado te gustaría tener en Acuarela?

– No me considero un cazatalentos, así que no estoy obsesionado con los fichajes. Me hubiera gustado fichar a Manta Ray o a Peanut Pie. Me encantaría tener en el sello a Los Planetas y a Le Mans.

– ¿Te guías por el gusto personal a la hora de un fichaje o hay otros condicionantes?

– Exclusivamente mi gusto personal, pero siempre hay que tener a unos Migala con cierto éxito para poder arriesgarse con Jr o Diariu, o lanzar un disco con temas inéditos de Hefner para financiar la grabación de Emak Bakia. Tener un sello, llevarlo decentemente, se basa en el equilibrio de viabilidad y riesgo.

– ¿Quién debe más a quién: Acuarela a Sr. Chinarro o viceversa?

– Sin Sr. Chinarro no existiría Acuarela, pero al mismo tiempo sin Acuarela Sr. Chinarro sería algo bien distinto, no digo que mejor ni peor, sino simplemente distinto. Nuestra relación es de amor y odio, como uno de esos matrimonios que se conocen demasiado bien, hacen el amor todos los sábados, y se echan espantosas broncas en privado.

– Desde fuera, da la impresión de que trabajar con Antonio Luque es difícil, pero ¿es así realmente?

– Solo a veces la situación llega a ser insostenible. Es la única persona que conozco que se acerca a la categoría de genio. Sus conversaciones, sus ocurrencias, sus letras, su capacidad para componer, incluso sus chistes tienen una carga de profundidad y al mismo tiempo de cachondeo, que no se capta con una mirada superficial sobre su obra. En general es un tipo muy desengañado con el mundo de la industria musical, de los críticos, de las discográficas, y puede ser tremendamente arisco y cruel, pero nuestra relación nunca ha corrido peligro.

– Vuestro catálogo internacional es impecable -Hefner, Will Oldham, Songs: Ohia, Dominique A-. ¿No te queda mal sabor de boca al saber que no llegará a tanta gente como quisieras?

– Precisamente esos discos se venden mucho más en Europa o Estados Unidos que en España. Es nuestra forma de que Acuarela sea un sello de culto en muchos países. Recuerdo que hace unos años publicamos el primer single de Bis y aquí se vendieron 20 copias. Ahora salen en toda la prensa musical y los conoce todo el mundo.

– ¿Qué aporta la nueva colaboración con Chewaka y Virgin para la edición del primer disco de Astrud?

– Astrud son, oficialmente, un grupo de Chewaka. Acuarela se convierte en "productora ejecutiva" de sus discos, y además publicaremos el formato vinilo, percibimos un royalty, etc… Lo que tengo claro es que a pesar de la fama de "arty" y de "tristones" que tenemos en Acuarela, hemos descubierto a gente como Astrud o Bis, que son extremadamente comerciales, pop en estado puro.

– ¿Y qué confianza hay en el primer disco de Mus?

– Total. Tenemos la impresión de que va a ser uno de los mejores discos del 99. Mezcla con tanto buen gusto la música electrónica, las bandas sonoras y las melodías con sabor brasileño o francés que los resultados son estremecedores. Se llama "Fai".

– Tengo entendido que tienes publicado un libro de poemas. ¿Cómo se titula y dónde se puede conseguir?

– Hace un año se publicó "Luna Hiena" (Vitruvio, 98) y está a punto de salir "Verano Muerto" (Renacimiento, 99). El primero está agotado y el segundo se podrá conseguir en librerías especializadas.

– Y de tu faceta como promotor de conciertos, ¿qué has aprendido?

– Que es algo que necesita plena dedicación y que no pienso prodigarme mucho. He traído a España a Moonshake, Pram, Red House Painters, Will Oldham, Smog, The Magnetic Fields, Songs: Ohia o Lois, y es algo agotador. El poco dinero que se gana no compensa las horas, las tensiones, las discusiones, los contratiempos, y las decepciones. Yo soy un poco desastre en la organización, pero la mayoría de los grupos se han ido muy contentos a sus respectivos países.

– ¿Cuáles son los grandes lanzamientos para este año y cuáles son los fichajes recientes?

– El fichaje más reciente ha sido el grupo cordobés Flow, conocidos porque publicaron 3 discos en Elefant hace unos años. Ahora cantan en castellano y son mucho más pop, algo entre Los Planetas y La Buena Vida. Nuestros próximos lanzamientos son el álbum de Mus, un disco nuevo (seguramente un mini-lp) de Sr. Chinarro titulado "La pena máxima", un recopilatorio veraniego con muchos temas inéditos y un EP de los norteamericanos Drunk.

