ROLLING STONES

Rolling Stones, actualizando el blues

 

 

La estela de los Rolling Stones nos ha visitado. En los últimos tiempos se les ha podido seguir la pista hasta la extenuación por todos los medios. Despiste de unos, necesidad de conectar con un público adulto -y otro no tanto- y, sobre todo, de rellenar espacios en blanco con temas del interés mayoritario – a base de tópicos manidos-. ¿Se lo merecen realmente? ¿Por qué tanta atención a cuatro músicos que cobran las entradas de sus conciertos a más de 7000 pesetas a pesar de ser multimillonarios?

 

A la hora de redactar estas líneas corren rumores de una inminente cancelación de sus próximas actuaciones estatales del mes de julio. Semanas antes, a mediados de junio, habían decidido suspender su actuación en Bilbao debido a un problema en la garganta, nunca justificado, de Mick Jagger. Curiosamente, dos años antes, la banda que más despotricó en su día contra los venerados cincuentones británicos, los Sex Pistols, hicieron lo propio en su reaparición fantasma en España.

 

Tampoco necesita este comentario esperar a que se celebren sus actuaciones para ser escrito, ya que de antemano nos sabemos con todo lujo de detalles lo que ofrecerán, de dejarse caer por aquí al final. Para algo tienen a todos los medios a su disposición.

 

Nunca ha quedado lo suficientemente claro la razón de sus intermitentes giras. Está claro que la económica es la que tiene mayor peso, a pesar de las evidentes diferencias personales y artísticas entre sus dos líderes, pero no lo es menos que se mantiene vivo el interés en ver a la banda en directo, interés que hoy en día, a nivel de estadio, sólo consiguen U 2 y Oasis, dos bandas nacidas en los 80 y los 90 respectivamente.

En cualquier caso, Mick Jagger, Keith Richards, Ronnie Wood y Charlie Watts -una vez que Bill Wyman se ha alejado definitivamente del grupo- hacen frente común cada vez que se les ofrece la posibilidad de repetir el número, siempre con el patrocinio de alguna empresa que ayude a mejorar la cuenta de resultados. En estas aventuras Ronnie Wood juega siempre el papel de gregario de lujo y Charlie Watts, el viejecito canoso que se parapeta detrás de su batería como pidiendo perdón, no deja de marcar las distancias con el monstruo en el que se ha convertido la banda, declarando sin rubor su único interés por el jazz.

 

La excusa para esta nueva gira, que ya lleva hechas más de 30 paradas en distintas ciudades de Norteamérica y que también ha sufrido diversas cancelaciones en Europa, es presentar su disco Bridges To Babylon, un álbum en el que, a instancias de Mick Jagger, intentan acercarse tímidamente a los sonidos más actuales. En cualquier caso, la mano de Keith Richards acabó imponiéndose y los cinco millones de discos que llevan despachados apuntan a que aún tienen un público fiel.

 

La insistencia de los Stones en seguir haciendo discos notables viene impulsada, a la vez, por lo que parecen ser talentos diferentes, o sea el instintivo sentido para la música de Keith y el estudiado dominio del mercado de Mick. Si éste no estuviera ahí para actualizar la imagen del grupo e inyectar una dosis de contemporaneidad al sucio blues-rock cada poco, Keith podría haber acabado tocando el mismo riff una y otra vez. Incluso a veces lo parece pero, ¿qué importa si lo hace realmente bien? Y si Keith no estuviera ahí para mantenerse fiel a la base de Chuck Berry, Muddy Waters y sus antecesores en el reino del blues, Mick estaría seguramente saltando de un estilo a otro con resultados más que discretos. Y no hay más que ver sus discos en solitario.

 

Lo más curioso de Bridges To Babylon es que, aunque Mick convenció a Keith y a su productor ejecutivo Don Was para traer a productores de sonido mucho más actual, como The Dust Brothers, Babyface -colaboración que no llegó a entrar en el disco- o Danny Saber -más conocido por su trabajo con Black Grape-, el resultado es puro Rolling Stones.

Al final poco ha llegado del sonido moderno al disco: un sampler poco representativo de Biz Markie al final del single “Anybody Seen My Baby” -melodía robada del “Constant Craving” de k d Lang y no muy lejana tampoco de su “Beast Of Burden”-, unos sintetizadores en “Might As Well Get Juiced”, que demuestran que los Stones nunca pudieron entender los teclados, y el trabajo de Danny Saber en “Gunface”, escondiendo bajo la producción una melodía que no debía ser ya demasiado buena en su origen.

 

Por lo tanto, la esencia de los Stones permanece inalterable en nueve de los trece cortes del álbum. Por ejemplo, “Low Down”, empujada por la fuerza elemental del riff de guitarra de cinco cuerdas de Keith y la efectiva percusión de Charlie Watts -no hay máquina que lo pueda hacer tan simple como el viejo Charlie-. O “Already Over Me”, la clásica balada con piano y guitarra acústica en la que Mick se muestra insuperable, recordando a “You Can’t Always Get What You Want”.

 

Algunas canciones como “Saint Of Me” sugieren que lo que tienen los Stones no es tanto un nostálgico lazo con el pasado como un código o un idioma semi-secreto para construir sus discos. Algunos lo llaman experiencia y otros sabiduría. Tal vez la próxima vez, que seguro que la habrá, los Stones sean lo suficientemente valientes como para retomarlo donde “How Can I Stop” lo deja y preocuparse un poco menos de sonar actuales y sí un poco más por sonar atemporales. Al menos esta vez, la excusa para darse una nueva vuelta por el mundo tiene algo de enjundia.

 

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