RAFAEL BERRIO II

Rafael Berrio, algo que se lleva en la sangre (II)

Deriva (foto José Hernández)

 

«Me has exprimido como a un limón», reconoce Rafael Berrio al terminar esta entrevista. Y, no, no se debe tanto a lo afortunado o desafortunado de las preguntas sino a que, a pesar de llevar en esto 35 años, hasta ahora no le han hecho muchas entrevistas, menos aún extensas.

Por desgracia, Rafael Berrio sigue siendo un desconocido para el gran público, incluso para los más o menos preocupados por el rock que se hace en este país, de ahí que los medios nunca le hayan prestado la atención que aquí entendemos se merece, nosotros y un puñado de seguidores fieles adictos entre los que se cuentan unos cuantos relacionados con el mundo de la cultura, como bien afirma él. Esos pocos fanáticos sabemos que letristas como él son una rara avis en la música en castellano y que el sonido de sus canciones rezuma clasicismo y emoción en cada uno de sus poros.

Su personaje (y, en parte también, su persona) se mueve en unas coordenadas nostálgicas y estoicas, en las que hay sitio para el humor y la ironía, con especial atención al paso del tiempo. “La virtud de la desgana”, dice una de sus canciones, pero también “Cambios a mansalva y decadencia” o “No solo de amor (del aire también se vive)”. Junto a los “Santos mártires yonquis” hay sitio para “Las pequeñas cosas”. A “Perfecto en soledad” le acompaña “Te quiero”. A “Ni odio ni amor” podemos enfrentar “La piel a tiras”.

Así, una detrás de otra, hasta las ciento y pico. Poeta bohemio, músico desde las entrañas a la espera de la llamada de su vocación, sus canciones hay que perseguirlas y descubrirlas en una obra que ha quedado a merced de las veleidades de la industria discográfica. Es en suma, uno de nuestros AUTORES mayores.

Esta entrevista, dada su larga extensión, se publica en tres partes: ayer, hoy y mañana.

Rafa Berrio (foto Thomas Canet)

Vals de la calma

Ahí aparece de nuevo Diego Vasallo, con el proyecto Lieder (2008-2009), que te serviría para conocer a Joserra Senperena y preparar un cambio en el sonido de tus canciones. ¿Qué fue Lieder y hasta donde llegó?

– En 2008 Diego Vasallo me llamó para que contribuyera a un proyecto entre varios artistas que él llamó Lieder, como las canciones líricas románticas. Imaginó una serie de autores dando su interpretación actual sobre el movimiento Romántico del siglo XIX. Para eso contó con Joserra Senperena, con Suso Saiz, con Thomas Canet y conmigo, además del propio Diego, que en este caso aportaba obra como pintor, no como músico. Se editó un catálogo de la obra plástica y un videodisco, e hicimos varios happenings en galerías de arte, incluido un viaje conjunto a Roma. Fue cuando conocí a Joserra Senperena.

Poco después de Lieder, pero cinco años desde tu anterior disco, aparece 1971 (Warner, 2010). ¿Fue inevitable poner tu nombre en la portada del disco, presentarse por fin en solitario sin acompañarse de una banda?

– Sí, supongo que fue inevitable. Un proceso natural. Ya no podía seguir ocultándome porque todos sabían que detrás de Deriva estaba yo.

En este álbum, y en el siguiente, desaparece todo rastro de blues y rock y en ellos se ve más tu vena francesa, hay ecos portugueses, argentinos, zíngaros… En ese momento se pudo confirmar que eres más de la tradición francófona que de la anglosajona. ¿Qué motivó el cambio?

– No lo hice premeditadamente, simplemente me dio por tocar la guitarra española en vez de la eléctrica, con los dedos, sin púa, en clave de acordes menores y a menudo con ritmos de vals. Buscaba melodías un poco solemnes, graves. De ahí que me salieran esas composiciones.