– Por último, ¿se han cumplido ya las expectativas que tenías cuando empezaste con el sello?

– Por ahora sí, pero cada vez me obsesiona más el trabajo y estudio nuevas fórmulas para mejorar el sello, hacer que cada jornada sea más sosegada y creativa. Por ahora vivimos (somos ya 3 personas trabajando en él) un ritmo muy frenético. Y sí, desde hace dos años, vivo del "indie", después de otros tres continuamente amenazado por las deudas, las quiebras y las depresiones.

Xavier Valiño

CAMPUS GALICIA ARTICULO BOB DYLAN

ARTÍCULOS 2001

Bob Dylan, aquel familiar excéntrico

Una buena parte de la población de este planeta sienta la cabeza cuando se van haciendo mayores, mientras que otros, una minoría, se vuelven más rebeldes. Estos últimos, sospechamos, son los que se divierten más, aún a costa de renunciar a una vida sin sobresaltos.

No es ninguna sorpresa descubrir que, con los años, el genio tan particular que es Bob Dylan, se haya convertido en uno de estos, aunque durante una época parecía que podía ir en cualquier dirección. Después de ser un icono musical durante gran parte de los 60 y 70, y de conservar su reputación en los 80, a pesar de que su producción discográfica no estaba a la altura de su leyenda, daba la impresión de que el viejo Robert Zimmerman había desaparecido durante la mayor parte de la década de los 90.

Sus discos en directo y sus colecciones de canciones folk tradicionales de esos años, que le reportaron diversos premios y el mantenimiento de su reputación crítica, no tuvieron una repercusión digna, ni tampoco consiguieron el impacto que se les podría suponer.

Al igual que le sucede a alguna otra gente en su mediana edad, tuvo que ser una fugaz visión de la muerte lo que hizo que Bob Dylan recobrara el entusiasmo por la vida. Tras una muy seria enfermedad del corazón en 1997, nos reencontramos con un Dylan rejuvenecido que se abrazó a la vida en la carretera, de forma más o menos permanente, en la gira titulada muy apropiadamente Neverending Tour –La gira interminable-.

Primero llegó Time Out Of Mind, en el 97, su disco más logrado desde Oh Mercy en el 89, ambos con la producción pantanosa de Daniel Lanois. El segundo aviso vino con “Things Have Changed”, la canción de ritmo optimista que le supuso un Oscar, al tiempo que devolvió una cierta credibilidad a esta categoría dentro de las estatuillas de Hollywood, al escoger la mejor canción de entre las nominadas en muchos años. Ya en su título, “Las cosas han cambiado” –el reverso de su declaración de los 60 “The Times They Are A-Changin’” (“Los tiempos están cambiando”)-, adelantaba que nos encontrábamos ante un Dylan distinto. ¡Y vaya si lo era!

Ese cambio no había sido nunca tan evidente como en Love And Theft, su disco número 43 en casi el mismo número de años. “Me siento como un gallo de pelea, me siento mejor de lo que nunca me he sentido,” proclama con chulería, y no habla por hablar. Por fin, en las doce canciones de Love And Theft, el Dylan de 60 años destripa la esencia de su música, consiguiendo el que es, probablemente, su disco más festivo y disfrutable hasta la fecha.

Gran parte de su atractivo se deriva del hecho de que Dylan, ahora sí, ha dejado de intentarlo arduamente. Ahora que ya es lo suficientemente mayor como para solicitar los descuentos de la tercera edad, parece haberse decidido por dejar de preocuparse por impresionar a sus seguidores y, simplemente, hace lo que le sale de las narices. Y lo que le gusta estos días es bajarse de su pedestal y tocar con su banda de directo, con la que lleva ya unos 700 conciertos, algo que se vuelve evidente en su perfecta conjunción.

Estas canciones, que parece ser fueron grabadas en menos de dos semanas con una producción casi inexistente del propio Dylan bajo el seudónimo de Jack Frost, muestran un ambiente relajado, de directo, de músicos totalmente libres y sueltos. Eso, sin mencionar su vertiente histórica: del rockabilly a las baladas del tin pan alley, del country al swing, del ragtime al blues de Chicago, sus doce cortes se convierten en un viaje histórico por las raíces de la música americana del siglo XX.

