RICHIE HAVENS – The End of the Beginning

LAS MEJORES PORTADAS DEL ROCK

RICHIE HAVENS – The End of the Beginning

Una gran parte de las portadas de discos llevan retratos. Los artistas que los han compuesto, grabado y/o interpretado son presentados de la mejor manera posible al resto del mundo. Se supone que ayudan a situar al oyente, evitan poner a pensar a un departamento artístico, son generalmente más baratos, contribuyen a engrandecer el ego y el narcisismo de los protagonistas de las carátulas y con ellos se venden más discos, o al menos eso aseguran.

 

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Sin embargo, en muchos de los casos, esas portadas son reiterativas, diluyen el contenido del álbum, fijan el trabajo en un momento determinado y consiguen que la obra pierda parte del misterio. Aun así, hay algunos retratos que se escapan a la norma, y por eso se convierten en los más interesantes. The End of the Beginning de Richie Havens sería una de esas excepciones.

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“Canto canciones que me emocionen. Hago una distinción entre muchos de mis amigos y yo. Yo no estoy en el negocio del espectáculo y nunca lo he estado. Estoy en el negocio de la comunicación. Eso es de lo que se trata para mí. Además, la música no es todo mi mundo y no creo que nunca llegue a serlo”. Estas palabras del propio Richie Havens pueden servir muy bien para resumir su vida y cómo se veía a sí mismo. Además de unos cuantos discos en distintos sellos, Havens fue responsable de varios proyectos educativos centrados en la ecología (la instalación oceanográfica para jóvenes North Wind Undersea Institute y su continuación lógica, Natural Guard, así como Songwriters and Artists for the Earth), trabajó en publicidad, como actor en varias películas y dedicó también su tiempo a la pintura y la escultura.

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Se le recuerda, sobre todo, por su aparición en Woodstock, en donde, aunque estaba previsto que actuara en quinto lugar, fue quien abrió el festival, al encontrarse el resto de los artistas paralizados por los atascos de tráfico para llegar al recinto. Tocó casi tres horas en solitario y dejó para el final su momento más celebrado, un “Freedom” que improvisó in situ a partir del espiritual “Motherless Child” (ya que no le quedaban más temas para cantar) mientras su banda, que acababa de llegar al escenario, se unía a él.

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Havens, que había nacido en 1941, creció en un barrio de Brooklyn entre gente de numerosas nacionalidades, la mayoría europeos. Empezó cantando doo-wop para, después, trasladarse al barrio de Greenwich Village, en el que recitaba poesía. El folk que descubrió en aquellos días cimentó su personalidad, dándole un sentido a sus canciones y confirmando su forma de ver la vida, algo que le acompañó en sus 50 años en el mundo de la música y a lo largo de sus más de 20 álbumes. En aquellos primeros años se ganaba la vida haciendo caricaturas. De ahí que conociera de primera mano el valor real de un retrato que no fuera el acostumbrado, sino distinto al habitual.

 

Aunque había empezado en la pequeña discográfica Douglas, Havens grabó después con Verve Forecast, Raven, Stormy Forest, Evangeline y Polydor. En 1976 firmaba un nuevo contrato, en esta ocasión con A&M, con la idea de acercarse a un sonido más pop, más maduro y menos acústico. Para ello contó como aliado con el músico William D. Smith, quien acababa de editar el disco A Good Feelin’. Aunque su repercusión comercial había sido nula, serviría para que Smith quedase impresionado con los músicos que habían tocado en el álbum y se los llevase consigo para trabajar con Havens, quien, a su vez, acabaría contando con ellos para sus siguientes giras.

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El material del nuevo álbum estaría compuesto de versiones de artistas como 10cc (“I’m Not in Love”), Steely Dan (“Do It Again”), Van Morrison (“Wild Night”), Bob Dylan (“If Not for You”) o los Doobie Brothers (“Long Train Running”), con una única canción propia: “I Was Educated by Myself” (“Me eduqué a mí mismo”), toda una declaración de principios. En ocho de las canciones, Smith hizo los arreglos. Además de la banda que este había incorporado a la grabación, también participaron en el álbum tres de los componentes de Booker T. & the MG’s: Steve Cropper, Donald ‘Duck’ Dunn y Booker T. Jones.

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Acorde con su nueva situación en una multinacional y su intento de orientarse hacia un público más heterogéneo, el departamento artístico de A&M, encabezado por Ronald Young, quiso que la portada de su primer álbum para la discográfica fuese distinto. La intención era romper con las cubiertas de los trabajos anteriores de Richie Havens, que en verdad no habían llamado la atención precisamente por su envoltorio. La primera decisión fue contar con la diseñadora Junie Osaki, a quien admiraban por su trabajo con artistas como Cat Stevens, Barry White, Peter Frampton, Gino Vannelli, Don Cherry, Captain & Tenille, Elkie Brooks o la banda sonora de El fantasma del paraíso, entre otros.

