Tarik y la Fábrica de Colores 2008

Tarik y la Fábrica de Colores, después de la niebla

Primero fueron los Yacentes. Desde Córdoba, Álvaro Muñoz comandó componiendo y tocando la guitarra en aquel grupo que editó un mini-LP con la discográfica DRO antes incluso de que Los Planetas hubieran imaginado tener un grupo. En 1990 apareció su primer disco con su nuevo proyecto, Tarik y la Fábrica de Colores. Tras una larga etapa en Londres, Tarik (nombre que utilizaba su abuelo para escribir crónicas taurinas) volvió a su tierra y grabó un segundo disco ocho años después. En 2005, tras otro periodo de tiempo igual, reaparece con su tercer disco, Sequentialee, el primero de esta nueva trayectoria. Ahora edita El hueso y la carne, tan sólo dos años después.

¿Se puede diferenciar ya tu trayectoria en dos etapas?

– Sí. Está la etapa de Mushroom Pillow y, por otro lado, todo lo que hubo antes, mucho más discontinuo y accidentado.

Ahora llegas con un segundo disco desde tu vuelta. ¿Qué recuerdas de los primeros y cómo los ves hoy?

– El primero (Tarik y la Fábrica de Colores, 1990) está demasiado sepultado en el tiempo como para que me queden recuerdos. Tengo una memoria horrible. Sólo sé que la producción no se ajustaba al sonido del grupo y eso nos desanimó un poco. Bueno, eso y el hecho de que la promoción y la distribución fueron muy malas. Aún así todavía llevamos en los directos el tema estrella, “Entonces por qué”. Curiosamente, sigue sonando actual. Del segundo (On The Radio, 1998) ahora pienso que es un grandísimo trabajo. Caprichoso, a contracorriente, atrevido, lo que quieras, pero un grandísimo trabajo. Rockdelux lo incluyó en su lista de los mejores discos de los 90. Yo, claro, no me lo creo.

¿Cómo te cogió la recepción a Sequentialee?

– Con sorpresa y emoción. No esperaba que se dijeran cosas tan buenas de él. Hago todo lo posible por hacer un gran disco, pero luego me sorprende que haya quien lo escuche con tanto entusiasmo. Es un sentimiento muy extraño: primero crees que tu disco es el mejor del mundo, pero luego no te acabas de creer que alguien lo tenga entre sus favoritos del año.

¿Es cierto que te cuesta entrar en el estudio? ¿Prefieres el directo?

– No entro en el estudio hasta estar seguro de que se dan todas las condiciones para producir un trabajo excelso. Luego está lo del éxito traducido a cifras de ventas, pero nuestro éxito particular es el de hacer un buen trabajo que va a quedar inmortalizado para la historia, se venda poco o mucho. No nos podemos permitir un churro.

Sin embargo, en esta ocasión has editado dos discos con poco tiempo en medio. ¿Había muchas canciones, ganas de seguir editando cosas, intención de grabar con la gente del directo?

– Primero había un contrato con Mushroom Pillow y, obviamente, también muchas canciones e ideas. Estoy en un buen momento creativo.

En el nuevo álbum, la voz parece más difuminada en la mezcla. ¿Es intencionado?

– Si dejas la voz más envuelta entre las guitarras, el sonido se hace más grande, más abierto, entre otras cosas porque las guitarras ganan presencia.

Veo algún guiño en las canciones. Por ejemplo, en “Anticipo” a “There Is A Light That Never Goes Out”. ¿Correcto?

– Más bien a “There She Goes Again”, lo que explica que posiblemente también The Smiths hicieran guiños a The Velvet Underground.

¿Algún otro que nos quieras descubrir?

– “Tiene que pasar” rinde pleitesía a un riff impagable de The Who en “Little Billy”.

 

Al final hay tres canciones bien distintas: una acústica, una casi punk y otra que habla de Chopin y Jobim. ¿Queda claro así que tienes gustos muy diversos?

– Sí. Siempre se habla de lo evidente: que si Velvet, que si Young, que si northern soul, Super Furry Animals…, pero si nos ponemos a analizar influencias y a retroceder en el tiempo, podríamos ir a los discos de Modugno o di Bari que mi madre escuchaba cuando yo era pequeño, hasta llegar a mi pasión por el Barroco.

¿Qué te motiva a la hora de escribir las letras? ¿Siguen siendo las mismas cosas?

– No siempre me baso en historias reales o vivencias personales. Si todo lo que escribo tuviera que ver con mi vida, ¡sería ya un anciano de noventa años! A veces ni siquiera escribo sobre historias concretas, sino más bien sobre emociones, impresiones… Todo lo que pueda turbar al oyente. El pop es algo muy primitivo en su esencia, y ha de estar dirigido a encender las emociones de forma directa.

¿Crees que la música que uno escucha en su adolescencia es la que marca para toda la vida, aquella a la que vuelves siempre?

– No necesariamente. Una de las cosas que más me satisfacen de mi pasión por la música es el hecho de poder descubrir constantemente discos y artistas que antes no conocías. Cuando alguien llega a tu casa y te dice “mira lo que he descubierto”, lo oyes y de repente parece como si se renovara el aire. Y luego pasas años enganchado a eso.

¿Algún descubrimiento musical reciente?

– Oigo con mucho interés Andorra, de Caribou. Fue un descubrimiento de mi hermano Marcelo, que suele comprar discos compulsivamente, a ciegas, con lo que busca sorprenderse a sí mismo. En ocasiones, como en este caso, positivamente. A veces nos descojonamos de risa. Un día viene y me dice “Álvaro, pedí a Japón un disco de un tal (Yohishiro Tagamochi, por ejemplo), y mira qué bodrio”. Y, efectivamente, es infumable.

¿Ves la evolución en tus discos o eso es algo difícil de distinguir desde dentro?

– Hace falta distanciarse en el tiempo para ver esa diferencia de una forma nítida, pero siempre me planteo abordar un nuevo trabajo desde un plan inicial que parte de la voluntad de cambio. No podría perdonarme la simpleza de hacer un disco igual que el anterior. Sin embargo, la esencia ha de ser siempre la misma: la intención de hacer buenas canciones. Singles. Ésa es la historia del pop.

¿Es más difícil hoy el mundo de la industria musical que hace unos años desde tu experiencia?

– Sigue siendo igual de difícil encontrar una compañía discográfica que se interese por tu trabajo, pero hay muchas otras plataformas que te permiten promocionarte con mayor difusión. Todo gracias a Internet.

¿Ha cambiado mucho tu forma de enfrentarte a la música o tus ambiciones desde los Yacentes?

– Básicamente, no he cambiado mucho: sigo buscando el acorde perdido.

Por último, ¿cuál es la mejor anécdota de todos estos años en la música?

– Mi primer grupo, Los Yacentes, tocamos en Sevilla con The Kinks a mediados de los 80. Fue increíble, yo tenía como 18 ó 19 años y no paraba de fumar porros y de beber alcohol, así que lo recuerdo todo como en una nebulosa, ¡pero Ray Davies vino a saludarnos a nuestro camerino!

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