Además, parece como si Dylan se hubiera propuesto convertirse en un cómico de los que recitan sus monólogos ante una audiencia atenta, aunque en su caso sean cantados. Su nueva imagen lo muestra con una perilla y un bigote que incitan a la sonrisa, mientras que su entonación parece más la de un imitador que la del propio Dylan. Ahí tenemos al tío excéntrico habitual en todas las reuniones familiares, el que cuenta historias extrañas y chistes malos, el que da consejos ridículos pero que se lo pasa en grande.

¿A qué vienen, a estas alturas, estas salidas de tono? Tal vez “Sugar Baby”, el último corte, tenga la respuesta: “Cada momento de la existencia parece una mala faena.” Así que, para decirlo de otra manera, la vida es simplemente una gran broma de Dios. Por lo tanto, lo mejor que se puede hacer es echarse unas risas, porque sino se acabará desquiciado.

Y no es que Dylan haya perdido su visión habitual: “Tweedle Dee & Tweedle Dum”, que parece una alegoría sobre las elecciones en su país, “High Water” o “Floater” demuestran que su don para el comentario social sigue tan vivo como siempre. Aunque, para nosotros, son algunos de los versos de “Mississippi” los que resumen este disco: “Quédate conmigo. Las cosas empiezan a ponerse interesantes justo ahora mismo.” Lo bueno, parece ser, no ha hecho más que empezar.

Xavier Valiño

CAMPUS GALICIA ARTICULO FESTIVAL BENICASSIM 2000

ARTÍCULOS 2000

FIB: Camino sin retorno

Primal Scream en Benicassim 2000

Curioso, curioso. En un Estado en el que todos huyen de la cultura minoritaria como la peste, el festival veraniego que triunfa es el de Benicassim, consagrado a la música independiente y más al margen de los medios masivos. Y no hay excusas que valgan: a estas alturas el Festival Internacional de Benicassim tiene un público fiel que pasea la especialización como su estandarte y el elemento que le hace existir por imperiosa necesidad.

Edición del 2000: 24.000 espectadores, 700 periodistas, televisión en directo, 150 millones de oyentes a través de las ondas, 500 millones de presupuesto… Cantidades para marear, pero no para perder el Norte. A pesar de haber crecido cuantitativamente en los años anteriores –no en éste, ojo, el techo ya está marcado-, la filosofía original permanece inalterable. Y el resultado se traduce en un balance artístico satisfactorio y en una organización casi impecable: quedan en el debe los cortes a Primal Scream, Elastica, Johnny Marr’s Healers o Los Fresones Rebeldes.

Cartel. Contar con Oasis en el plantel de artistas significa una seguridad que permite dedicarse a grupos aún más minoritarios. Así que de menos calidad en la programación, nada. Más bien todo lo contrario: posibilidades así no se pueden tener todos los días, por lo que la mayoría intentan convencer a una audiencia respetuosa, pero crítica, de sus propuestas. Arriesgadas unas, desconocidas otras, creativas todas, y con un amplio margen por delante, del que Benicassim se convierte en punto de partida a ese sendero que ya no tiene vuelta atrás.

Oasis. Sólo uno de los hermanos Gallagher, Liam, se dignó en pisar el escenario. Noel ya no es más que el mito a imitar. Lo hace su guitarrista de reemplazo, como un clon -y lo hace también Johnny Marr al frente de su nueva banda, demostrando como el maestro ha pasado a imitar al alumno-. Lo que ahora representan los de Manchester, cuando Liam decide concluir un concierto, es un gigantesco karaoke, poniendo en evidencia que los Oasis del 2000 poco tienen que ver con la banda que hace cuatro años conquistó el mundo. Eso sí, los sustitutos se ganan el sueldo con su perfecta clonación, y cuando Liam canta “Rock’n’Roll Star” el mundo le da la razón: ha conseguido su sueño, con la arrogancia y la chulería como elementos indisolubles a tal condición.

Primal Scream. Si los Rolling Stones sonaran como deberían en este cambio de milenio, se llamarían Primal Scream. La mejor banda rock del mundo, ni más, ni menos. Tienen la actitud punk, los riffs del Keith Richards más bastardo, la química del verano del amor, la imagen de Joe Strummer y la fuerza de una locomotora desbocada. Suenan peligrosos, sucios, vanguardistas, clásicos, primitivos, agresivos, eléctricos… Incitan a la rebelión y consiguen la unanimidad en la acción y en el baile. Bobby Gillespie es la instantánea de Benicassim 2000, al menos la que nos gustaría recordar.

