THE FEELIES 2008

The Feelies, estudiantes de ciencias tocando guitarras

 

“No creo que la música juegue un papel tan importante en nuestras vidas”. Cuando pienso en los Feelies, siempre me viene a la mente esa frase procedente de alguna de sus primeras entrevistas, de la época en la que grabaron esa pieza extrañamente atemporal que todavía sigue sonando ‘rara’ veintimuchos años después. Habían publicado “Crazy Rythhms” después de muchos avatares, así que se podría tomar por una cierta pose de diletantes, aunque no se les veía a ellos muy de pose, pero a la postre resultaría cierta al menos durante los años en los que desaparecieron sin apenas dejar rastro, haciendo el mismo ruido que cuando llegaron, esto es, ninguno.

 

Lo curioso es que aunque es difícil encontrar un grupo más alejado de los requerimientos que el mundo del rock parece exigir (imagen llamativa, intensa autopromoción, vida en la carretera, emociones a flor de piel…), nadie puede negar su empeño por mantener una carrera que sólo hacia al final de la década de los 80 parecía ir a alguna parte. Uno no se atreve a jurarlo pero quizá la clave esté en la diferente personalidad de sus dos cabezas pensantes, por un lado un Glenn Mercer, que nunca ha dejado de buscar una salida a sus ideas musicales, y por el otro, el que parecía su mitad inseparable, un Bill Million que en 1991 decidió marcharse a Florida a disfrutar de la vida familiar y resolver sus problemas económicos, y que no ha vuelto a reunirse con su antiguos compañeros desde entonces. Por cierto, fue Bill el de la frase.

 

Es difícil encontrar un matrimonio más extraño en la historia del rock que el que durante un breve espacio de tiempo formaron los Feelies con el sello Stiff. ¿Qué tenían que ver unos reservados habitantes de la suburbia norteamericana con los aguerridos y jaraneros popes del pub rock británico? Vamos, como si los Smiths ficharan por Norton. Habría dado algo por ver la cara de los ingleses después de escuchar las maquetas de lo que debía ser el segundo disco de los de Haledon. Títulos como “El átomo obediente” no presuponen que el gusto por el pop rock instantáneo que hizo grande a un pequeño sello como Stiff fuera a ser satisfecho, así que no es de extrañar que uno de sus gerifaltes levantara un disco de ¡Lena Lovitch! y preguntara si no eran capaces de hacer canciones como aquellas.

 

La respuesta era obvia, la misma que daría Nick Lowe si le pidieran hacer algo como “Crazy Rythms”. Cuando, reconocidos alérgicos a la vida en  furgoneta, se negaron a formar parte de la gira Stiff con el resto de los grupos de la casa, la suerte estaba echada. Estamos en el año 1981, y a estas alturas la cabezonería de los Feelies había superado demasiados obstáculos como para verse obligados a hacer algo que no querían. Si la alternativa era quedar sin sello, quedarían. Si tenían que desaparecer, desaparecerían.

 

No era algo que se les diera mal. Llevaban apareciendo y desapareciendo en la animada escena neoyorquina de aquellos años desde que en la primavera de 1976 Glenn Mercer y Bill Million afianzaran la primera formación del grupo. En realidad, The Feelies no era más que la continuación del que ambos compartían con Dave Weckerman para tocar versiones de los Stooges y otros iconos de los 60. Se hacían llamar The Outkids, y nacieron el día en que Bill pasa delante de un local en el que alguien toca una versión de “I wanna be your dog”.

 

Fanático absoluto de Stooges y MC5, no duda en entrar y descubrir que alguien en Haledon comparte sus gustos (además de los citados, Velvet, Beatles… raros para la época). Son dignas de ver las pintas que se gastaban en una foto que los muestra como auténticos pandilleros juveniles en un callejón sacado de La Ley de la Calle. Cuando Dave se larga a Londres a empaparse de punk, Bill y Glenn ya habían conectado con los hermanos Keith y Vinny De Nunzio y empezado a componer un repertorio que se mantendría prácticamente invariable desde esas fechas hasta la grabación de su primer LP.