 

En este caso, los textos, desprovistos del ropaje del rock, reclamaban más atención: conmovían, hacían pensar, plantearse cosas… ¿Cuál era la reacción que provocaba en la gente? ¿Crees que entendían lo que tú querías decir, que lo interpretaban a su manera?

– Creo que cualquiera que preste atención entenderá de qué se habla. Mi manera de escribir no es nada hermética. Al contrario, me esfuerzo por conseguir una línea coherente, seca, sin metáforas, sin conceptos ambiguos. Es verdad que todo se presta a interpretaciones, pero yo sé que la gente entiende muy bien lo que se dice.

Con este acompañamiento sonoro más europeo, afrancesado, despojado, ¿conseguías mejor los objetivos que siempre has reconocido en tu música: complacer a tus amigos e impresionar a las mujeres?

– Bueno, esa es una ocurrencia que le dije un día a un periodista. Y bueno, en el fondo es así. Se escribe para ciertas personas. No sé lo que harán los cantantes muy famosos, pero sospecho que lo mismo. Uno escribe y piensa en tal amigo, si le gustará o no, o en cierta dama un poco distante a quien querrías encandilar, y de ahí que nos vayamos superando. Ahora bien, lo normal es que ni a tus amigos ni a la dama les importe.

Un detalle muy hermoso de ese disco es el libreto en el que aparecen algo así como los bocetos de las letras, inclusos con textos que no están musicados. Había mucho que descubrir ahí, como un extra especial que no se encuentra en otros discos. Solo cabe agradecer el detalle.

– No al contrario, lo que agradezco es que haya quien se deleite con esos detalles. A mí me gustan mucho los bocetos, los borradores personales, los documentos manuscritos con sus tachones. Yo hice fotografiar mis libretas en busca de esa trastienda que normalmente no se enseña.

Diarios (Warner, 2012) diría que es tu disco más continuista con respecto al anterior, formando un díptico con él. ¿Te quedaba algo que contar, más sonidos o temas que no habías tocado, había ganas de repetir la experiencia?

– Sí, Senperena y yo estábamos muy satisfechos de la colaboración para sacar adelante 1971. Yo nunca había trabajado antes con un músico de tanta valía. Un músico pleno, capaz de comprender al mismo tiempo la jerga del rock y el lenguaje orquestal sinfónico. Creo que nos entendimos muy bien y yo sentía que podíamos mejorar el disco anterior, como así fue, en mi opinión. Y en la suya, me consta. No puedo imaginarme cómo podrían haber sido ambos discos sin Joserra Senperena.

En el disco aparece “La virtud de la desgana”, que parece condensar parte de tu actitud vital, ¿no?

– ¿Mi actitud vital? No te creas. No hay que confundirme con mis personajes. Yo soy un poco más vital que el que canta tal cosa de la desgana, o del niente mi piace. Pero a mi pesar, porque creerlo, lo creo. En un sentido platónico.

Antes de publicar tu último disco te embarcaste en el proyecto Phantasma, un espectáculo poético-musical con Mursego (Maite Arroitajauregi) que parece ser, porque no lo he podido ver, mezclaba poesía, música y vídeo arte. Lo llamaste perfopoesía y en él pudiste dar rienda suelta a tu pasión por recitar, ya que creo que consta de trece números recitados. ¿Por qué sentiste que era necesario? ¿Cómo fue la aventura? ¿Se recuperarán algún día esos textos?

– Mursego vino a verme tras un concierto. Yo era muy admirador de su trabajo pero no la conocía. Al poco tiempo le propuse una colaboración. Algo que no fuesen canciones, sino más bien relacionado con las artes escénicas. Vídeo, performance, esas cosas. Estuvimos varios meses reuniéndonos de vez en cuando en el local de Amara. Ella con su chelo y sus teclados, y yo con la guitarra, improvisando, probando sonidos, experimentando con loops, etc. Yo escribí unos 12 textos inéditos para ese show que llamamos Phantasma. Añadimos al proyecto al vídeo-artista y arquitecto Edorta Subijana. Finalmente lo llegamos a poner en un escenario, pero solo tres veces. Una en Bilbao y dos en San Sebastián.

