VINICIUS CANTUARIA BILL FRISELL

Vinicius Cantuária y Bill Frisell, mexicanos postizos

Hace muchos años que Vinicius Cantuária viene colaborando con Bill Frisell y siempre hablaban de la posibilidad de hacer algo como dúo. Habían trabajado en The Intercontinentals, en formación de dúo, trío o cuarteto y Frisell había colaborado también anteriormente en los discos del brasileño. Con sus agendas siempre ocupadas, nunca habían tenido tiempo para parar y plantearse algo en conjunto. Finalmente el año pasado hicieron un hueco para estar unos días compartiendo ideas en un estudio.

 

 

 

Como se trataba de la primera vez que Vinicius Cantuária compartía el crédito de uno de sus discos con otra persona, en este caso Bill Frisell, prefirió mirar hacia otras latitudes, aunque no tan lejanas. Rodeado de músicas hispanas en Nueva York, donde vive desde mediados de la década pasada, se dio cuenta de que en esos sonidos podía encontrar algo en lo que trabajar con Frisell. De ahí nace Lágrimas mexicanas, el disco que ahora presentan y con el que recorrerán medio mundo en este 2011.

Al otro lado del teléfono, Vinicius prefiere hablar en castellano. Nada de inglés y, tampoco, nada de gallego-portugués-brasileiro en principio, aunque después durante la conversación deja caer unas cuantas palabras y frases en este idioma o mejor dicho, como él asegura, en ‘portuñol’, mostrándose realmente encantador y revelando una pasión única por lo que hace.

¿Es cierto que este disco tiene que ver con lo que escuchas en las calles de Nueva York a diario?

– Sí. Aunque yo vengo de Brasil, en los años 70 había mucho cine mexicano en Brasil, mucho bolero, y también cosas de Paraguay o de España, como Sara Montiel. Cuando fui a vivir a Nueva York, parece que me reencontré con aquel tiempo, con gente que habla español, con sus canciones… Así que tenía una motivación más que evidente para hacer algo así.


¿Cómo te enfrentaste a la sonoridad del disco teniendo en cuenta que no es un disco inspirado por Brasil sino México?

– No hubo problemas, porque es mi visión de la latinidad, no una latinidad ortodoxa, tradicional. Es como si quisiera hacer un disco de flamenco o de jazz: no podría hacerlo con sabor auténtico, sino que dejaría mi impronta brasileña, internacional… En mi disco Cymbals hay una canción que se puede decir que es el antecedente de este proyecto, en concreto “Prantos”, en la que, curiosamente, toca Marc Ribot de Los Cubanos Postizos. No se trata de hacer algo totalmente puro, auténticamente mexicano; se trata más de una inspiración, una voluntad de un músico que está abierto a todas las posibilidades. Resultó muy sencillo, muy natural, hecho de una forma totalmente relajada, en un estudio viejo, con mucho placer. Salíamos a comer, a tomar un café y volvíamos a hacer música. Creo que ese ambiente que vivimos en la grabación se trasladó al disco.

Aun así, el resultado no difiere tanto de tus otros discos y en las canciones en portugués no hay tanta distancia. En algunas se aprecia la sencillez del choro brasileño, como “Cafezinho” o la primera parte de “Briga de namorados”.

– Sí, claro, tienes toda la razón. Especialmente “Briga de namorados”, en la que trato de ver cómo sería el choro brasileiro si estuviera de visita por Latinoamérica, o sea, buscando la fusión de ambos sonidos.

Lo curioso es que son canciones nuevas en lugar de hacer versiones. ¿No lo pensasteis?

– También es intencionado, porque si llegó a poner algo mexicano compuesto por otros podría confundir a la gente, ya que pensarían que estoy intentando algo que no es mi intención. No se trata más que de tocar, de interpretar, aunque no con la intención de ser fiel y totalmente respetuoso con la música mexicana.


Un elemento imprescindible en tus discos es la producción, las texturas, la aportación electrónica. Supongo que te gusta trabajar las canciones hasta darles forma definitiva, ¿no? ¿Cómo llegáis a saber qué es el sonido que tiene que ir finalmente en un disco?

– Sí, porque trabajo como un pintor, con el lienzo en blanco. De hecho, antes de hablar contigo estaba trabajando aquí en el estudio, para nada en concreto, sin ninguna intención aún, pero siempre buscando algo. Lo mismo me pasa cuando salgo a la calle con mi grabadora: grabo a la gente hablando (mexicanos, japoneses), orquestas… Estoy siempre abierto a todo lo que veo, a todo lo que vivo. Es como un pintor que busca los matices, los elementos, para luego darle forma en un momento dado. Y Bill Frisell también es así, ya que es un mago de la guitarra, un lunático, un tipo versátil, que hace algo parecido con los reverbs, los delays, los loops…

¿Qué idea había a la hora de componer las letras? ¿Te inspiraste en lo habitual de los textos que escuchaste en esas canciones latinas o no les prestaste atención?

