ZWAN

Zwan, hable con él

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        En cuanto al tema que nos ocupa, hay dos asuntos relacionados con Zwan; uno es más jodido que otro. Empezaremos con los orígenes de Zwan. ¿Cómo ocurrió? El grupo. Su arte. El mito monolítico de Zwan. Para el resto de mi exposición, hablaré de las torturas y tribulaciones que he sufrido durante mi  investigación y mi tesis sobre las implicaciones y el significado de Zwan.

        Fue en una fiesta de Navidad para jovencitos huérfanos, en el portentoso año del milenio de la era pre-nuclear, cuando Billy Corgan apareció y se apuntó voluntariamente a la juerga. Corgan se había parado en medio de la puerta, un sitio muy cómodo para quedarse. Pero, sin que él se hubiera dado cuenta, una ramita olvidada de muérdago colgaba a un par de pulgadas de su cráneo. Billy estaba allí de pie, brillando con fascinante resplandor, mientras las notas perdidas danzaban a su alrededor, percibidas tan sólo por aquellos que gozaban de talento musical.  

        No había pasado todavía un mes desde que nuestro Billy había abandonado su antiguo refugio en The Smashing Pumpkins. Era como un enorme trailer de segunda mano, la masa se mantenía, pero el precio de vivir dentro de un lugar así no puede pagarse ni siquiera vendiendo 25 millones de discos, ni siquiera con el hasta ahora poco conocido negocio clandestino de Corgan, recientemente desenmascarado por Barbara Walters en impactante revelación 20/20.  

        Cualquier ciudadano parlante en sus cabales puede dar fe de lo fácil que hubiera sido seguir. Corgan, por el contrario, puso en blanco sus acuosos ojos cristalinos ante las posibilidades de recuperación. Y allí apareció  el joven Matt Sweeney: músico, relaciones públicas y provocador. Imaginen ustedes el enjambre de partituras musicales que el brillo de sus ojos prometía: ¿quién sería capaz de resistirse? 

        Y mientras el frívolo Mr. Sweeney se dirigía de puntillas para plantarle un besito a su cautivador huérfano disfrazado, un sensiblero guirigay de villancicos desvió la atención de Mr. Sweeney hacia debajo de las mesas alegremente adornadas, donde los verdaderos huérfanos trasegaban una botella de licor de contrabando de  Smashing Pumpkins. Mr. Sweeney se dio la vuelta justo al mismo tiempo que Corgan reparaba en el aperitivo bajo la mesa. Un relámpago de cordura atravesó a ambos caballeros.  “¡Billy Corgan!” gritó Mr. Sweeney consternado. “¡No eres el huérfano al que quería besar!” 

        “Es verdad, por cierto” replicó un desesperado Corgan, acostumbrado ya a defraudar las expectativas y esperanzas de la humanidad. Entonces saltó al aire, extendió sus brazos de bailarina y con un grito desgarrador escondió de nuevo su etérea música debajo del abrigo. 

        “Por favor,” suplicó Mr. Sweeney, colocándose por deferencia su gorra de camionero, “permitidme aliviar a vuestras notas de tanta melancolía y de la infinita tristeza que aquí se respira.” Señaló los abultados bolsillos de su abrigo, rebosantes de notas musicales. Corgan apretó instintivamente los puños en los bolsillos como medida protectora, lo que Mr. Sweeney, ya un poco cargado, interpretó como una tímida invitación y le arrancó del abrigo algunas notas que no eran necesariamente propiedad de Corgan. Finalmente, Mr Sweeney había logrado hacerse con unas cuantas notas musicales fugitivas e introducirlas en su venerada banda Skunk & Chavez. 

        Bueno, Corgan y Mr. Sweeney se habían conocido anteriormente. No en el sentido bíblico, pero, qué diablos, Matt solía pasarse por la bodega y subirse a las cubas para machacar a los Pumpkins. Aunque las amistades pasadas no son excusa para robar notas, y pronto los dos estaban rodando por el suelo pegándose puñetazos. Al principio los sufridos huérfanos se divertían mucho viendo las chifladuras de las dos estrellas del rock, y hicieron corro a los combatientes. Pero cuando se habían sacudido bien el polvo, empezaron los cantos plañideros. 

        “Por favor, queremos más,” repetían una y otra vez en su cantinela, que finalmente logró penetrar en el campo auditivo de Billy, que liberó a Matt de la presión de su tripa. Se plantó sin resuello delante de los huérfanos. Sabía lo que tenía que hacer. 

        Era una ironía que Billy, Matt y Jimmy Chamberlin, puntal siempre en las oraciones de los huérfanos, fueran a encontrarse en la cálida primavera de 2001, un armonioso choque en el condado más condenadamente seco de los USA, Salt Lake City. ¿Adónde les llevaría su falta de organización? Pero algo estaba a punto de ocurrir, como cuando aprietas el gatillo de un viejo Winchester del 97, en una época en que no escribían una mierda y no tenían derecho a gritar… 

        Así que los Mormones sabían que algo magnífico estaba a punto de ocurrir, y plantaron sus tiendas en el amplio vagón que flotaba sobre el lago al estilo del coche de Chitty Chitty Bang Bang. Los Mormones lanzaban latas de coca cola, algo que ellos, en su rectitud moral, consideraban un signo de rebelde redención. Chamberlin abrió de sopetón las puertas del vagón y preguntó: “Sírvanse escucharme sin demora, ¿qué meditan los huérfanos de Nueva York?” 

        “¡Qué les jodan!”, saltó Billy con la agilidad de alguien entrenado en esquivar puños fugitivos, “Tenemos a los Mormones.” Y así ocurrió que el trío empezó a vagar por territorio huérfano.  

        Poco después, en Chicago, el punzante calor de agosto empezaba a apretar. Las tentadoras orquestaciones se concretaron en la realización de la banda sonora de la película Spun (todavía no estrenada, un asunto mormón). 

        El 11 de Septiembre sorprendió a Billy, Matt y Jimmy en Nueva York. ¿Cómo sacar partido de la experiencia artística cuando tu corazón ha sido sacudido brutalmente? Pero, como el baby boom post 11 de septiembre, lo que se despertó en ellos fue el deseo de generar una nueva vida cargada de esperanzas como respuesta a lo ocurrido. Había nacido un grupo,  un cuerpo de guardia, una banda. Era evidente que las notas revoloteaban veloz y furiosamente, así que David Pajo  (Slint, Papa M, Tortoise, Stereolab) se incorporó con el caza-mariposas tras demostrar su habilidad para colocarlo sobre la guitarra. 

        Pero todavía había un desagüe, una hemorragia, un eslabón perdido, si queréis, que fue solventado con la llegada de Paz (miembro formal del influyente A Perfect Circle). Paz representaba esa sensualidad infantil y pura, esa viveza y ese encanto que sólo las fuerzas de una consumada maestría musical son capaces de engendrar. Y poco más queda que decir, salvo que los huérfanos, ya no tan solos, tienen por ahí danzando Mary Star Of The Sea, un primer retoño de Zwan. Empieza el espectáculo.

Xavier Valiño

 

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