Richard Ashcroft sin The Verve. El nerviosismo dio paso a una confirmación. Sin su anterior grupo, Richard Ashcroft pierde fuelle: sus acompañantes no dejan de ser meros mercenarios. Pero jugó con las cartas marcadas: ennegreció su inmaculado sonido con coros soul y gospel y, al final, consiguió que su reblandecido sonido diera el pego. Triunfo por insistencia y convencimiento.

Escenario Maravillas. En un escenario tan grande, consagrado en su mayoría a las propuestas más rock, casi todos brillaron por debajo de las expectativas. Sólo merecen una mención Six By Seven –penúltima regeneración del rock británico-, Autor de Lucie –delicadeza entre tanta pretenciosidad- y la excelente voz de la cantante de Morcheeba, un grupo demasiado dirigido a las audiencias mayoritarias.

Grupos estatales. Los Planetas arribaron con una actuación anterior olvidable y, en el 2000, casi consiguen hacerlo inolvidable. Aún habrá tiempo para superarse, porque el Festival es suyo. Sexy Sadie tienen ya bastantes clásicos coreables y Astrud reconvirtieron la ironía y la sencillez en su mérito –“gracias por venir a vernos a nosotros y no a Onasis; al menos nosotros hemos venido los dos”-.

Escenario “Viaje a los sueños polares”-“Urbe.es”. Con la única pretensión de disfrutar, agradar y convencer, la mayoría de sus inquilinos ocasionales fueron los grandes triunfadores: Saint Etienne y su pop lujoso y lujurioso, Pizzicato Five al borde del delirio bailable y Gonzales como el trío más canalla e incorrecto de los tres días. No estuvieron solos: Mojave 3, Baxendale, Pop Tarts, Le Hammond Inferno –y la consigna “Move Your MP3s”, guiño al subconsciente colectivo en tiempos de piratería masiva en red-…

Dos momentos para el recuerdo. Richard Ashcroft y sus diez minutos en acústico y eléctrico de un “Bitter Sweet Symphony” glorioso, y Moloko, con veinte minutos de un “Sing It Back” en acústico, eléctrico y versión dance que aún seguiremos bailando por mucho tiempo.

Xavier Valiño

CAMPUS GALICIA ARTICULO BOSSA NOVA

ARTÍCULOS 2001

Bossa nova

La música popular

Astrud Gilberto y Antonio Carlos Jobim

Hace ahora poco más de 30 años se publicó Tropicalia, el punto de partida para la completa transformación de la música brasileña y su conquista del mundo. Palabras que antes eran sólo brasileñas ahora forman parte del vocabulario internacional: samba, bossa nova, lambada… La música brasileira es la Música del Mundo por excelencia, reconocida e influyente en todos los países, tal vez porque hunde sus raíces en etnias africanas, europeas e indias, con una infinita variedad de melodías y ritmos regionales.

Hay una canción que, al igual un buen puñado más, resume a la perfección cómo la música brasileña ha conseguido hace ya mucho tiempo traspasar sus fronteras y permanecer a la vez fiel a sus raíces. Se trata de "Aquarela do Brasil", de Ary Barroso, la auténtica marca registrada del país en el ámbito mundial. En los años 40, traducida convenientemente al inglés, sirvió como presentación de Carmen Miranda en una de sus primeras películas en Hollywood, antes de su conquista definitiva, y en los 80 le dio la idea para la película Brazil a su director Terry Gilliam, además de servir de punto de partida para su banda sonora.

Todos la conocen como Música Popular Brasileira, habitualmente reducida a las siglas MPB, una música estrechamente relacionada con los ritmos africanos, los sones cubanos y el jazz norteamericano. Pero es la variedad de estilos de las diferentes regiones lo que hace posible la existencia de una cantidad infinita de artistas y sonidos.

Rio de Janeiro tenía ya en el siglo XIX el choro y en el siguiente surgió el samba desde las favelas. Más tarde llegó la bossa nova desde los barrios de las clases medias que tenían vistas a las playas de Ipanema, Leblón o Copacabana.

El diez de julio de 1958, en uno de los estudios de la ciudad, se grabó un disco de 78 revoluciones por minuto con el tema “Chega de saudade”, de Antonio Carlos Jobim y Vinicius de Moraes. En el reverso del mismo se registró el tema “Bim Bom”. Ése fue el punto de partida de la gran contribución de Rio a la música internacional: la bossa nova, que comenzó en los apartamentos de los elegantes barrios de Ipanema para acabar paseándose por los clubes nocturnos de Copacabana.

