Sgt. Pepper, la película

Sgt. Pepper, la película alucinógena

 

 

“No existe The Beatles ahora y nunca se tocó Sgt Pepper’s en directo. Cuando se edite nuestro disco será, de hecho, como si el suyo nunca hubiera existido”. Robbin Gibb lo afirmó en 1978 mientras filmaba la película homónima, un ego-trip a mayor gloria del productor Robert Stigwood (Grease, Tommy) y el mejor ejemplo de una mala idea que resultó aún peor de lo imaginado, en una mezcla alucinógena que combinaba de todo: palcos con forma de hamburguesa gigante, camas-vinilos, boy-scouts danzarines, monjas y curas, carruajes funerarios, enfermeras lujuriosas o referencias sexuales involuntarias (el personaje de Strawberry Fields cantándole a su pareja “Déjame llevarte allá abajo, porque yo también voy…”).

 

Como director, un peón de Stigwood llamado Michael Schultz, ‘recordado’ por Tarzán en Manhattan. Sus protagonistas, Peter Frampton (engañado creyendo que Paul McCartney participaría) y los Bee Gees, ambos en lo alto de las listas con, respectivamente, Frampton Comes Alive y Fiebre del sábado noche. Ni así les dejaron decir una palabra, después de que alguien llegase a la conclusión de que el acento británico de Frampton y el australiano de los Bee Gees no era bueno para la taquilla, aunque a nadie le importó tampoco que ninguno fuese precisamente Charlie Chaplin. Si los cantantes no sabían actuar, los actores (George Burns -quien parece tener 182 años-, Steve Martin o Donald Pleasance) no podían cantar en absoluto y nadie sabía bailar (excepto Billy Preston).

 

No es todo: el guion es obra de Henry Edwards, quien nunca había escrito nada antes. ¿Y qué contaba? Ah, sí, una imaginativa idea que cambiaría la historia de los musicales: Peter Frampton y The Bee Gees son unos trovadores de melena al viento que se lanzan al estrellato después de firmar con el sombrío sello discográfico de Donald Pleasence, sólo para ver cómo cambia su suerte después de que sus mágicos instrumentos musicales sean robados por el villano Mean Sr. Mustard, un trepa inmobiliario que recibe órdenes de un malvado ordenador en un bus.

 

 

El cuarteto debe entonces usar todo su repertorio de miradas vacías, muecas de aficionados, inexistente carisma y apáticas revisiones de lo que hasta entonces eran clásicos de The Beatles para recuperar la tuba de la paz. Todo se va al garete cuando la pretendida de Frampton, Strawberry Fields (sí, ella), muere en una escaramuza risible con Aerosmith. El guitarrista trata de suicidarse entonces saltando de un edificio. ¿Qué lo salva? Nadie sería capaz de imaginarlo en su sano juicio: ¡Billy Preston, músico de sesión de The Beatles, en un impagable papel de Deus Ex Machina con rayos mágicos en la punta de sus dedos! Tal era el despropósito que en unos cuantos cines la gente gritaba para que Frampton se estrellase contra el suelo, esperando así que aquella tortura acabase cuanto antes.

 

Cuando parece haberse tocado el fondo del fondo, una selección totalmente errónea de estrellas invitadas irrumpe en pantalla para recrear la portada del disco, convirtiendo en un insulto todo aquello para lo que The Beatles había trabajado. El número de cierre es la guinda del pastel con toneladas de mierda sosteniéndola. ¿De verdad no había mejor manera de terminar un homenaje a The Beatles que con Carol Channing, Keith Carradine, Sha-Na-Na o Leif Garrett?

 

Y no hablemos de la banda sonora: a pesar de contar con el productor y el ingeniero de The Beatles (George Martin y Geoff Emerick) fichados para hacer de Judases traicionando a sus antiguos maestros, el disco cuenta con varios momentos para el escarnio eterno (del que solo se salvan Aerosmith, Billy Preston y Earth, Wind & Fire), como una blasfema ‘adaptación’ de “She’s Leaving Home” a cargo de unos robots sexys pasados de autotune adelantado a su tiempo o un “Mean Mr. Mustard” mutado por el vocoder.

 

¿Quién cedió los derechos (sabiendo que los Beatles han tratado su legado con cautela extrema)? ¿Fue Satanás en su intento definitivo de provocar el Armagedón? ¿Tanto mal causó la cocaína a finales de los 70? Frankie Howard, uno de sus sufridos actores, lo definió inmejorablemente: “Fue como Fiebre del sábado noche, pero sin la fiebre”.

 

 

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