TULSA

Tulsa, reavivando canciones con la fuerza mitológica

 

 

Miren Iza, en su encarnación como Tulsa, llega a su cuarto disco de larga duración con una intención clara de darle una vuelta a sus canciones, tanto en el sonido como en el contenido de sus textos. Centauros no es solo el título de su nuevo disco, sino una idea que engloba esa necesidad.

 

“El título surgió antes, sí”, aclara su autora. “Lo rescaté de Primo Levi, que escribió acerca de la impureza del ser humano, lejos de la pureza que pretendía el nazismo. Con ese título empecé a trabajar en canciones, resignificando a la vez esos centauros y tratando de llevarlos a mi terreno, entendiendo los centauros como una fuerza mitológica para reavivar canciones y que me ayudaran a alejarme de la languidez, ése es un poco mi fantasma. Antes de ese título hubo otros que no sobrevivieron, ese se quedó. Es útil empezar por el título, es como un motor o un paraguas guía.

 

‘Criaturas vigorosas, contradictorias y misteriosas’ es la definición que aportas de esos seres mitad personas, mitad caballos. En este caso, parece que las canciones, con quiebros, sonidos que entran y salen, arreglos instrumentales muy personales, comparten esa definición, ¿no?

– Sí, con esa base conceptual centaura hemos jugado mucho con los ritmos sincopados y la libertad de mezclar elementos distantes a priori.

 

¿Tenías clara la intención de marcar una diferencia con tus discos anteriores, de salir de tu zona de confort?

– Me apetecía explorar una energía diferente, y la forma de cantar también ha sido diferente. Ángel Luján me ha ayudado a darme cuenta de cosas que hacía de manera inconsciente; la voz es una de ellas, he cantado con menos aire para alcanzar más profundidad.

 

PJ Harvey suele iniciar los discos en los que quiere hacer algo distinto componiendo con un nuevo instrumento para ella (piano, autoarpa, saxofón…) Parece que también ha sido así en tu caso. ¿Ha sido escribir con el piano un elemento decisivo en este álbum? ¿Tenías algún miedo al empezar a hacerlo o te lanzaste sin temor y sin red al reto?

– Ningún miedo. Es muy estimulante empezar las canciones desde otro sitio y ver que efectivamente compones de otra manera. También es más divertido y, al fin y al cabo, es una necesidad. Por ejemplo “Centauros” nunca la habría compuesto así con una guitarra y “Amiga” tampoco.

 

Aunque las canciones las escribiste tú, ¿qué parte han tenido en el resultado los dos productores y arreglistas, Ángel Luján y Charlie Bautista?

– Ángel llevó un peso fundamental en todo el proceso. Estaba muy pendiente de la idea inicial que nos habíamos marcado, sobre todo esto de la languidez que te decía, y tiene esa capacidad de ver más allá de lo que está ocurriendo en ese momento, y que a mí me cuesta a veces porque estoy demasiado pegada a lo que ya tengo o a lo que imagino en mi cabeza. Por otro lado, los dos tienen infinitos recursos e ideas para enriquecer las canciones. Charlie tiene una inteligencia musical insólita. Por muchos años que lleve con él no deja de sorprenderme, cada vez, en cada trabajo, es mejor. Sin ellos lo habría hecho pero habría sido muy diferente. Me gusta mucho la idea de elegir un equipo y que se note su presencia, que sea determinante en el resultado final. No entiendo a la gente que llama a un productor y no se quiere mover un centímetro de la idea que tienen preconcebida.

 

En “Pequeñas embestidas” cantas con Abraham Boba y en el reciente disco de Xoel López (Sueños y pan) cantas con él en “Frutos”. ¿Te planteas estos duetos de la misma forma? ¿Cómo resultó el encuentro con cada uno de ellos?

– A Abraham lo llamé yo y Xoel me llamó a mí, obviamente. Hay algo ancestral muy poderoso en cantar a dúo. Es una especie de sublimación sexual, algo muy íntimo y muy bonito. A Boba lo llamé porque me parecía perfecto para esa canción que habla de la resistencia con mucha ironía. Él es muy irónico, nos conocemos desde hace años y nos hemos visto en situaciones altas y bajas, y hemos hablado de componer y cantar juntos un disco entero, de momento una canción para empezar. Lo de Xoel, él explica mejor los motivos del encuentro, pero yo lo viví como un regalo y un reto porque me parece un cantante excepcional, muy único. Sus composiciones tienen una fuerza melódica brutal, clásica, muy poderosa, con esa energía que es capaz de elevarte y moverte, cosa que es muy difícil.

 

En cuanto a los textos, ¿cómo ves la evolución en Centauros desde dentro? ¿Hay algo que te haya marcado a la hora de escribirlos, algún elemento distinto?

