THE JOY FORMIDABLE: The Big Roar

THE JOY FORMIDABLE: The Big Roar (Canvasback/Atlantic)

 


La ya conocida necesidad de los medios escritos especializados británicos de descubrir uno tras otro nuevos grupos y exponerlos como la ‘sensación de la temporada’ tiene, generalmente, más inconvenientes que ventajas. Las bandas son las principales damnificadas. Este año le toca a The Vaccines y, ejem, Brother. Con The Joy Formidable pudo pasar lo de siempre pero, afortunadamente, han sabido dejar atrás la atención mediática que podría haber sido su losa.

 

Tanto tiempo ha pasado que desde su formación ya van cuatro años. 48 meses en los que no han dejado de editar singles, EPs, un disco en directo auto-editado (First You Have to Get Mad) y dar cientos de conciertos, incluyendo su aparición, por ejemplo, en el Primavera Sound del año pasado. Puede que por eso su disco, tan esperado, no llegue ya en medio de la presión acostumbrada -puede que tampoco se le preste la misma atención- y que por eso, tras pasear sus canciones por muchísimos escenarios, suene tan potente, enérgico, épico…

 

Parece mentira que, al igual que Muse, sean tres los responsables de este muro de sonido: Ritzy Bryan (vocalista y guitarrista), su pareja Rhyddian Daffyd (bajo) y el batería Matt Thomas. Por suerte, a pesar de ese pared sónica, la suave (y, también, poderosa) voz de Ritzy nunca queda sepultada entre la instrumentación. Los riffs y los contundentes ritmos podrían hacer pensar en que aquello que vino después de Pixies y el grunge es lo que cimentó la base del grupo. Sin embargo, siempre han tenido en su música ecos del shoegaze de aquellos años (Luz, Slowdive, Ride, My Bloody Valentine…), sin que sean precisamente The Pains of Being Pure at Heart. Ese punto, entre los riffs pesados y su devoción por el pop, los sitúa más en la órbita de Sleater Kinney o Blood Red Shoes.

 

Entre las doce canciones de su debut, los galeses recuperan cuatro de su EP de ocho temas del 2009 A Baloon Called Moaning (Black Bell), por suerte las cuatro mejores -aunque también podrían haber aprovechado para incluir más cortes nuevos-: “Austere”, “The Greatest Light Is the Greatest Shade”, una más limpia “Cradle” y un “Whirring” que ahora incorpora una coda final cargada de distorsión y percusión.

 

Es precisamente “The Ever Changing Spectrum of a Lie”, que abre el disco, la que fija las coordenadas, creciendo y desarrollándose en sus siete minutos hasta alcanzar una fuerza inimaginable al inicio, potencia que tiene reflejo después en buena parte del disco, como en “A Heavy Abacus” o “Buoy” (su particular “Kashmir”). La calma, agradecida, sólo llega en “Maruyama” o la parte inicial de “Llaw=Wall”, cantada como excepción por Rhyddian. Han tenido tiempo a crecer, a desarrollarse como banda, algo raro en estos tiempos, e incluso a dejar atrás el ‘hype’. Su debut puede no ser lo que algunos esperaban hace tres años, pero están ya lo suficientemente curtidos como para aguantar mucho tiempo y parir, si quieren y pueden, su gran obra.

 

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