Creo que poca gente se ha enterado de que esos textos, más los de 1971 y Diarios, se han editado en el libro Golpes de fortuna y tiros de gracia, en la editorial Eclipsados de Zaragoza. Es tu primer libro, si no me equivoco. Sería todo un orgullo cuando te llegó la propuesta, ¿no?

– No, no significó apenas nada para mí. Te lo digo en serio. Un librito con letras de mis discos. Un volumen más que se guarda en la biblioteca y no se vuelve a abrir.

Has dicho que esos dos discos, 1971 y Diarios, son como una ópera bufa, una comedia, pero una comedia muy solemne, o al contrario, una cosa solemne pero al borde de la carcajada. Paradoja (2015, Warner) además de tu vuelta a las guitarras eléctricas, ¿se puede entender también como una reacción a eso?

– Digamos que Paradoja no está concebido como reacción a nada. No tuve en cuenta esa frase que citas, que por otro lado es pura promoción, puro titular que das a los periodistas. Paradoja es la vuelta a las guitarras, a los acordes mayores o a los acordes de quinta. Es buscar un poco la disonancia. Dicho de manera académica, al cromatismo y la modulación, como bien me apuntó Joserra Senperena.

¿Y puede haber también algo, aunque sea inconsciente, de rebelión, de rabia frente a la turbulenta situación que nos rodea o eso no tiene cabida en tus canciones?

– ¿Turbulenta situación? Me imagino que te refieres a la situación social más o menos actual. A mí esto me preocupa mucho, te lo digo francamente, pero no me inspira una canción. No me parece mal que lo hagan otros. Yo prefiero hablar del malestar del individuo, por ejemplo. Del hombre solo frente a su conciencia. A mí me interesa el mito de Sísifo, no tanto el despotismo del Olimpo, si me permites un poco esta pedantería.

Rafa Berrio 3 (foto Thomas Canet)

Oh, verdad desnuda

Eres un lector compulsivo. Citas a menudo a escritores que nunca aparecen reseñados por otros músicos como Baroja o Galdós, la generación del 98 y la del 27, la picaresca del siglo de oro… La mayoría, autores españoles, aunque también lees autores franceses y portugueses del siglo XIX, escritores argentinos como Borges o Bioy Casares… ¿Cómo han ido cambiando tus gustos con los años? ¿Podría haber alguna relación con lo que luego ha salido reflejado en forma de canciones en los discos?

– He leído y releído casi siempre lo mismo. Lo que tú citas, efectivamente. Ahora ya muy raramente descubro cosas nuevas. Es muy difícil experimentar ese deslumbramiento que sucede a los 20 o a los 30 años. Tanto más cuanto que soy muy mal lector de novedades. No me gusta demasiado la novela actual, lo reconozco. En cuanto a la relación con mis canciones, sinceramente no creo que haya ninguna correspondencia importante.

Mantienes una tertulia literaria un día a la semana en San Sebastián. ¿Quién asiste? ¿Te sirve de acicate para intentar progresar, te condiciona de alguna forma?

– Suele asistir el poeta Karmelo Iribarren, Ramón Eder, gran aforista, los escritores Emilio Varela y Jon Obeso, el profesor de filosofía Javier Aguirre, los pintores Detritus y Matximbarrena, mi amigo, el guitarrista José Puerto, a veces Diego Vasallo, Joserra Senperena, el poeta y editor Juan Manuel Uría… En fin, una francachela que nos montamos para beber vino y charlar de libros, mayormente. Cada miércoles.

Sé que hay letras que te llevaron años, y no es un decir. Has reconocido que «el primer verso es un regalo, los demás una condena». Imagino que ser meticuloso y abrumador produce momentos de cierta ansiedad.

– Sí, hay que ser paciente, no desfallecer, no apresurarse. Tener la manía de pensar rítmicamente, al compás, en todo momento que se pueda.