La bossa nova fue el primer estilo de música popular inventado a partir de la colaboración de dos hombres: Joao Gilberto y Antonio Carlos Jobim, un músico de conservatorio que se dedicaba a recorrer noche tras noche los bares de su ciudad. Durante un par de gloriosos años Jobim, Gilberto y un pequeño grupo de músicos -Chico Buarque, Luiz Bonfá, Carlos Lyra, Baden Powell y, sobre todo, Vinicius de Moraes-, se dedicaron afanosamente a construir su sonido intimista, llegando a poner en duda la preponderancia del samba en Rio. En 1959 su éxito traspasó fronteras con la versión que Astrud Gilberto hizo de "A Garota de Ipanema".

Lo que trajo la bossa nova de novedoso fueron cuatro factores preponderantes, además de la interpretación más coloquial: melodía, armonía, poesía y ritmo. Después, la principal razón de su éxito tuvo que ver con el interés de músicos de jazz norteamericanos como Stan Getz, Charlie Byrd, Duke Ellington o Ella Fitzgerald que la exportaron al mundo ayudados por la influencia de su mercado.

La exportación también trajo consigo el mayor problema de la bossa nova: su simplificación, las producciones orquestales y la banalización de sus estructuras y de sus arreglos hasta convertirla en el fondo ideal para el hilo musical. Jobim llegó a confesar sentirse perseguido por las infinitas versiones de "A Garota de Ipanema", la mayoría de las cuales se dedicaron a eliminar todos los elementos que tenía la bossa en su forma original.

Aunque, debajo de todas estas razones comerciales, lo que había era una auténtica sed de música urbana sofisticada entre las clases más pudientes de Rio, que encontraron en los ritmos lentos e innovadores de Jobim su auténtico reflejo. El nexo de unión con la siguiente generación fue Edu Lobo, al mezclar las estructuras de la bossa nova con ritmos más africanos o nordestinos. En los 60, durante el período de la dictadura, de las guerrillas urbanas y del deseo de cambiar el sistema político, surgieron los tropicalistas -Caetano Veloso, Gilberto Gil, Gal Costa, Maria Bethania…-, mezclando música internacional como la batida latina o el rock con los ritmos nacionales, acelerándolos y tratando las letras con más atención.

Lo que se recoge en la colección de cuatro compactos titulada 40 años de bossa nova, recientemente editada por el sello Discmedi, son precisamente las canciones de aquellos primeros tiempos, y muchas de ellas no en su versión más predecible, con lo que gana en interés al recuperar grabaciones oscuras que sólo ven la luz ahora, después de un amplio y concienzudo trabajo de búsqueda en el fondo de catálogo de distintos sellos.

Por si fuera poco, o alguien no saciase su sed de clásicos brasileños, se editan también dos cajas con cuatro discos cada una en las que se recogen las históricas grabaciones de Vinicius de Moraes con Toquinho, así como las primeras producciones de Chico Buarque de Hollanda. Absolutamente imprescindibles para comprender la evolución de la música del siglo XX.

Xavier Valiño

CAMPUS GALICIA ARTICULO TOM WAITS

ARTÍCULOS 2002

Tom Waits, cabaret lunático

Alice. Blood Money (Anti/Epitaph-Mastertrax)

Hace tiempo que Tom Waits ha trascendido cualquier capacidad de juzgar objetivamente su trabajo utilizando los parámetros de crítica al uso, por lo que no es posible compararlo y contrastarlo con el de otros artistas. Su producción es tan singular que sólo se puede analizar teniendo como referencia sus propios logros anteriores. Con la edición simultánea de Alice y Blood Money, Tom Waits se vuelve a poner exclusivamente en relación a sí mismo sin el más mínimo esfuerzo.

Ambos discos tienen la misma importancia y, al mismo tiempo, son mitades de una única entidad. Aunque casi diez años separan la composición de cada uno de ellos, el material de ambos es territorio familiar en el trabajo de Tom Waits posterior a Bone Machine: un buen montón de instrumentación étnica y añeja, para canciones que intentan armonizar con la atmósfera que crean.

Alice es la ópera vanguardista que hace una década Waits y su colaboradora -y mujer- Kathleen Brennan escribieron para el director Robert Wilson, obra que se representó durante 18 meses en un teatro de Hamburgo. Blood Money está compuesto por las canciones que, de nuevo en pareja, ambos escribieron para la representación en Dinamarca hace dos años de la obra de Georg Bucher Woyzek, con el montaje, otra vez, de Robert Wilson.