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Sin embargo, la aportación más relevante llegaría al llamar al fotógrafo Moshe Brakha, quien llevaba solo cinco años estudiando y trabajando como tal. Nacido en Israel, había emigrado en 1969 a Los Ángeles con sus padres, tras unos años como marinero, trabajo con el que recaló varias veces en los años 60 en puertos españoles como Cádiz o Barcelona. Rodeado de artistas en su nuevo vecindario, el joven Brakha tuvo la oportunidad de dedicarse a la música, pero acabó eligiendo la fotografía.

Aún en la Escuela de Arte, uno de sus profesores, que no era otro que Roland Young, lo llevó un día hasta la compañía Columbia para que pudiera irse curtiendo en el oficio. Empezó trabajando en algunas portadas para Jackie DeShannon, Bobby Womack, Alice Coltrane o Al Jarreau. Tras esas primeras colaboraciones, le pidieron que hiciera la cubierta de Silk Degrees de Boz Scaggs, un disco que llegó a estar nominado en los premios Grammy por su envoltorio.

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Por lo tanto, en un breve periodo de tiempo, Brakha había pasado de ser un completo desconocido en la industria del espectáculo a convertirse en un artista reconocido. Como fotógrafo, sus gustos iban más en la onda de Guy Bourdin, Irving Penn, Weegee, George Brassaï o Dianne Arbus, los ‘freaks de la imagen’, como él los llamaba. Por lo tanto, lo lógico era que sus portadas no incluyesen un retrato al uso, justo lo que todos parecían ir buscando para Richie Havens.

 

Fue Roland Young quien le encargó la portada del primer álbum de Havens para A&M, que se iba a titular The End of the Beginning (El fin del principio), pero sin darle la más mínima instrucción. Brakha ya había coincidido con la diseñadora Junie Osaki haciendo la portada del disco de Lynyrd Skynyrd, Gimme Back My Bullets, y esta recomendó también su trabajo. Como el fotógrafo no conocía nada de Havens, hubo una primera cita en la que ambos congeniaron. Días después, Brakha citó a Richie Havens una mañana muy temprano para evitar el caos del tráfico de Los Ángeles, con la idea de partir hacia un destino del que no le quiso revelar nada.

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Havens apareció conduciendo su furgoneta y acompañado de su novia de entonces. Tras dirigirse hacia el Sur, en un momento dado Brakha le mandó parar el automóvil en el que viajaban y le señaló a Havens el lugar elegido. Se encontraban en la intersección de las autopistas interestatales 105 y 110, entre las poblaciones de Watts y Athens, un proyecto que costó más de 135 millones de dólares y que tardó más de dos décadas en terminarse. Inaugurado en 1993, tuvo un papel relevante en una de las escenas cumbres de la película Speed.

 

En aquel momento estaba en construcción, así que ante Havens se mostraba imponente un paisaje como de ciencia ficción: un complejo de varias autopistas elevadas e inacabadas que se cruzaban unas con otras a distintos niveles. Ninguna de ellas conducía entonces a ningún lado en sus siete niveles, una estructura infinita más alta que un edificio de diez plantas; tampoco había vehículos que circularan por su asfalto. Algunas estaban a medio acabar, sin final visible, y otras descendían hacia los campos de cultivo a ambos lados de la autopista en la que se encontraban. El cruce lleva hoy el nombre de Intersección Juez Harry Pregerson, que fue quien llevó una demanda contra su construcción.

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El cantante llevaba con él aquel día varias túnicas de algodón tipo caftán, de esas de manga larga que se abrochan por delante y llegan hasta los tobillos. Era su vestimenta favorita y solía usarlas en el escenario y, también, en su vida diaria. Brakha estuvo de acuerdo en que se pusiera su favorita, una de color marrón, ya que entendía que daba la imagen más ajustada a la figura espiritual que Havens representaba para sus seguidores.

En varias de las autopistas abandonadas y a diferentes alturas, Brakha fue disparando una y otra vez, en color y en blanco y negro, hasta completar dos carretes justo en el momento en que fueron interrumpidos por la policía del condado, que les recordó que para hacer una sesión en un lugar así necesitaban autorización. Sus modales ariscos cambiaron radicalmente cuando reconocieron al fotografiado. En esas escasas tomas, Brakha utilizó únicamente una cámara Hasselblad y, para reforzar la luz solar, un flash Norman 200B con el que había hecho de la necesidad, virtud: lo usaba porque no tenía más dinero para comprar otro de calidad superior, aunque acabó convencido de que era el que mejor le iba a su trabajo.