 

Tocan todos los martes en un bar cercano a su Haledon natal, una típica y apacible zona residencial cercana a Hoboken, lo que los americanos llaman “suburb”, puliendo y puliendo las canciones que salen de los intrincados cerebros de Glenn y Bill, sencillas al mismo tiempo que complejas, con pocos acordes, a veces no más de dos, pero con múltiples líneas de guitarra que planean en paralelo o toman distintas direcciones según el momento. A veces se cansan de las guitarras y deciden que Bill toque la percusión, luego deciden que lo que interfiere con las guitarras son los platos de la batería, así que obligan a Vinny a tocar casi exclusivamente los timbales y rellenar los huecos con diferentes tipos de cachivaches percusivos.

 

Los tempos son trepidantes, los ritmos espasmódicos y las guitarras rítmicas echan humo. Las líneas melódicas son simples y las estructuras apenas alcanzan a colocar alguna frase repetida que funciona como seudo estribillo después de las estrofas. Las voces suenan distantes, sin aparentes signos de emoción que las conecten con unas letras telegráficas, a veces acompañadas por unos extraños coros casi tribales. No se parecen a ninguno de sus contemporáneos, así que cuando al fin se deciden a bajar a Nueva York, el único lugar de los EEUU en el que una pequeña banda podía conseguir algo de reconocimiento en aquellos días, no es extraño que llamen la atención del técnico de sonido del CBGB, Mark Abel, que los pone en contacto con Terry Ork, el capitoste de los bajos fondos del negocio discográfico neoyorquino, que a su vez no duda en meterlos inmediatamente en el estudio con Jon Tiven para grabar lo que iba a ser su primer single con Ork Records. Al grupo no le gusta el resultado y el single no sale.

 

 

Cuando vuelven a intentarlo con Mark Abel la cosa mejora, pero el gran negocio que planea Terry Ork, un contrato por el que Polygram se encargue de financiarle los lanzamientos del sello, se va al garete y con él el segundo single de los Feelies. Ellos siguen a lo suyo, a refinar el sonido que tienen en mente en sus escasas actuaciones: sólo tocaban en vacaciones, no más de seis o siete veces al año, tratando de hacer de cada concierto algo único, y después del subidón del principio ni siquiera los ensayos eran tan frecuentes. La leyenda cuenta que muchas de las canciones o ideas para arreglarlas llegaban cuando Glenn y Bill salían a correr por los alrededores de sus casas. ¡Esto sí que es rock’n’roll!

 

A estas alturas ya habían diseñado al milímetro el aspecto que debían ofrecer al público, otra manera más de distanciase del resto de contemporáneos y tratar de llamar la atención. El look definitivo, a medio camino entre los Beach Boys primerizos y el clásico repelente niño Vicente de cualquier instituto, también tenía mucho que ver con su devoción por Jonathan Richman, y consiguió que una de las frases con las que se publicitaban los definiera como “estudiantes de ciencias tocando guitarras”. Así pasan casi un par de años en los que telonean a Richard Hell, Patti Smith o Alex Chiton, van a ver a Television siempre que pueden y empiezan a hartarse de que nadie más que los ya convertidos a su culto les haga algún caso. En aquellos años una buena crítica de la persona adecuada en el medio adecuado todavía podía sacarte del agujero, y eso fue lo que salvó a los Feelies del olvido.

 

En el momento más oportuno, uno de los peores para ellos tras la marcha de Vinny para tocar con Richard Lloyd, aparecen en la portada del Village Voice después de que el crítico de la revista los viera en el Max’s Kansas City tocando para una docena de personas y se convenciera de que estaba ante “la mejor banda underground de Nueva York”. En el primer concierto con el nuevo batería, un Anton Fier curtido en la pujante escena de Cleveland, ya hay cola para verlos, nada menos que Robert Christgau se apunta a lo de “la mejor banda de NY” y las cosas parecen tomar un nuevo rumbo. Maquetas en el estudio de Carla Bley, nombre puntero en el jazz vanguardista, algún que otro sello interesado, ofertas de producciones a cargo de Philip Glass…

 

Por fin en el verano del 79 aparece el primer single de los Feelies. Es Rough Trade la que se anima a editar dos de las grabaciones hechas con Carla Bley, “Fa Ce La”/”Raised Eyebrows”, pero bien porque Geoff Travis no queda contento con el resultado o porque no tiene presupuesto para grabar un Lp completo, al final es Stiff  la que acepta la condición innegociable en cualquier contrato con el grupo: control total sobre las sesiones que darían lugar a “Crazy Rythms”.