Tom Waits siempre se ha encontrado muy cómodo en las áreas oscuras de la mente humana, y estos dos discos encajan perfectamente en el patrón. Alice está basado en las supuestas obsesiones de Lewis Carroll con la niña que le inspiró su Alicia en el país de las maravillas, mientras que Blood Money parte de una historia de 1837 en la que un soldado alemán que ha vivido varios conflictos bélicos se presta a sucesivos experimentos médicos a cambio de dinero, experimentos que lo conducen a matar a su novia y a suicidarse después.

Como profundo estudioso de las obsesiones ocultas de la raza humana y como abogado musical de los perdedores, Waits es la persona perfecta para dar voz a estos dos personajes. Al igual que una película de David Lynch, sus dos nuevos discos son, al mismo tiempo, misteriosos y divertidos, extraños y desalentadores, aunque ofrecen numerosas recompensas al oyente.

Como siempre, lo primero que sorprende es la voz, con tantas marcas como la cara de Charles Bukowski, lo que quiere decir que se trata de un instrumento áspero, ronco y crudo, que estalla en un júbilo maníaco, que parece bañado en bourbon y que suena rabioso en su libertad. Y que nadie piense que cuando canta utiliza algún tipo de truco y no pura emoción: que alguien intente seguir los textos en el mismo tono burlón y malhumorado que él y no parecer ridículo. Entonces podrá apreciar la profundidad de su don y cuán lejos ha llegado con la bestia que ha creado.

En “Kommienezuspadt”, de Alice, con una abundante maquinaria de fondo, Waits canta como un poseso mientras la música se va convirtiendo en algo así como la banda sonora de un capítulo de Bugs Bunny. Su forma de repetir el título es tan obsesiva que uno piensa en un carnaval repleto de luchadores de sumo.

Por el contrario, Waits puede evocar una ternura que incita a llorar. En “Flower’s Grave” canta: “Si morimos esta noche, ¿habrá luz de luna allá arriba?”. Poco más tarde se pregunta: “Dime, ¿quién pondrá flores en la tumba de una flor?” Con un piano, varios violines, un órgano de iglesia y un clarinete contribuyendo a la ambientación, se convierte en una melodía hermosamente angustiosa. De esta forma, las canciones se debaten entre lo exótico y lo triste, dejando una sensación final de encontrarse ante una obra inmensa.

A esto hay que añadir el disco hermano Blood Money, el de las nanas enfermizas, las marchas fúnebres, el gospel gótico y las operetas anacrónicas. En el corte que lo abre, “Mysery Is The River Of The World”, Waits canta en una insólita cadencia, con un acento bronco que parece de otro mundo, mientras una marimba le da un aire de circo. Con menos sección de cuerda y más instrumentos de viento, Blood Money tiene un aire de cabaret lunático.

“Coney Island Baby”, por ejemplo, evoca una atmósfera de final de siglo -de hace dos siglos, exactamente-, con una instrumentación minimalista que remite a días de carruajes y damas con sombrillas, mientras Waits le canta a su amor. Por su parte, “Lullaby” -“Nana”- no es precisamente la clase de canción que uno le cantaría a su hijo para que se durmiera, a pesar de la belleza de su música. La línea que lo abre -“El cielo está rojo, la luna está tarada, papá no volverá nunca”- parece demasiado para un niño, aunque puede que no para un adulto.

El propio autor define estos dos álbumes como una colección de canciones opiáceas, de canciones adultas para niños, de canciones de niños para adultos, como una odisea en la lógica del sueño y del absurdo. Nadie consigue tal emoción y horror hoy en día. Waits inhala y exhala las canciones mientras las interpreta, convirtiéndolas en inseparables de su persona. Así que debemos darle las gracias a quien corresponda de que el crooner surrealista esté deseando bajar a las cloacas por nosotros y vuelva a contárnoslo.

Al igual que en el brillante Mule Variations de 1999 -y como en los veinte años que le preceden-, Waits no busca nuevos seguidores para su música. Se contenta con perseguir proyectos que encuentra fascinantes y que pueda traducir de forma tal que le reporten una satisfacción personal. La aceptación por parte de quien lo escucha es siempre bienvenida, pero no es una opción necesaria y, mucho menos, considerada de antemano.

Xavier Valiño

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