– Sí, también me dejé llevar por eso. Leí bastante español, escuché canciones mexicanas… Está claro que mi español no es perfecto, que es un español adaptado por mí, igual que hago con la música: yo no entiendo ser un español cantando en español y tocando las canciones de Hispanoamérica. Soy un músico brasileño que vive en Nueva York y que tengo una relación externa muy larga con otras culturas y que cuando estoy trabajando en un proyecto específico no anula las otras influencias que tengo alrededor. La sonoridad es la verdad que yo siento en cada proyecto, no la verdad mexicana como en este caso, por ejemplo. Si pones tu corazón, tu amor, no importa si hablas bien el idioma en el que lo interpretas.

¿Sería tu colaboración con Los Super Seven en Canto otro antecedente directo de este disco?

– Sí, lo son ese tipo de colaboraciones, porque me gusta más trabajar con músicos de otras nacionalidades. Piensa que en mi primer disco en solitario, Sol na cara, sólo éramos dos personas trabajando, yo y Ryuichi Sakamoto, y se trataba de un disco totalmente brasileño. Fue un encuentro espectacular, juntar a un brasileño y un japonés haciendo un disco totalmente brasileño, del que resulta algo tan imperfecto que acaba sonando totalmente bello. Es más: no podría haber hecho ese disco con un brasileño porque sería una redundancia. Cada vez que trabajo con un músico de otra nacionalidad intento buscar algo que me lleve a un diálogo, una conversación, una luz.

Es curioso que menciones Sol na cara como tu primer disco cuando tenías otros antes grabados en Brasil.

– Me refiero a esta etapa, desde que estoy viviendo en Nueva York. Es cierto que antes había grabado discos en mi país y que tenía allí una situación muy bien encaminada, pero al llegar aquí se puede decir que tuve que empezar de nuevo. Hay una diferencia en la forma de vivir: nadie te conoce por la calle, nadie sabe lo que eres. Aquí mi vida personal cambió mucho, por lo que mi música también mudó. Ahora parece que por fin hay un reconocimiento hacia mí y mi música, que por fin se empieza a apreciar toda la trayectoria que hay detrás. Además, ahora se puede ver que entre Sol na cara y todos los discos que vinieron detrás hay una unidad.


¿Qué artistas latinos son los que más te han inspirado, los que más te deslumbran?

– Aprecio sobre todo a los compositores, y entre todos los compositores de música latina Armando Manzanero es quien traduce mejor el sentimiento del amor, la pérdida, la felicidad; es incomprensiblemente lindo. Manzanero es el gran compositor popular, la referencia mayor, como Jobim, Marcos Valle o Joao Donato. La revolución es más importante que la renovación, ya que los grandes artistas buscan la revolución diariamente.

Tuviste un grupo de rock en los 70, O Terço.

– Sí, cuando tenía unos 17 años nos gustaban The Byrds o Crosby, Stills, Nash & Young e intentábamos lograr esas vocalizaciones con guitarras brasileñas, con acústicas… Era muy interesante, pero ya es parte del pasado.

¿Escuchas alguna vez tus discos por el placer de hacerlo? ¿O es el proceso la parte importante y después ya puedes olvidarte de ellos?

– La verdad es que solo leo los libros una vez, y lo mismo me pasa con la música. Alguna vez escucho un disco determinado para recordar una canción, pero soy un oyente pésimo y no me gusta escuchar música alguna, no tengo hábito de escuchar. Siempre estoy escuchando los mismos discos, unos pocos, en los que encuentro mi sonoridad. Prefiero invertir mi tiempo al margen de la música en cosas como el fútbol, del que soy un gran aficionado.

¿Cómo puede contribuir un músico como tú en tiempos tan turbulentos como los que nos toca vivir? ¿Influye, por ejemplo, en tus letras? ¿Tratas de que la gente se olvide por un rato de los problemas con tu música?

– Evidentemente, las están cosas muy mal, pero más que en España o el resto de Europa, donde la protección del Estado es muy grande, el verdadero problema, la gente que lo está pasando mal, son los emigrantes, la gente de África, de Sudamérica. Yo como artista, que vive por y para el arte, tengo que llevar algo de color allá donde voy, poner algo de fantasía a la realidad.

Naciste en Manaus. ¿Sigues visitando la ciudad? ¿Ha cambiado mucho?

– Ha habido un cambio increíble desde que nací en los años 50. Entonces era una pequeña ciudad en la ribera del río. Hace unos seis años que no voy por allí, pero ahora es una pequeña gran metrópoli con sus contradicciones. Hay grandes centros comerciales y, al salir, te puedes encontrar a un indio justo de frente, con sus vaqueros y su teléfono móvil. Es un poco el símbolo de esta evolución.

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