Al mismo tiempo esa búsqueda de la palabra exacta sospecho que te reporta las máximas satisfacciones personales cuando lo consigues.

– Reconozco que sí, que satisface. Pero el tiempo de saborear esa pequeña victoria es muy corto, porque enseguida se presentan nuevos problemas, nuevas dificultades. Entonces es mejor hacer como si nada. Estoicismo para el éxito y para el fracaso.

Es curioso, pero al rock tampoco se le exige mucho más allá de la intrascendencia y, sin embargo, ciertas canciones pueden cambiar un momento de la historia o, al menos, la vida de una persona.

– Sí, es absolutamente cierto: una canción, como una novela, puede cambiar la vida de una persona, especialmente cuando ésta es lo bastante joven como para rendirse a esa influencia. Es lo que comúnmente se llama una obra iniciática. Sin embargo, hay muy pocos autores que logren hacer tal cosa.

Me gustaría, si no te importa, detenernos un rato en tu forma de componer. En tu caso sigues un proceso inverso al habitual: primero va la letra y después intentas encajarla en la música. ¿Cuántos quebraderos de cabeza te dan esta forma de escribir, cuánto trabajo extra supone? ¿Crees que sería más fácil de la otra forma o no podrías hacerlo de ninguna forma?

– No, al contrario. Es mucho más fácil así, a mi manera. O bueno, no más fácil, sino más lógico, bajo mi punto de vista. Espera, si alguien quiere primar la melodía sobre la letra, deberá componer la música primero, cierto. Pero si aspiras a hacer una buena letra deberás hacer al revés: primero la letra, luego ponerle música. Porque de lo contrario la melodía te obligará, no serás libre, estarás condicionado a la medida que ella pida. Esa es mi experiencia.

Antes de escribir una canción, ¿eliges los temas, situaciones o sentimientos que quieres tratar en tus canciones o te dejas llevar por el primer verso al que te parece merece la pena darle continuidad?

– Exactamente. El primer verso. O una frase que sé que puede ser un buen estribillo. Una frase basta para tirar del hilo. Pero siempre hay una revelación previa, digamos. No empiezo de cero, nunca. No se me ocurriría jamás ponerme delante de un cuaderno en blanco.

Se suele decir que es más fácil hablar de lo que uno conoce que hacer ficción. En tu caso parece claro. Pero, ¿es igual de importante transmitir como fue exactamente el sentimiento o la situación sobre la que cantas en primer lugar?

– Calculo, así, ahora, a lo loco, que hay tres tipos de letras de canciones: Una: la puramente narrativa, con su presentación, nudo y desenlace. La narrativa habla a la imaginación. Dos: la visual, hecha de imágenes inconexas, de metáforas, un poco a la manera impresionista. La visual se dirige a los sentidos. Tres: la meditativa, la filosófica, hecha al hilo del pensamiento. La meditativa se dirige a la inteligencia. Podríamos añadir una cuarta: La puramente rítmica, la onomatopéyica. Esta, o no se dirige a nada y nos deja indiferentes, o se dirige al instinto. Es una teoría que me acabo de inventar sobre la marcha. Disculpa la digresión.

No, da que pensar. De todas formas, ¿hay algo de lo que evites hablar conscientemente? ¿Te impones algún límite?

– Pienso que hacer elección es ya autolimitarse. Uno elige cierto vocabulario, ciertos temas. De aquello que no habla es el límite que se impone.

¿Estás de acuerdo con que la felicidad es menos inspiradora, como aseguran unos cuantos artistas?

– Sí, seguramente, porque la escritura es una especie de terapia, una especie de último recurso, y cuando uno se siente feliz no se pone a pelear con el lenguaje, a darse golpes contra la pared buscando una rima consonante, por ejemplo. Porque en el fondo escribir es un acto muy poco agradable. Es un acto rudo, agreste, diría. Y, por si fuera poco, un acto que requiere completa soledad.