 

En un momento dado, Brakha le pasó a Havens un paquete de cigarrillos. Apartándose del viento para encenderse un pitillo, el fotógrafo vio que allí había una buena instantánea. Le pidió a la novia de Havens que corriera detrás de él y disparó. Según asegura, buscaba representar la idea del título, ese ‘final del principio’ que simbolizaría la imagen de carreteras que no llevan a ninguna parte, en la que se ve poco más que los bordes del asfalto. A esa sensación un tanto irreal contribuía también una extraña composición de la que parece querer escapar su protagonista, con una mujer de espaldas de la que Havens parece no ser consciente de su presencia

 

El fotógrafo entregó a la discográfica los negativos con todas las imágenes tomadas, recomendando como su favorita una muy similar a la que finalmente apareció en la portada, aunque en blanco y negro. Sin embargo, la compañía eligió justo la que tomó un instante antes. En este caso, se puede afirmar que acertaron: la pericia del fotógrafo es más evidente en la imagen seleccionada, ya que la novia de Havens, con sus zapatos en las manos tiene los dos pies en el aire, con lo que más que correr parece levitar.

 

El retrato convencional se guardó para la funda interior. Brakha quiso dar en él justo la imagen contraria, de alguien que también podría disfrutar de los placeres terrenales, del ser humano en contraposición al guía espiritual. Por eso le pidió a Havens que vistiera un esmoquin. En su estudio de Los Ángeles, Havens posó mirando fijamente a la cámara sobre un fondo blanco, mientras fumaba, con la pajarita desanudada colgando de su cuello. Una de las imágenes seleccionadas lo muestra en el centro del encuadre, con la chaqueta colgando de su cuerpo. Aun así, Brakha dejó también su impronta en la funda: prefirió un retrato en el que Havens aparece al lado derecho de la composición, con parte de su tronco fuera de la imagen, y situando la sombra del artista en el centro.

 

Para la contraportada se utilizó otra de las fotografías tomadas en el cruce de las autopistas fantasma. En este caso, a Havens se le ve tapando el rostro mientras se le escapa una sonrisa, como escondiéndose del fotógrafo. Otra imagen tomada aquel día se recuperaría años después, en este caso para la portada de Dreaming as One en 2004, una reedición de los dos álbumes que el cantante grabó para A&M (The End of the Beginning, 1976, y Mirage, 1977). Similar a la anterior, en este caso Havens oculta parte de su rostro con una sola mano, sonriendo también, mientras se puede observar como con un ojo no pierde de vista a Brakha.

 

Volviendo a la imagen de la portada, Brakha insistió en que no se recortara ni se retocara la fotografía que había elegido, así que la diseñadora Junie Osaki tuvo que trabajar alrededor de la composición. Mantuvo la imagen y la rodeó de un estrecho marco negro que aparentaba ser el negativo de la imagen, como si estuviésemos contemplando al artista a través del objetivo. Por lo tanto, sólo ser permitió un espacio más bien escaso para colocar la tipografía con los créditos del disco.

 

Brakha, tras su segunda nominación a los Grammy por esta cubierta, lograría mayor reconocimiento en los años siguientes, como uno de los fotógrafos más relevantes del naciente punk norteamericano, retratando a Ramones, Minutemen, Black Fag, Blondie, Devo, The Cars, The Beastie Boys, Elvis Costello, Neil Young y hasta una muy joven Madonna en sus primeras actuaciones. De ahí dio el salto a Hollywood y a campañas publicitarias más lucrativas, trabajando incluso para El Corte Inglés. Hace cinco años se inauguró la primera gran retrospectiva de su obra en Los Ángeles y ahora ultima un libro con sus mejores retratos, The Innocent & the Filthy, entre ellos aquel de Richie Havens que a él le hubiese gustado que fuese la portada de The End of the Beginning.

Aquella exposición de 2008 se tituló Occupation Dreamer (De profesión, soñador). Brakha explica hoy, a sus 65 años, que en aquellos años “intentaba capturar a soñadores viviendo su sueño. Algunos vivían en la nada, pero eso no importaba: amaban lo que hacían”. Richie Havens simboliza perfectamente ese sueño, esa idea. Está claro que entre él y el fotógrafo hubo una sintonía perfecta para captarlo en un retrato inolvidable.

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Fotógrafo: Moshe Brakha

Diseñadora: Junie Osaki

Dirección artística: Roland Young

Fecha de edición: 1976

Discográfica: A&M

Productor: David Kershenbaum

(Imágenes cedidas por Moshe Brakha, www.brakhax2.com)

 

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