WILD BEASTS

Wild Beasts, la cadencia del crepúsculo

 


Two Dancers es el segundo álbum de Wild Beasts. Coproducido por la banda y el enigma del norte Richard Formby (Spacemen 3, Telescopes, Mogwai, Herman Dune…), en la remota Norfolk a principios del año pasado, se trata de la continuación de su celebrado debut de 2008, Limbo, Panto, que pasó un tanto desapercibido y que ahora pide a gritos ser recuperado. El resultado es un disco repleto de emoción en la cuerda floja; para decirlo en pocas palabras, Two Dancers es Wild Beasts envueltos en llamas.

Su nuevo y segundo álbum muestra al grupo de Kendal (en el Distrito de los Lagos) más vivo que nunca, con más recursos, más capacitados, con un sonido vibrante y que, al mismo tiempo, se mece al ritmo veleidoso del propio grupo. Ante él, sólo cabe sentarse y escuchar con asombro la tensión dramática de sus canciones. Probablemente desde The Smiths no se ha visto nada igual.

 

No acaba ahí. Two Dancers habita su propio paisaje. Como dice Tom Fleming, su bajista, “se trata de una serie de escenas… una gran fiesta, estar en la calle fuera un poco más tarde, o en un dormitorio, o sentirse desesperadamente hambriento y morir de hambre en una playa lejana”. Sí, las palabras ‘dormitorio’, ‘desesperado’ y ‘fiesta’ capturan perfectamente las sinergias que se mueven en Two Dancers. “Es igual a la euforia y a la sensación de expectativa, como un sentimiento de impotencia”, prosigue Fleming. “El hedonismo puede producir una larga noche del alma que se quema en las emociones artificiales y en la lujuria sin sentido”.

 

El primer single Hooting And Howling” (“Clamando y aullando”) lo capta perfectamente ya desde su título. Se trata de un toma y daca entre el guitarrista Benny Little y el vocalista Hayden Thorpe, una declaración de intenciones donde el contacto visual implacable se convierte en un estado de ánimo priápico. “Como con el resto del álbum, todo se vive de una forma un tanto delirante, como si se tratase de algo que se giró de dentro hacia fuera de sí mismo para encontrar un estado de gracia musical única”.

 

  
Two Dancers está repleto de referencias a labios fruncidos, cuerpos que son máquinas perfectas y calles en penumbra. Líricamente, Two Dancers se muestra tan poderoso como maduro. En “All The King’s Men”, Fleming canta con una deliberada intención sobre “Las niñas de Rodean, las niñas de Shipley, de Hounslow, las niñas de Whitby”, mientras el falsete de Hayden Thorpe se eleva con una anticipación palpable. En esta canción, como en el conjunto del álbum, Wild Beasts se atreven a dejarse ir y ser seducidos, y al final no queda más que unirse a la desorientación que muestran por el camino.


Por su parte, los dos temas más cortos del álbum, los dos minutos de “Underbelly” y “When I’m Sleepy”, permiten unos deliciosos momentos de pausa. “Estuvimos intentando encontrar una manera de describirlo”, dice Fleming, “y lo más próximo que encontramos fue música erótica reposada. Ambos son sugerentes y abstractos, y capturan el fino arte de sentirse extraño al brillar en la cadencia del crepúsculo”.

 

Por el contrario, los conciertos del grupo son energía pura. La tensión que consiguen  es el resultado de una banda que evita el brillo híper brillante del estudio para, en su lugar, tocar y tocar juntos en una habitación. “Se graba en vivo y no se piensa sobre ello más de la cuenta”,  explica Thorpe. Es el sonido y la sensación de ser un grupo que, tomando prestada la letra de “This Is Our Lot”, “baila tarde, como jóvenes réprobos”.

 
Además, éste es un disco hecho por gente realmente joven. Como observa Thorpe, dueño de uno de los falsetes más violentamente emotivos del mundo del rock, “es un cliché ser percibido como diferente. Se nos ve como unos extraños, como unos intrusos, y eso nos hace cerrar filas aún más sobre nosotros mismos”. Al final resulta que, gracias a ello, Wild Beasts han hecho un disco sobre placeres terrenales que suena emocionante, como de pantalla ancha, abierto, que respira vida, tan embriagador como preocupado por las posibilidades del placer.

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