ROBYN

Robyn, el pop te hará libre

Según su sello discográfico, Konichiwa Records, “ella es la reina de las abejas reinas, el ave Fénix que renace de sus cenizas. Es la fundadora de Konichiwa Records. Una de las más brillantes profesionales que encontraremos, con una perfecta trayectoria, desde que ya en la guardería  solía darles patadas en el culo a los chicos de la escuela. En este mundo de tensiones, presiones y dolor, ella es conocida por su sabiduría, su compasión y su incansable determinación en la lucha por CONSEGUIR QUE LE PAGUEN.”

Ella es Robyn. Una de las estrellas del pop más fulminante del planeta. Una máquina incansable  con una sabiduría modernista que se refleja en sus canciones de pop. Casi siempre en cómodas dosis de tres minutos que hablan de la condición de post adolescente. Robyn es, además, una colección de momentos pop concisos, un álbum de pop. Es el pop de ojos tristes, con las baterías súper cargadas de una fuerza del más allá, casi nuclear. Es la mejor arma que tiene Robyn.

Robin Miriam Carlsson nació en Estocolmo en 1979. Pasó los primeros cinco años de su vida con su padre, director, y su madre, actriz, en su compañía de teatro de inspiración constructivista. A la edad de 13 años fue descubierta por la cantante de pop sueca Meja cuando cantaba una triste canción sobre el divorcio de sus padres. La escribió ella misma. Inmediatamente fue fichada por BMG que publicó su álbum de debut: una colección de canciones pop con influencias del r&b en la cual colaboró con el futuro fabricante de éxitos de Britney, Max Martin, en 1995. Y el éxito mundial del dulce y sentimental single ‘Show Me Love’ en 1997  puso los cimientos para que Robyn se convirtiera en una estrella del pop internacional.


Decepcionada por la falta de control artístico que le ofrecían en su sello, Robyn se marchó a Jive Records para hacer su tercer álbum, pero se sintió de nuevo desilusionada en su intento de saltar a América y se topó con el prefabricado templo de Xtina que era deprimentemente omnipresente en 2002. “Creo que el tercer disco que hice supuso un gran compromiso”, dice. “Sentía que aquello ya no era divertido. Una vez que haces el disco y se lo das a la discográfica, ya no es tu disco. Y yo odiaba esa situación. Iba hacia atrás. No estaba haciendo lo que yo quería”.


En 2003, Robyn regresó a casa, vencida, a Estocolmo. Al volver se tropezó con un nuevo disco de un misterioso dúo de dos hermanos. El disco se titulaba Deep Cuts. Era una música apasionada, alucinatoria excavada en puras texturas geométricas. Karin Dreijer Andersson y Olof Dreijer se hacían llamar The Knife, y con Deep Cuts habían establecido la huella de una especie de pop futurista y abstracto.


“Me quedé sorprendida”, dice Robyn. “Pensé que era lo mejor que había escuchado en años. Pensé que eso era exactamente lo que yo siempre había buscado, y no porque fuera bueno, es que era sueco”. Llena de energía por el potencial que podría suponer si se atreviera a unir su pop honesto a la falta de compromiso de The Knife, una fuente de energía peculiarmente sueca, Robyn se puso a trabajar con Karin y Olof en un potencial single.


El resultado fue “Who’s That Girl”. Aferrándose al mismísimo corazón del pop de sintonizador de The Knife -una cambiante y siempre sorprendente gama de color y ritmos, lo suficientemente contundente para hacerte levantar el puño-, Robyn desechó todas sus frustraciones, su inseguridad y su desesperación. Las letras levantan una barrera contra el purgatorio de su contrato, pero la desesperación de esta chica resuena con fuerza a cada paso ante los caprichos de género o de imagen política.


En la canción,  su ira está cargada con una poderosa música de titanio que la impulsa, la proyecta y la hace indestructible. Aunque Robyn siempre había escrito canciones, ésta pieza de un pop brutal debería considerarse como La Primera Canción de Robyn. Increíblemente su sello la odiaba. “Pensaban que el tema era raro”, suspira Robyn. “No lo entendían. Supongo que no lo consideraban música pop, lo cual creo que es una locura. Es 100% música pop. Música moderna e innovadora, es lo que debería ser la música pop”.


Exasperada hasta el punto de la resignación, Robyn recurrió a sus nuevos camaradas Karin y Olof y juntos autofinanciaron y publicaron su trabajo. En un movimiento totalmente sin precedentes para una artista pop, Robyn se compró su propio sello. “Así entonces fui libre, pero no estaba del todo contenta de volver a fichar por un sello grande. Era completamente ilógico. ¿Por qué iba a hacerlo? Me debatía entre dejar de hacer música o empezar con mi propia discográfica.”


Seis meses después Robyn fundaba Konichiwa Records. En su bolsillo trasero tenía “Who’s That Girl”, la canción de apertura de un nuevo álbum que sería su historia. Además había encontrado a un nuevo compañero. Klas Åhlund es el cerebro principal detrás de los Teddybears, el grupo de pop más sorprendente de Estocolmo. “Nunca pensé que llegaríamos a trabajar juntos. Pensé que no tendría la sensibilidad necesaria”.


Sin embargo, lo primero que Klas puso sobre la mesa de Konichiwa fue el marco básico para una canción de amor de lo más intensa, “Be Mine!” “Yo quería sentirme como si tuviera de nuevo 15 o 16 años. Quería sentir  una emoción verdaderamente grande. Ya sabes, como si estuvieras enamorada y te rompieran el corazón. Porque eso es lo que la gente quiere que la música sea para ellos”, explica Robyn. “Es lo que yo hago cuando escucho música”.


La escasa producción de “Be Mine!” hace que su simplicidad sea brutal. Sólo cuerdas, y un sonido de batería que simula el pulso de una carrera. “Yo aún quería escribir música pop”, afirma  Robyn. “Quería que fuera simple, quería que la producción fuera escasa, quería que fuera dura”.

 

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