 

“Son los tipos más testarudos que he conocido. Sabían perfectamente lo que querían conseguir. Ese disco fue la culminación de cuatro años imaginando como iban a grabar esas canciones. No eran capaces de comprender las ideas de los demás. Francamente, creo que se metieron de lleno en un agujero, pero era el agujero que querían y tenían perfecto derecho a quedarse allí.”

 

Lo dice Mark Abel, que intentó “producir” el disco y se encontró con que apenas podía meter baza en el sonido soñado por el grupo. Él, que  los había visto en directo desde su primera visita a Nueva York, no comprendía que desapareciera el fragor que los acompañaba encima de un escenario, que las guitarras no retuvieran la saturación y el zumbido que galvanizaban a sus audiencias. Los chicos hablan de problemas para conseguir un buen sonido de guitarras, de la consiguiente, e increíble, decisión de enchufarlas directamente a la mesa sin pasar por los amplis, una especie de sacrilegio para cualquier otro grupo, de la influencia de los discos “ambientales” de Eno y Bowie.

 

El disco está plagado de largos silencios que preceden a explosiones de percusión y cascadas de guitarras rascadas obsesivamente, lleno de espacio entre los instrumentos, dominado por un sonido misterioso y distante que exige atención del que lo escucha, pero que acaba por resultar hipnótico. Se mantienen la velocidad y la batería a lo Moe Tucker, golpeada con precisión maníaca por Anton Fier, y unas melodías de guitarra tan importantes y tarareables como los estribillos. Querían dejar claro que no eran un grupo como los demás, y a fe que lo consiguieron. A día de hoy “Crazy Rythms” sigue ocupando una galaxia propia alejada de modas y estilos, difícil de imitar e imposible de igualar, ni si quiera por sus propios autores.

 

“Realmente nunca dijimos “no vamos a seguir tocando juntos”. Simplemente nos acabamos metiendo en otras historias” (Glenn Mercer)

 

 

“Crazy Rythms” ni siquiera llega a tener edición americana. Cuando rompen con Stiff, Anton Fier se va a tocar con los Lounge Lizards; Bill tiene su primer hijo; Glenn se une a un grupo de viejos amigos llamado The Trypes para tocar la batería; Dave Weckerman, que nunca había perdido contacto con el grupo, vuelve a escena; acaban grabando la banda sonora de “Smithereens” de Susan Seidelman recomendados por Jonathan Demme, fan del grupo; siguen grabando maquetas caseras… y cuando se dan cuenta se llaman The Willies.

 

Ahora tocan sentados y a oscuras, mayormente acompañando material que graban y manipulan en cintas, más art rock que nunca, tratando de convertir sus conciertos en una “experiencia anti-rock” (Glenn dixit). Bill acaba uniéndose a The Trypes, y otra mutación del grupo empieza a ensayar las canciones de Dave que más tarde acabarían en el disco de Yung Wu. No, no se puede decir que estuvieran parados. Es más, parece demasiada actividad para alguien que no cree que la música jugara un papel tan importante en sus vidas. Quizá era todo lo que la rodea lo que les sobraba. 

 

Por fin, algo les hace salir de su ensimismamiento. “Ocurrieron un par de cosas. Un día el chaval que nos manejaba las cintas se confundió de velocidad. Otro, los altavoces no funcionaban. El asunto daba demasiados problemas para el esfuerzo que requería. Además las canciones empezaban a tener una estructura más tradicional, más de estrofa y estribillo. Compuse “On the Roof” y no encajaba en los Willies, así que si queríamos tocarla necesitábamos otro grupo. Esa canción marcó el camino a seguir por las siguientes”. (Mercer)

 

Como a pesar de la amistad, el estilo a la batería de Dave seguía sin encajar en su manera de ver el sonido del grupo, le encargaron la percusión e incorporaron al que baqueteaba en The Trypes, Stanley Demeski, y para que todo quedara entre amigos del bajo se ocuparía Brenda Sauter, la bajista de… eso es, The Trypes. Estamos en 1983 y The Feelies vuelven a al carga. Atrás quedaron los pulcros cortes de pelo y los jerséis de cuello en pico. La naturalidad se impone.

