THE STROKES

The Strokes, la gran Nueva York

Desde mediados de los 70, Nueva York no había visto la eclosión de un grupo como The Strokes. Son ya 25 años desde que aparecieron, al mismo tiempo, los Ramones, Blondie, Talking Heads o Television, Puede que Sonic Youth fuera, a principios de los 80, el último grupo relevante de la ciudad. Hasta que aparecieron The Strokes, el grupo más importante del 2001, con, también, el disco más relevante del año, Is This It.

 Todos en el grupo vienen de familias acomodadas, lo que les ha granjeado alguna crítica de falta de autenticidad. Es cierto que Julian Casablancas es hijo del fundador de una cadena de escuelas para modelos o que Albert Hammond Jr. es el hijo del cantante del mismo nombre de los 60 –también compositor para Julio Iglesias-. Pero lo que The Strokes tienen, y para eso no cuenta el origen, es actitud y grandes canciones. 

Julian Casablancas, Nick Valensi y Fabrizio Moretti se conocieron en el instituto a mediados de los 90, compartiendo una obsesión desmedida por la música. “No sé si éramos los rebeldes, pero si había un grupo de gente popular allí, no éramos nosotros,” dice Casablancas. “Simplemente nos dedicábamos a tocar música. La experiencia en la escuela no fue nada gratificante. Además, sólo nos teníamos a nosotros mismos como amigos.” 

El trío empezó a componer cuando se les unió el bajista Nikolai Fraiture, un amigo de Casablancas, y Albert Hammond, Jr., nacido en Los Angeles y a quien Casablancas conoció en una escuela suiza a la que su padre lo envió para enderezar su rumbo, aunque lo único que consiguió fue aumentar su sed de rock’n’roll. 

Desde el principio, Casablancas fue el líder y el compositor principal, dando cuenta de los habituales deseos adolescentes. “Ya escribía buenas canciones antes de que se diera cuenta de lo que estaba haciendo, cuando sólo sabía tocar un acorde,” dice Valensi. “Puede asimilar diversas influencias, escuchar algo, tomar lo que es bueno y dejar lo malo. Puede escuchar a los Beach Boys y dejar de lado su faceta amable y tomar sólo la progresión de los acordes o esas melodías inigualables.” 

Evidentemente, en su sonido hay ecos de la historia de su ciudad, de Televisión a los New York Dolls. Pero, sobre todo, esta el ritmo insistente y urgente de The Velvet Underground, con Lou Reed al frente. “Cuando tenía 13 o 14 años, mi hermano me compró un disco de The Velvet Underground y me enamoró,” dice Casablancas. “Ha sido nuestra gran influencia. Son los únicos en los que los cinco reconocemos a una gran banda.” 

“Si te digo la verdad, que nos comparen a The Velvet Underground, los Stooges de Iggy Pop y gente así es un honor al que no se le puede poner queja alguna,” dice Moretti. “Pero si escuchas nuestro disco, las influencias son muchas y diferentes. Supongo que cuando vienes de Nueva York hay algo que se refleja en la música: no en las notas o en los textos, sino algo de su energía.” 

“No es que intentáramos escribir algo así. Las copias no duran. Fue justo lo contrario, que las canciones ya escritas, con buenas melodías, y hechas con rabia, nos recordaban a gente de los 70. Cosas como Limp Bizkit o Korn no tienen nada para nosotros,” dice Albert Hammond Jr. “Son falsos, como meterle esteroides a tu cuerpo.” 

En realidad, el éxito repentino del grupo se debe a tres años de trabajo constante y a dar conciertos durante meses. Sólo cuando  Geoff Travis, responsable del influyente sello independiente Rough Trade, escuchó su maqueta tuvieron un contrato. “Después de escucharlos durante 15 segundos me propuse editarlo. Lo que me decidió es lo que todos ven ahora en ellos: la habilidad para escribir canciones de un compositor de primera y una música que es una mezcla del rock’n’roll en estado primitivo con la sofisticación de la sociedad de hoy en día: como dijo Jean Renoir, lo primitivo y lo sofisticado.” 

Pero fueron, sobre todo, los medios británicos los que los respaldaron desde el principio. “Les gustan los chicos blancos que tocan rock’n’roll,” explica Casablancas.  Después de numerosas ofertas, firmaron con RCA en los Estados Unidos. “Fueron los únicos que no se echaron atrás cuando les dijimos que nunca haríamos un video. La idea de hacer playback me parecía algo retrasado. Sin embargo, no nos importa tocar en directo delante de las cámaras, como se hacía antes en programas tipo el de Ed Sullivan.” 

Para la grabación de su disco, la idea fue capturar digitalmente la esencia de su rock de directo. “Fue como una pesadilla. He leído entrevistas en la que los músicos se quejan de que dar conciertos es duro. Para mí,” dice Casablancas, “estar de gira es como estar de vacaciones: conoces ciudades y, además, das conciertos. ¡Es un sueño hecho realidad! Pero grabar fue doloroso: me chupó el alma. Teníamos muy poco tiempo, así que nos concentramos 10 horas al día durante mes y medio hastas las 5 o 6 de la mañana, intentando centrarnos en cada nota. Nunca me he sentido tan cansado como cuando acabamos el disco.” 

No hay que temer, ya que el resultado se traduce en el mejor disco editado en Nueva York en dos décadas. Lo demás, poco importa. “El arte y el negocio están muy enmarañados. No me preocupa dónde encajamos en el negocio. Creo que estamos en algún lugar en el medio, entre la escena hardcore y la música comercial y melódica. Y ahí es donde queremos estar. Creo que todos los artistas buenos estuvieron a medio camino entre lo comercial y lo intelectual.” Julian Casablancas hace una pausa y continúa. “Pero no me gusta hablar de esto. Lo que me gustaría ahora es irnos a tomar unas cervezas.” 

Xavier Valiño

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *