SHARON JONES & THE DAP KINGS

Sharon Jones, superviviente del soul

 

  

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Sharon Jones no para de hablar. Uno duda si comentarle algo de su enfermedad y cómo hacerlo sin violentarla, pero ella empieza directamente sin que se le pregunte contándole -a alguien que acaba de conocer a través de la pantalla- su lucha contra el cáncer, enseñando las marcas: cabeza rapada, manos rugosas, frente sin cejas, secuelas en distintas partes del cuerpo… El relato causa estragos: al rato está llorando, aunque pronto recupera la entereza hablando de sus planes con su banda, The Dap Kings, para los próximos meses. Un auténtico carrusel emocional.

Cuenta Sharon atropellada y vehementemente que todo empezó en abril, en un concierto en Boise, cuando sufrió un colapso encima del escenario. Tras semanas de incertidumbre, se le diagnosticó un cáncer en fase 2en su conducto biliar. Se sometió a una operación que la dejó sin una vesícula biliar, la parte superior de su páncreas y medio metro de intestino delgado enfermo. “Tuvieron que reconstruir el conducto biliar y conectarlo a mi estómago”, recuerda.

 

Desde entonces, siguió un círculo semanal bastante desagradable de quimioterapia y esteroides. Su cuerpo ya no produce suficientes enzimas para digerir adecuadamente los alimentos, así que tendrá que tomar siempre píldoras de enzima, algo que supo cuando un día no tomó la dosis necesaria y casi muere en urgencias.  Los medicamentos prescritos le produjeron unos efectos secundarios desagradables y Jones buscó una solución en la marihuana medicinal. El pasado 31 de diciembre tuvo su última sesión de quimioterapia, y este mismo mes de febrero reaparecerá sobre un escenario.

 

¿Qué fue lo que te dio la fuerza necesaria mientras estabas en el hospital?

            – Aunque quedé totalmente anulada durante estos meses, sin fuerza, sé que la recobraré. He estado demasiado tiempo en casa parada. Como alguien que ha estado haciendo esto durante 19 años, está claro que tengo que seguir. La música es mi felicidad, con lo que disfruto. Tan pronto como salga ahí, mi ejercicio será cada noche en el escenario, mi puesta a punto.

 

No has tenido miedo de aparecer con la cabeza rapada en el video de “Stranger to My Happiness”. Pareces estar diciendo que hay que enfrentarse a ello, que se puede superar.

            – Evidentemente, no me gusta cómo me veo ahora mismo, pero no voy a esconderme. Es algo natural, así que prefiero mostrarme como soy. Me propusieron hacer el video con una peluca, pero dije que no. Así me sentía en ese momento. Todo lo que ahora sufro y no tengo, desaparecerá y volverá.

 

¿Cómo te sientes ahora? Falta poco para tu regreso.

            – Sí, pero antes estaré en varios programas de televisión en enero, en los shows de Jimmy Fallon, Ellen DeGeneres o Connan O’Brien cuando se edite el disco. Para el seis de febrero tengo que recobrar la fuerza, y ya sabré exactamente lo que podré aguantar.

 

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Ha sido un largo camino hasta llegar aquí, una historia que parecía truncar su final feliz con este último episodio. Sharon Jones nació en North Augusta, Carolina del Sur, en una casa que no tenía agua corriente y con una letrina en la parte trasera. Con una estufa de leña se calentaban ella y sus cinco hermanos mayores en los meses más fríos. Su padre, Charlie Jones, le enseñó a pescar, una afición que sigue manteniendo hoy y con la que se relaja cuando sus compromisos se lo permiten.

 

No todo era paz en la relación entre sus padres. Las palizas de su padre hicieron que su madre y sus hermanos se marcharan a Nueva York para empezar una nueva vida. Jones comenzó a cantar de niña en la iglesia, utilizando cualquier instrumento que tuviera a mano. Fue a la Universidad de Brooklyn. Consiguió un papel en una obra teatral y acabó cantando en una banda que tocaba en bodas, además de trabajar como funcionaria de prisiones en Rikers Island. Tras la amenaza de una revuelta en la cárcel, acabó dejándolo en 1990. Entendió que aquello no era lo suyo y apostó por la música.

 

Cuando el cantante de soul Lee Fields necesitó un trío de chicas como coristas, el novio de Jones propuso su nombre. De ahí surgió el contacto con Gabriel Roth y el sello Desco. La formación de The Dap Kings fue el siguiente paso. El resto, cinco discos, ya es historia, paralizada el año pasado cuando su sexto y nuevo álbum, Give the People What They Want, previsto para agosto, tuvo que para su edición. La banda se tomó un descanso forzado. Ahora hay ganas de salir y comerse el mundo. Eso es lo que parece indicar su título: Dar a la gente lo que quiere. 

 

Este es el disco que debería haber sido editado hace algunos meses, así que las letras ya estaban escritas. ¿Encuentras algo en ellas que puedas relacionar con lo que has sufrido? Hay títulos elocuentes como “Retreat” (“Retirada”), diferente a lo que habías grabado hasta ahora, o “Stranger to My Happiness” (“Extraño a mi felicidad”).