– Aparte de la consigna de esquivar la languidez, otra vez, me autoimpuse otra que fue la de no hablar del fin de las relaciones sentimentales o de relaciones imposibles. Para mí ese tema estaba agotado, aunque sé que es inagotable. No me apetecía dar espacio a ese tipo de dolor. Hay otras cosas que también descolocan o alivian, y tienen potencial poético, y decidí centrarme en eso: “Bilbao”, “Canción”, “Atalaya”, “Lobo”, “Amiga”, “Brancusi”… Sólo se cuela un poco de amor en “La miel que pudo ser”. A pesar de eso, aún tengo que aguantar que alguien diga que el disco es un disco de desamor, no entiendo nada. También he tratado de utilizar interlocutoras femeninas, aunque sea en forma de ciudad, como en “Bilbao” o “Canción”. He querido interpelar a las mujeres, al fin y al cabo la mayoría de canciones que oímos son de hombres para hombres, así que considero un deber dirigirme a las mujeres. Me habría gustado dedicar el disco a las mujeres. No lo hice oficialmente no sé por qué, pero sí latía esa idea.

 

En este aspecto, me atrae especialmente “Canción”, sobre lo arduo del proceso de la composición. ¿Te cuesta hoy más acabar las canciones? ¿Es la experiencia un obstáculo (“nuestra piel es ahora más dura”, dices en “Pequeñas embestidas”)?

– No lo creo. Es un oficio y, como tal, cada vez se tiene más destreza o recursos, creo que la experiencia es buena. A lo mejor se pierde frescura o una inconsciencia beneficiosa pero en castellano parece que hay todavía mucho que recorrer… Lo importante no es lo que se dice sino cómo se dice. Cuando asumes eso las posibilidades son infinitas porque tu visión, tus dejes, tus apegos particulares no los va a tener nadie más.

 

 

¿Cuándo das por acabada una canción?

– Extrañamente sabes cuándo lo tienes. A veces tienes que dejar algo con lo que no estás 100% a gusto porque no se te ocurre nada mejor, a pesar de darle vueltas y vueltas, pero siempre sabrás que es así.

 

¿Qué tipo de canción es la que más te gusta, el ideal al que aspiras? ¿Y quiénes serían esos compositores casi inalcanzables que te inspiran?

– Me gustan las canciones con grandes estribillos melódicos que invitan a ser cantadas, pero por otro lado me gustan las de estructura narrativa en plan río, que cuentan algo, en las que se ve una evolución del personaje, y que forzosamente salen de la estructura pop, así que estoy jodida. Me gustan los grandes cantantes pop a lo Hervé Vilard o Mina y, por el otro lado, más dylaniano, admiro a Aidan Moffat, a Granduciel. Alguien que hoy en día conjuga las dos cosas muy bien podría ser Destroyer. En castellano, Christina Rosenvinge.

 

Cuéntanos, por favor, cómo fue la experiencia de compartir canciones y poemas con Juan Manuel Romero por Córdoba el pasado verano.

– Fue un regalo de esos que te caen de vez en cuando, como lo de Xoel. La convivencia con Juanma y también con los organizadores del ciclo de Tenemos la palabra, Rafael Espejo y Andrés Navarro, también poetas, fue un inicio de algo, no sé muy de qué. Ahí comenzó una amistad que espero que dure tiempo y nos haga hacer cosas juntos, porque de manera natural la música y la poesía deberían convivir más a menudo, ya que los unos nos alimentamos de los otros. También confirmé que escribir poesía es muy difícil. Antes solía creer que escribir una buena canción era más difícil que escribir un buen poema, pero ahora no lo creo: la música que viste a los versos es muchas veces una coartada o un optimizador para letras mediocres, como la casera.

 

También has participado en la banda sonora y como intérprete (además de crear la música incidental y aportar canciones inéditas) en la película de Jonás Trueba Los exiliados románticos, en la que una de tus canciones motivó incluso que existiera el film, y luego hubo presentaciones de la película con concierto. Supongo que fue una experiencia única y que te aportaría mucho, ¿no?

– Hay gente y cosas que vivimos que nos cambian la forma de estar y concebir el mundo. Me gusta pensar que Jonás y Los Ilusos y esta experiencia con la película tuvieron ese efecto en mí. Fueron dos años de reseteo con la ciudad de Madrid, coincidiendo con mi vuelta de Nueva York, y me volaron la cabeza bastante. Fui muy feliz mientras duró aquello.

 

Ya habías probado antes con un vídeo de larga duración o cortometraje titulado “Ignonauta”, hecho en Nueva York cuando viviste allí un año. ¿Encuentras limitada tu creatividad solo con la música?

– No es que la encuentre limitada pero confieso que fantaseo con hacer otras cosas. Y, en lugar de hacerlas, me acerco a quien las hace porque yo no las hago bien, así, de alguna manera participo de lo que hacen, a modo de parásito. Muchas veces he sentido que el cine, entrar en una sala de cine, me salvaba la vida, igual que la música. Por eso me atraen mucho los cineastas, en masculino y femenino, y acabo acercándome a ellos inevitablemente.

 

Por último, ¿cuál es la mejor anécdota que te ha sucedido en este tiempo en el mundo de la música?

– Toqué en el 2013 en un bar de Nueva Orleans que se llama Siberia. Iba con Olivier Arson que ponía la base electrónica a mis canciones acústicas. Al terminar, el dueño del bar se acercó a mí y, con cara de intensidad, me dio un billete de 20 dólares y me dijo: “Espero que cuando vuelvas te pueda dar más”. Le había gustado y eso me emocionó. El año pasado volví por allí pero no estaba. No soy muy buena con las anécdotas…

 

 

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