¿Crees que aún hay muchos temas sobre los que puedes escribir o al final todo se reduce a unos cuantos y solo queda darle vueltas?

– Hay infinitos temas. Es verdad que todo gravita alrededor de lo mismo: el amor, la belleza, la vida y la muerte. Pero lo que importa, y lo que puede resultar novedoso, es el ‘tono’, que es la manera de aproximarse, de abordar esos arquetipos. Diría que hay tantos temas como puntos hay en una esfera.

Somos siempre principiantes

¿Te ha costado mucho llegar a descubrir que en la sencillez de la Velvet Underground estaba la clave, porque creo que en un principio preferías copiar los arreglos sofisticados de Roxy Music o de Bowie?

– Sí, perdimos mucho tiempo intentando hacer lo que estaba fuera de nuestro alcance. Intentando imitar arreglos y sonidos salidos de los grandes estudios y productores ingleses o norteamericanos. Nosotros, infelices lugareños del norte de una Península Ibérica palurda y miserable. Apenas unos críos abandonados en un local de ensayo mugriento. Con guitarras medio de juguete. No te creas que no me da risa recordarlo.

Muchos artistas intentan escapar de definiciones como madurez. En tu caso, no parece ser así. Parece como si no tuvieras ningún problema con que el paso de los años tenga reflejo en las canciones. Es más: diría que eres uno de los pocos que cantas sobre temas que se corresponden con la edad que tienes. ¿Conviene ser sobre todo honesto?

– Bueno, a mí el paso del tiempo me angustia mucho, está constantemente en mi cabeza. No conozco mejor manera de apaciguar los pensamientos que escribir sobre eso. Sobre el paso del tiempo. Me parece el tema por excelencia.

En tu caso parece importar tanto lo que digas como la manera de hacerlo, de pronunciar las palabras. Hay quien encuentra tu forma de entonar los textos como algo único, distinto. No sé si eres consciente al hacerlo o del efecto en determinadas personas, si es que te lo han comentado.

– ¿Pronunciar las palabras? No pongo ningún énfasis especial en ello. Acaso al contrario. Intento cantar de la manera más seca e indiferente que puedo. Pero tampoco me avergüenzo de lo que digo, como noto que les pasa a muchos cantantes, sobre todo cuando son jóvenes. Si mi personaje es un romántico y quiere decir «te quiero», yo digo por él «te quiero» sin ningún reparo.

No parece que haya muchos músicos de rock en España que puedan estar varias décadas en el mundo de la música y que sigan teniendo una carrera y, menos aún, que mantengan o incrementen el respaldo del público y la crítica. ¿Por qué tú has logrado escapar a esa realidad?

– Bueno, yo no diría que tengo una carrera. No hay una continuidad estable, coherente. Tampoco tengo lo que entendemos por un público. La prueba es que yo voy a tocar a Vigo, pongo por caso, y me vienen a ver 15 personas. Lo mismo me sucede en cualquier lugar, a excepción de San Sebastián, Madrid y tal vez Bilbao. Entonces no puedo hablar de carrera ni de público. Si acaso una obra, una obra personal, siete discos oficiales, ciento y pico canciones registradas. Eso es todo.

Teniendo en cuenta que tienes ya una cierta experiencia y que son unos cuantos años y discos, ¿cómo logras mantener la frescura e interés a la hora de componer nuevas canciones? ¿Cómo se evita la repetición, la desidia, el desaliento? ¿Hay algo que es necesario ignorar, como cuando los versos fluyen fácilmente, la pericia con los instrumentos, el dominio del estudio de grabación…?

– No soy un hombre dado al desaliento. Es mi carácter. Soy capaz de volver sobre lo mismo una y otra vez. Pero tampoco me paso el día componiendo, ni tocando la guitarra. De hecho podría estar años sin necesidad de escribir nada. No tengo tanta vocación. En el fondo siempre me he sentido un diletante. Con ese matiz peyorativo de aficionado sin conocimientos suficientes.

