THE HIGH LLAMAS

The High Llamas, empacho de sol

 

Por el camino de Camberwell (Irlanda), pasando por Luton y Cork, Sean O’Hagan, el increíble compositor que está detrás de The High Llamas tiene mucho que contar con cualquier instrumento que se le ponga a tiro. Basándose en el principio de que la vida no se debe dejar escapar, Sean abandonó la escuela en cuanto pudo y se puso a trabajar como aprendiz de albañil -a veces presume de que los ladrillos de la estación de Luton los ha puesto él (y tal vez de ahí le venga el gusto por el detalle)-. Después pasó a dirigir un restaurante italiano en Cork -y tal vez de ahí su gusto por acumular distintos elementos-.

 

En Cork conoció a Cathal Coughland y formó Microdisney, quienes editaron seis discos y se separaron después de ser expulsados de una gira con los U2 por menospreciar a la religión (naturalmente eso fue antes del período post-irónico de Bono).

 

Hasta el 90 no reapareció, y fue con un primer disco titulado The High Llamas, que luego daría nombre a su segunda banda, y para el que había descubierto un nuevo sonido y un nuevo método de trabajo: “buscar las claves en los garitos de Camberwell y trabajar la noche”. Le siguió un segundo mini LP llamado Apricots (que sería ampliado y lanzado en Francia con el título de Santa Barbara) y los arreglos de bajo, cuerda y teclados de tres de los discos de Stereolab, además de acompañarles como un músico más de la banda en diversas giras.

 

Pero la verdadera campanada llegó en el 94 con Gideon Gaye, una pequeña obra maestra con un clásico instantáneo como “Checkin’ In, Checkin’ Out”. Todo ampliado hasta límites insospechados ahora en el 96 con Hawaii, una obra de 74 minutos y 29 canciones, la mayoría instrumentales que sirven de puente entre los temas cantados y que Sean O’Hagan considera la suma de todas sus experiencias musicales.

 

Ambas encierran un mundo de múltiples efectos y sonidos alucinados conseguidos a base de teclados, vientos y cuerdas, como si Brian Wilson -el mago de los Beach Boys- en un empacho de sol, hubiera desempolvado su vieja colección de trucos y concibiera una obra para oír de un tirón mientras el cuerpo lo único que pide es empezar a levitar.

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