 

Nada más se empieza a correr la voz de que han vuelto les proponen nada menos que una gira de veinticinco conciertos por todo el país. A ellos, que lo máximo que se habían alejado de los alrededores de Nueva Jersey y Nueva York había sido para dar un par de conciertos en Londres y tres o cuatro en la Costa Oeste. Sorprendentemente se animan y allá los tenemos cubriendo ese pequeño circuito, inexistente cuatro años antes, que grupos como REM, Black Flag o los Replacements estaban inventando de la nada en escenarios improvisados, a base de furgoneta y colchones en el suelo de alguna alma caritativa, y alimentado por una radio universitaria que ha cambiado el AOR por la promesa de un nuevo rock americano.

 

Su sorpresa es mayúscula cuando comprueban que hay un público para su música a pesar de no haber grabado nada en cuatro o cinco años y no poder ofrecer más que un puñado de nuevas canciones. Para acabar de redondear su vuelta, el dueño de su querido y semi legendario club Maxwell’s de Hoboken, un buen amigo que hace las veces de manager informal, les habla de la oportunidad de grabar para su pequeño sello, Coyote, y ser distribuidos por Twin/Tone. Aunque después de la experiencia con Stiff  sienten auténtica alergia a los tratos con discográficas, la amistad con Steve Fallon les convence de que merece la pena intentarlo de nuevo.

 

Mmmm!! “The Good Earth”, demasiados recuerdos personales como para mantener la distancia que cualquier profesional debería guardar con el tema que se trae entre manos. Este fue el disco con el que descubrí a The Feelies, el que me convertiría en inquebrantable defensor de cualquier cosa en la que  apareciera su nombre. Sabía de su existencia, pero no tenía ni idea de a que podían sonar, así que cuando me acerqué a preguntar quienes eran aquellos que sonaban en el bar, todo encajó como un guante. No sólo era cierto lo que decían de ellos, aquello era incluso mejor.

 

Todas las características del primer disco siguen ahí, pero, de alguna manera, ya la portada nos da entender que el frenesí de una ciudad como Nueva York ha dejado paso a una visión más rural de su particular modo de entender la música. A modo de reverso folk rock de “Crazy Rythms”, en “The Good Earth” desaparece el punto nervioso que dominaba a su antecesor, para dejar paso a un ambiente más radiante sin renegar de sus señas de identidad: las baterías pierden el toque histérico sin dejar de conservar el característico uso de los timbales, y con Stanley Demeski ganan una inconfundible y cadenciosa propulsión rítmica; las guitarras acústicas comen espacio a las eléctricas en el entramado de fondo; las solistas siguen delineando melodías trazadas con matemática precisión, y en “Slipping into something” se desmelenan en un arrebato anfetamínico; las canciones presentan una cierta estructura clásica sin caer en obviedades, y a pesar de que la voz queda ciertamente escondida en la mezcla final, el resultado es un luminoso disco de carretera ideal para conducir tranquilamente por una autovía sin tráfico en un día de sol. Si en “Crazy Rythms” todo estaba pensado hasta el más mínimo detalle, aquí manda la naturalidad de un grupo tocando las canciones que acaba de componer, mientras el productor, un fan llamado Peter Buck que se ofreció gentilmente para hacer el trabajo, se limita a reconocer las mejores tomas.

 

 

A partir de aquí, se puede decir que los Feelies se convierten en un grupo “normal”. Giran dos o tres veces al año por los EEUU, telonean a REM cuando estos debutan en los grandes pabellones de deportes y viajan a Europa por primera vez. Las cosas pintan bien para el grupo, y por fin Jonathan Demme, otro fan, puede trabajar con ellos. Mercer: “A principios de los 80 nos había propuesto rodar un concierto en nuestra ciudad. El lo describía como un cruce entre “El último vals” y “La noche de los muertos vivientes”. Estaba obsesionado con la vida en las ciudades pequeñas y las zonas residenciales. Su idea era convertir a todos los habitantes en zombies que se dirigen hacia un lugar indeterminado que resulta ser un concierto de los Feelies. Los zombies entran, y cuando el concierto acaba rejuvenecen y recobran su vida. No pudo venderle la idea a nadie pero mantuvimos el contacto”.

 

Viendo lo que ha hecho Demme más tarde con los Talking Heads, Neil Young o Robyn Hitchcock, no podemos más que lamentar la oportunidad perdida. Ahora los coloca en “Algo salvaje”, amenizando una típica fiesta de antiguos alumnos a base de versiones de época, además de sonar como música de fondo en alguna escena viajera. Se les puede ver tocando “Fame” de Bowie y “I’m a believer” de los Monkees, aunque Glenn Mercer lamenta que Sylvester Stallone no cediera los derechos del tema central de Rocky que tenían preparado.