            – Ciertamente, se trata de algo extraño. Ahora se pueden leer los textos de otra forma, dado lo que ha pasado, pero son canciones que tienen más de un año. De todas formas, yo hago las canciones mías encima del escenario, y por ahora no lo he hecho plenamente. Tengo que aprendérmelas completamente antes de empezar la nueva gira. “Retreat” es un buen ejemplo. Esa canción tiene ahora un nuevo significado. Cuando vi el video, con los lobos negros persiguiéndome… ¡Dios mío! Era como si estuviese viviendo todo lo que había pasado en los últimos meses. 

 

Es el disco en el que más ha colaborado toda la banda.

Exacto. Antes era Gabriel Roth quien  componía la mayor parte de las canciones, pero ahora interviene también el resto. Para este álbum llegamos a tener 22 canciones, lo que da una idea de la participación de todos y, también, de su nivel.

 

 

 

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¿Cuál ha sido tu parte en este caso? ¿Cómo has contribuido?

            – En este disco no ha podido ser porque tuve que cuidar de mi madre, que moriría al poco tiempo. Cuando llegué, dos semanas después, ya tenían las 22 canciones. En el estudio trabajaron con mi corista Sandra porque yo no estaba. No me gusta que sea así, ya que si las canciones se preparan para una voz, luego es más complicado. Pero, en fin, no quedó otro remedio. De hecho, el disco está dedicado a mi madre y al hermano de Neil, ya que los dos fallecieron mientras preparábamos el disco. Aunque sea nuestro sexto disco, casi se puede decir que es nuestro primer álbum por su importancia.

 

Habéis incorporado al grupo a The Dapettes, Sandra Williams y Starr Duncan. ¿Cómo resulta sentir el respaldo de las coristas?

            – Sandra y Starr estaban en mi grupo de bodas. Nos conocemos desde los 90. Estuvimos juntas unos 8 o 9 años. Nos reencontramos hace unos tres años y ahora las tengo conmigo. Es perfecto.

 

Una de las cualidades de vuestra música es que parece algo real de un grupo de gente que toca y lo vive.

            Somos como hermanos, unidos por una causa, y el amor que ponemos en lo que hacemos es lo que le da esa cualidad. Pasa también con el último en llegar, Joe Crispiano. Debo recodar a mi antiguo novio, que fue a través de quien conocí a los que hoy mi banda.

 

¿Recuerdas aquella sesión en la que todo empezó, al grabar en 1996 “Switchblade”?

            – Sí. De repente tenía delante de mí a un montón de músicos jóvenes y no sabía cómo tomármelo. Ni siquiera era yo quien iba a cantar. Lo pasamos muy bien, pero nunca creí que llegase tan lejos. Incluso ralentizaron el ritmo y la voz de la canción cuando acabaron. Un año después, Gabriel vino y me dijo si quería participar con ellos en su nueva banda.

 

¿Y aquel mes que pasaste en Barcelona en 2001?

            – La promotora apostó por nosotros y siempre se lo agradeceré. Nos dio un montón de confianza, nos hizo crecer como banda y nos parecía que éramos unas estrellas. Nos metieron en un apartamento, tocábamos a diario en La Boite e íbamos mucho al Jamboree Jazz Club. ¡Llegamos a pensar en mudarnos a Barcelona de lo mucho que lo disfrutamos!

 

Tengo entendido que VH-1 está haciendo un documental sobre tu vida, dirigido por Barbara Kopple.

            – Son un gran equipo y lo están filmando todo. Se han metido de lleno en mi vida, con todo lo de la enfermedad y la preparación del disco. Creo que pararán de rodar en el primer concierto de febrero y, después, quieren lanzar la película antes del verano.

 

Has tocado con John Legend, Booker T. and the MG’s, David Byrne, Stevie Wonder, They Might Be Giants o Rufus Wainwright. Pero me gustaría saber tus recuerdos de tu colaboración con Lou Reed.

            – Sí, canté “Sweet Jane” en Australia en un par de conciertos. Después me invitó a ir de gira por Europa, pero tres días antes tuve que renunciar porque me ofrecieron hacer una película con Denzel Washington (Grandes debates) y pensé que era una experiencia interesante para mí. Curiosamente, nunca vi un video de aquellas actuaciones con Lou Reed hasta hace poco, el día después de su desaparición: murió un domingo y el lunes un amigo me lo enseñó.

 

Aprendiste a cantar escuchando a las grandes como Aretha Franklin, Tina Turner, Etta James, Nina Simone… ¿Te sientes parte de esa tradición?

            Es algo muy grande. Desde siempre las he seguido a todas y siempre quise conocerlas. Cuando pude hablar con Aretha Franklin, no fue como había imaginado. Espero que no sea igual con las demás. Me llamaron para cantar “Respect” y “Do Right Woman” en el Apollo cuando le concedieron la mención en el Walk of Fame. Sabía que había sido desagradable con otras cantantes, pero aun así me presenté y le dije lo que había representado para mí. Contestó con un “Hum”, aunque creo que intuí una sonrisa. La verdad es que ahora no sé si quiero conocer a alguna más.

 

¿Cuál ha sido el mayor orgullo de tu carrera?

            – No puedo pensar en una única cosa. Tocar con Prince. Hacer What’s Going on con John Legend o con Stevie Wonder. Cantar con Lou Reed. Conocer a Mavis Staples. Y me gustaría seguir trabajando con esa gente a la que he admirado durante años. También quiero seguir recibiendo a la gente joven que viene y me dice que les he inspirado y, a poder ser, no tratarlos como Aretha hizo conmigo.

 

 

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