ULTRASÓNICA 1999 ENTREVISTA CON ENRIQUE BUNBURY

ULTRASÓNICA 1999 ENTREVISTA CON ENRIQUE BUNBURY

Ultrasonica e-zine :: Xavier Valiño

ENTREVISTAS 1999


Enrique Bunbury, contracorriente

 

 

         Enrique Bunbury era famoso en medio mundo antes de que en España se le respetara mínimamente. Creció en público, tropezó y se levantó bajo los focos: los errores y los aciertos han sido asumidos con coraje. Otros se habrían creado un caparazón de indiferencia ante críticas y maldades varias. Enrique es esencialmente bueno y cree en comunicarse, en aclarar malentendidos, en explicarse, en desatascar oídos llenos de prejuicios.

 

         Con Enrique Bunbury se puede hablar de música. De la suya y de las de los demás. Frente al estereotipo del rockero español, que -ay- no oye otra música que la que le regalan en su discográfica, Enrique es un voraz comprador de discos, un selectivo explorador de fronteras, un paladeador insaciable de canciones y sonidos, que ahora presenta su segundo disco en solitario, Pequeño.

 

Enrique, hablemos de Pequeño.

         – El título estaba claro desde antes de empezar a grabar. Radical Sonora tenía una producción compleja que terminó apoderándose de las canciones: en Pequeño, ellas mandan. Es un disco poco pretencioso, con canciones de vocación popular. Algo que envidio de Manu Chao es que va a cualquier rincón del mundo y, si le preguntan que tipo de música hace, puede tocar los temas de Clandestino con una guitarrita.

 

Así que Pequeño supone la búsqueda de la sencillez…

         – Sí. Aspiraba a un sonido mediterráneo, a unas canciones populistas y callejeras. Radical Sonora se oía de maravilla con unos auriculares caros; Pequeño se puede disfrutar hasta con un radiocasete barato.

 

¿Y las letras?

         – Hay mucho de introspección, de buceo en recuerdos de mi infancia. No por nostalgia; lo que me interesa es volver a sentir la existencia del niño.

 

¿Cómo fue el proceso de grabación?

         – Primero fueron unos meses de preparación en Zaragoza y luego vino la grabación en El Cortijo, las semanas de mezclas en el Livingston londinense, las mil y una anécdotas de la confección de un disco a partir de un quinteto básico y docenas de invitados. Por ejemplo, el tema de Bambino, que grabamos justo antes de que llegara la noticia de la muerte de ese rumbero tan desgarrado…

 

Pero también has hecho múltiples colaboraciones.

         – Sí, en esos discos conceptuales coordinados por la revista Zona de Obras, el homenaje a Robert Wyatt, las aportaciones a proyectos teatrales o cinematográficos, las colaboraciones con artistas de mi onda… Aunque ahora está todo aparcado. La prioridad actual es el directo. Conciertos con diez músicos, incluyendo cuerdas y vientos, con el material de Pequeño y reescrituras de piezas de Radícal Sonora. Quiero bautizar la gira como Pequeño cabaret ambulante. Pertenezco a una generación marcada por David Bowie, una generación que siempre ha esperado que los conciertos sean algo más que unos señores tocando, que haya teatro y coreografía, humor y comunicación. Por experiencia propia, sé que la música muy electrónica no transmite tanto como la tocada con instrumentos más convencionales.

 

Hablas entonces de concierto más espectáculo…

         – Claro: las enseñanzas de los cafés cantante o los shows de Broadway son aplicables al rock. Hoy, yo no concibo el rock como una cultura de una edad determinada. Es cierto que antes tocaba para veinteañeros, para gente de mi edad o menor. Pero una vez al año montábamos en Zaragoza un concierto en recuerdo de Elvis. Solían ir más padres y siempre nos decían que les encantaba ver algo que era música pero también espectáculo. Había referencias lúdicas a los trajes, los movimientos, las diferentes estéticas de Elvis. Y aquel todo funcionaba: divertía, conmovía…

 

No hay nada malo en ofrecer un concierto para todos los públicos, me parece…

         – Nada en absoluto. Quiero que mi madre pueda ir a Pequeño cabaret ambulante y se entretenga y se emocione. Mi madre y cualquier madre que tenga un mínimo de sensibilidad. Si acudías a un concierto de Frank Sinatra, nadie te pedía el carnet para ver si tenías tal o cual edad. El rock ganará en grandeza cuando crezca en tolerancia, en voluntad de llegar a todas las edades.

 

Cuéntanos algo de temas como “Infinito”.

         – Se trata de una letra atangada, con algo de ranchera y algo de Tom Waits metido en la batidora. No soy purista a la hora de construir mi dramaturgia.

 

“El extranjero”.

         – Fue concebida bajo la sombra de Emir Kusturica, Goran Bregovic, Zorba el Griego. La letra no tiene dobleces: es una enmienda a la totalidad del nacionalismo excluyente. Ah, la Antigua a la que me refiero como un buen lugar para no morir no es la isla del Caribe, sino la antigua capital de Guatemala, una ciudad que fue arrasada por los terremotos pero conserva la belleza de los tiempos coloniales.

 

“Lejos de la tristeza”.

         – Suena latina pero con esos toques naif de Esquivel. Me ha ocurrido varias veces en este disco que una canción empieza dentro de unos parámetros y, como por propia voluntad, se desplaza hacia otros. Ésta nació cubana y terminó en tango.

 

“Contradictorio”

         – Si alguien quiere entender mí trayectoria, con todas sus contradicciones, basta con escuchar esta letra, que mis seguidores comprenderán a la primera. Se inicia en clave Marvin Gaye y va creciendo hasta un final apoteósico, pelín hortera, tipo Sonido de Filadelfia. Cierra el disco por sus siete minutos de duración y por tener una carga muy positiva.

Xavier Valiño

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