 

Antes de meterse a grabar el siguiente disco a su nombre, de deciden a publicar las canciones que durante este tiempo había compuesto Dave Weckerman, que no encuentra mejor nombre para su proyecto que Yung Wu. “Shore Leave” aparece al año siguiente the “The Good Earth”, y se puede tomar como su hermano menor pero indudablemente simpático. Grabado en los mismos estudios y producido por Mercer y Million, el sonido es prácticamente el mismo, con los detalles del teclado de John Baumgartner, otro Trype, y  las agradables canciones de Weckerman, y su curiosa voz, tienen la suficiente personalidad como para mantener una identidad propia al margen del grupo madre. Como bonus, excelentes versiones de “Powderfinger” de Neil Young, “Big day”  de B.Eno/P.Manzanera y “Child of the moon” de los Stones.

 

El fichaje por A&M en 1988, les da la posibilidad de grabar en mejores estudios y con más tiempo a su disposición, algo que queda reflejado en “Only Life”. Todo suena ahora más lleno, más potente, quizá más standard, pero igualmente inconfundible. La voz gana peso en la mezcla final, se amplía la paleta de colores en las guitarras, con Glenn Mercer en estado de gracia, recuperan gran parte de la velocidad perdida en “The Good Earth” y demuestran que la asiduidad con la frecuentan los escenarios los ha convertido en un grupo mucho más poderoso. Cierran su disco más velvetiano con una acelerada versión de “What Goes On”, aunque sus referencias son más amplias de lo que normalmente se les reconoce.

 

En su única visita a España, precisamente para presentar este disco, Bill Million habla de su gusto por “el nuevo disco de Yo La Tengo; creo que se están convirtiendo en algo grande. Meat Puppets, Love Tractor, Big Dipper, Neil Young, Jefferson Airplane y por supuesto, sigo con MC5 y los Stooges. Les vi en muchas ocasiones en directo y fueron mi primera influencia. Ellos, y la forma de tocar la guitarra de Lou Reed y Sterling Morrison en Velvet Underground, ese sonido tan sencillo pero elaborado. Aunque no cambiaron decisivamente mi vida. Les conocí muy al principio. Tengo treinta y cinco años y estoy interesado en la música desde que vi por televisión a los Beatles. Eso sí fue un acontecimiento, yo era muy joven pero recuerdo que revolucionaron América”.

 

El que parecía ser su disco definitivo, el que los colocaría en una posición al menos desahogada, sufre un frenazo imprevisto cuando Polygram engulle a A&M en uno de esos clásicos movimientos de una industria que parece devorarse a sí misma, y los fans del grupo que habían conseguido su fichaje desparecen del mapa. Ellos siguen a lo suyo, se embarcan en una gira con Lou Reed, en la que incluso consiguen que la gárgola neoyorquina se suba al escenario con ellos para celebrar el último concierto interpretando “White Light, White Heat”.

 

De todos modos parece que ya entonces el ritmo de conciertos empezaba a hacer mella sobre todo en Bill Million, más aún al ver que el esfuerzo colectivo no se veía respaldado por sus nuevos jefes. Cuando deciden dar el salto de los clubes a los teatros la cosa no salió como  pensaban, la economía se resiente y la tensión se hace más palpable. Tal vez debieron suponer lo que al final terminaría por suceder, cuando en la grabación de “Time For a Witness” Bill se empeñó en que “no iba a haber absolutamente nada con lo que no quede contento y que no resulte exactamente del modo que yo quiero”. La grabación más meticulosa del grupo (ellos hablan de una semana para grabar la canción que lo titula ante la insistencia de Million), parece cerrar su historia volviendo como en un círculo al ambiente de “Crazy Rythms”.

 

Si el gafoso co-líder de los Feelies tenía ya en mente despedirse con un gran disco, a fe que lo consiguió. Mercer da otro paso al frente reclamando su puesto de guitar hero subterráneo, ahora echando mano de una distorsión más agresiva que tiene su reflejo en una absolutamente desinhibida manera de cantar inédita hasta ese momento en su discografía. Por supuesto que sigue habiendo sitio para las guitarras cristalinas y los estribillos ensoñadores, para los largos solos de guitarras en paralelo sobre un acorde, pero todo suena ahora de una manera más transparente, decididamente más directa. Nada hacía pensar en un grupo agotado creativamente. A pesar de manejar los mismos ingredientes a lo largo de su carrera, de alguna manera cada disco de los Feelies tiene una característica que lo diferencia de los anteriores, y “Time for a witness” de ninguna manera sonaba a despedida, más bien al contrario, quizá sea el disco más eufórico y enérgico de su carrera, que no por nada se despide con una enconada versión del “Real Cool Time” de sus idolatrados Stooges.