¿Qué sucede cuando acabas de componer una canción y descubres que la melodía que creías todo un hallazgo ya la había utilizado alguien antes, si es que te ha pasado? ¿Has metido en alguna canción una referencia de este tipo obvia?

– Bueno, no hace falta llegar muy lejos. Cuando estás tocando los primeros compases ya te das cuenta que eso ‘te suena’ de algo. Entonces no queda más remedio que retroceder. Conscientemente no se me ocurriría ni loco utilizar una melodía de segunda mano. Acaso, con total ignorancia, me haya podido pasar.

¿Escuchas alguna vez tus discos por el placer de hacerlo? ¿O es el proceso la parte importante y después ya queda superado y puedes olvidarte de él?

– Los escucho mil veces cuando se están grabando. Es necesario. Después de eso jamás vuelvo sobre ellos. No se verán por las estanterías de mi casa.

Sueles componer para otros. En esas circunstancias, ¿te pones en su piel, te acomodas a su personalidad o son simplemente canciones tuyas como las que tú grabas, pero que otros interpretan?

– Tengo un repertorio para otros artistas. Son canciones más estándar, un patrón que podría cantar cualquiera. No renuncio a mi modo de escribir pero tampoco hago destacar mi personalidad. Un prêt-àporter discreto.da disco y la revisión me ha resultado sorprendente en muchos casos. En otros no, lógicamente. No todas las canciones funcionan bien en directo. Pero eso no depende de si son viejas o recientes, sino de la composición, de la progresión de acordes, de la colocación de la voz. Es un misterio.

¿Y te está siendo fácil llegar a gente joven, a un público nuevo o ves, como mantienen otros músicos, que el rock ya es para gente de una cierta edad?

– No sabría decirte qué público me viene a ver. Seguramente sean más jóvenes que yo, porque los de mi quinta ya no salen si no es al vermut del mediodía. Yo creo que tengo un público treintañero no lejos de los cuarenta.

Tus últimos discos los has producido tú y los distribuye Warner, gracias a la confianza en ti de Alfonso Pérez. Aun así, ¿de cada uno de ellos depende que puedas grabar otro? ¿Cómo vives esa incertidumbre?

– Sí, sucede que para financiar un disco obtengo adelantos de derechos y de royalties, de un dinero futuro que me pertenece. Pero si los discos no se venden, voy acumulando la deuda y hay un punto en el que ya no se tiene crédito. Desconozco si para el próximo disco tendré o no tendré, o qué pasará. Ya veremos.

¿Has llegado a un momento de total libertad, en el que te puedes permitir grabar lo que te parezca y cuando te apetezca, o eso ha sido siempre algo irrenunciable?

– Cuando no vendes discos, la compañía discográfica no se mete contigo en absoluto. Para lo bueno y para lo malo. Eso de las presiones sobre el repertorio es solo para los superventas. Donde hay mucho dinero en juego, lógicamente.

¿En algún momento sentiste que era tiempo de dejarlo? ¿Cundió el desánimo algunas veces? ¿O, por el contrario no hay esa presión y simplemente escribes por necesidad vital?

– Jamás se me ha ocurrido dejarlo. Ni por un momento. Como te he dicho antes me he sentido siempre un diletante, un aficionado. Como un manitas que destripa una radio y vuelve a montarla por puro gusto.

Las pequeñas cosas

«Yo, que he juzgado el mundo en torno a mí como una inhóspita intemperie», dices en una de tus canciones. ¿Te sigues sintiendo a disgusto en el mundo actual?

– Sí. Pero no me engaño. En cualquier otra época sentiría lo mismo.

Sin embargo, me sorprende que en los últimos tiempos hayas abrazado la tecnología, manteniendo un blog, y escribiendo en twitter y Facebook. ¿Era una necesidad, un mal menor?

