STILL BILL

Still Bill: Bill Withers en el -voluntario- exilio

 


 

¿Es posible que un músico envejezca dignamente? Sí, y la prueba es Still Bill. Más que la película en sí, la prueba -viviente- es Bill Withers, retratado en su exilio voluntario en este documental dirigido el año pasado por Alex Black y Damani Baker y que se ha podido ver en nuestro Estado gracias al Festival Beefeater In-Edit (en filmin.es durante toda esta semana).

 

 

 

 

Alguien podría pensar en una filmación al estilo de ¿Qué fue de…? Pero, a diferencia de este tipo de productos audiovisuales en los que se recupera a un artista que cayó en la desgracia o el olvido, el caso de Bill Withers es muy diferente: hace 25 años, voluntariamente, decidió dejar la industria musical y continuar siendo una persona, simplemente, por difícil que parezca o por complicado que les resulte al resto.


 


De todas formas, no fue una sorpresa total. Cuando el éxito llamó a su puerta, gracias a “Ain’t No Sunshine” (y, después, “Lean On Me”, “Use Me”, “Lovely Day” o “Grandma’s Hands”), a Bill Withers le pilló a contratiempo, algo mayor, y desde el primer momento quiso conservar sus amistades y su familia, sabiendo que aquellos que nunca verán ni han atisbado la fama son tan dignos o más que los que sí lo han hecho.


 

El ejemplo más claro está en una entrevista de los años 70 recuperada en la cinta junto a otras de la época. El presentador le pregunta: “¿Qué prognosis haces para tu carrera? ¿Crees que podrás seguir siendo como eres?”. Inmediatamente, Withers le responde: “Primero he de ser alguien que sepa lo que significa “prognosis”. En una sola línea quedaba claro que Withers no estaba hecho de la misma pasta que el resto de los artistas, los que buscan la fama y el reconocimiento, sino que la persona iba por delante en su caso.


 


Siendo así, no es de extrañar que la personalidad que se deriva de Still Bill sea la de un septuagenario bonachón, honesto, preocupado por la familia, lejos del oropel, que lleva casado casi 50 años con la misma mujer, que sigue grabando canciones en su estudio casero (aun reconociendo que no sabe cómo funciona y que se estropea por no usarlo adecuadamente) y que no tiene ningún interés en editarlas.


 

La cámara lo acompaña en su regreso al pueblo minero que lo vio nacer, que Withers recorre con su amigo de la niñez, recordando la segregación racial de entonces y añorando a su abuela, la persona que definió su carácter (sí, la de “Grandma´s Hands”). También lo sigue en sus actos benéficos del presente con niños tartamudos (él lo fue hasta los 28 años), en su reencuentro con los compañeros de la Marina o en sus esporádicas apariciones públicas, que él escoge personalmente en la actualidad.


 


Al mismo tiempo, se repasan sus 14 años en activo y se descubre que sus mejores canciones las compuso mientras ensamblaba retretes para los Boeing 747. El presente se refleja en una colaboración con Raúl Midón mientras componen una nueva canción y en la ayuda -y crítica- a su hija, que pretende seguir los pasos de su padre.


 

Por suerte, la película no incide en la acostumbrada hagiografía en la que todos hablan de la relevancia del protagonista en el mundo de la música (excepto Sting, quien, ademá,s no queda claro qué pinta ahí). Los recelos, por el contrario, se derivan del enfoque dado por los directores, por cuanto no hay ni un sólo segundo en el metraje que hable de dudas, malos momentos o algún rasgo negativo del protagonista, ya que nadie tiene ni media palabra en su contra. ¿Es realmente así o no se quiso hurgar en esas tinieblas en el ocaso de su vida? Si el personaje está retratado tal cual es, entonces está claro que cuando nos deje -parafraseando su mejor canción- la luz de sol no brillará de la misma forma.


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