 

Cuando vuelven la vista atrás y tratan de adivinar las razones de la repentina marcha de Bill Million del grupo que tanto le había costado sacar adelante, Glenn y Dave hablan de las deudas acumuladas con la compañía por las pobres ventas de su último disco y las facturas de los grandes estudios a los que los enviaban a grabar, deudas que a su vez les impedían salir de gira; del nacimiento del tercer hijo de Bill y su necesidad de asegurar la estabilidad económica de su familia, de su hastío con una vida que cada vez se parecía más a la de cualquier grupo siempre en gira, algo de lo que siempre habían huido. Tratan de buscar explicaciones, porque nadie esperaba su decisión, pero lo cierto es que Bill acepta un trabajo en Florida, se disculpa por carta y no le verán el pelo en muchos años. Stan Demeski entra en Luna, grupo con tantas cosas en común con los Feelies, Brenda se casa, y así, sin hacer ruido, The Feelies desaparecen otra vez, pero ahora definitivamente.

 

 

 

Wake Ooloo / Sunburst

 

Tras la espantada de Bill Million, Glenn Mercer y Dave Weckerman siguen sintiendo la irresistible necesidad de encerrarse en una habitación y tocar: “No pensábamos en formar un grupo. Simplemente en descargar el exceso de energía. Sea lo que sea que te lleva a hacer música, todavía lo teníamos. Así que tocábamos”. (Glenn Mercer). 

 

Estas informales jams de guitarra y batería serían el germen de lo que un par de años más tarde se convertiría en Wake Ooloo cuando un viejo amigo, Russel Gambino, y un  ex roadie de los Feelies, Troy Meiss, se hicieran cargo de teclados y bajo. Como Glenn no tiene ganas de perder el tiempo desarrollando una combinación de guitarras como la que mantenía con Bill Million, quizá consciente de que sería inútil, sube el volumen del amplificador, pisa el pedal de la distorsión y no mira atrás. Entre 1994 y 1996 publican tres discos con Pravda, el mismo sello de Chicago que ahora publica el disco en solitario de Glenn Mercer.

 

Apenas hay diferencias entre “Hear no evil”, “What about it” o “Stop the ride”, que vueltos a escuchar hoy suenan absolutamente disfrutables. Los más que discretos detalles de los teclados de Gambino no hacen más que resaltar el ataque inmisericorde de Mercer. No faltan, bien que ahora más escasos, los clásicos remansos acústicos, y alguna que otra de esas características canciones de Weckerman en su inconfundible voz, pero esta fiesta tiene un anfitrión indiscutible que no pierde ocasión de lanzar feroces solos sobre riffs mínimos que en no pocas ocasiones convierten su música en un moderno rock de garaje. Excusamos decir que pasaron desapercibidos en medio de la marea grunge e indie que barrió los 90, tanto, que incluso una revista como ésta, que tan profusamente documentó la andadura de los Feelies en vida, ni siquiera reseñó su existencia. A recuperar.

 

Cuando Wake Ooloo pasa a mejor vida debido a los compromisos laborales de alguno de sus miembros, nuestro incansable protagonista y su fiel escudero Dave Weckerman no tardan en liarse con viejos amigos de los Trypes, luego mutados en Speed the Plough, en un nuevo proyecto de nombre Sunburst. No llegan a editar nada oficialmente pero las demos que aparecen en su web nos permiten escuchar otra cara de Mr. Mercer, cantando junto a una voz femenina y jugando con otro tipo de ritmos. La música es más cuidada y alejada del patrón Feelies, dominada por los teclados y con detalles de flautas y otros instrumentos de viento. Pop de cámara en el que Mercer deja ocasionalmente su tarjeta de visita. Aunque a estas alturas ya suene redundante, merecieron mejor suerte.

 

 Carlos Rego

(Ver también entrevista con Glenn Mercer)

 

 

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