– Bueno, cerré Twitter y en el ‘Caralibro’, como dice mi amigo Roger Wolfe, estoy como el Guadiana, entrando y saliendo. Solo porque anuncio las fechas de los conciertos. Y, en fin, el blog es un mero almanaque de eventos. No soy nada activo en las redes. A veces me divierten y otras las aborrezco. Como todo.

Te sientes más protegido en la literatura que la vida real, ¿no? ¿Qué te da que no encuentras a tu alrededor?

– Si me permites la cita: «Los libros te dan la esperanza de algo». «Los libros nos dicen que existe el amor, la gloria, la grandeza, la bondad. La vida nos dice que no hay nada». Recomiendo a todo el mundo que lea El cuaderno gris de Josep Pla. En realidad, cualquier libro suyo. La lectura de Pla es uno de los grandes placeres de la vida.

En tu caso, tu obra no es fácil de localizar, está dispersa en pequeños sellos. ¿No fastidia un poco eso, que esté perdida? ¿Has pensado en regrabarla o recuperarla de alguna forma, si es que es posible?

– No me molesta que esté dispersa, al contrario. Es mejor así. Perdida, descatalogada. Creo que una recopilación de mi obra me decepcionaría, me parecería un fiasco. No, no, nada de antologías ni reediciones. Sálvese quien pueda. Mi única idea es grabar el disco sucesivo teniendo en cuenta, eso sí, los errores que haya podido cometer en el anterior.

Quien esté acostumbrado a seguir a un grupo por sus discos editados con sellos y distribuidos en tiendas, supongo que le costaría seguir la trayectoria de Rafael Berrio. ¿Ha sido frustrante en algún momento?

– Para mí no. Quizá para quien me haya descubierto ahora y quiera conseguir la obra anterior. Pero creo que esa dificultad le pone un poco de misterio a la cosa. Le da cierto prestigio.

Si fue así, ¿en qué momento sentiste el desengaño de saber que no ibas a tener una gran repercusión, que no debías desesperarte por no llegar a más gente? Supongo que eso fue, al mismo tiempo, una gran liberación y que entonces pudiste centrarte en hacer las mejores canciones posibles con las habilidades que manejabas.

– Siempre he pensado que si un artista no cala entre el público, es torpeza del artista, no del público. A mí me hacen gracia esos autores resentidos con el mundo que tienen unas locas pretensiones de ‘incomprendidos’. Eso es de una vanidad insoportable. Luego haces repaso de su obra y el resultado es una pura bagatela. ¿Por qué se iba a tomar interés nadie en una obra sin interés? No, yo no he sentido desengaño, como tú dices, he sentido en todo caso que, o no me daba para más el talento, o no me estaba esforzando lo suficiente.

¿Sientes que la gente te valora más con el paso del tiempo, que el seguir obstinadamente tu propio camino al final ha llevado a algún tipo de recompensa?

– Sí, la justicia poética y esas cosas. Tengo un grupo de fanáticos adictos. Son muy pocos pero muy ilustres. En su mayoría músicos, cineastas, escritores, poetas, actrices… Por supuesto, también gente que no tiene que ver con el arte. ¿Qué más podría pedir?

¿Qué satisfacciones esperas aún de la música, qué te queda por hacer?

– Me queda por escribir una canción memorable, realmente memorable. Es tener mucha ambición. No lo conseguiré.

 

¿Qué proyectos tienes para el futuro? Has hablado de una zarzuela, una ópera chica con Joserra Senperena, y también de un musical.

– Senperena y yo hemos descubierto una vieja zarzuela bastante olvidada que nos ha encantado y tenemos idea de hacer nuestra propia versión. Estamos haciendo gestiones con los herederos para obtener los derechos y poder empezar a trabajar en ello. No digo el título de la opereta para no chafar el proyecto.

De tu obra, ¿con qué canción, disco, letra o verso te gustaría que te identificasen?

– Es difícil… Quizá con la letra de la canción “No solo de amor, del aire también se vive”. Por decir algo. O con la letra de la canción “Algo que se lleva en la sangre”.

Para finalizar y quitarle un poco de trascendencia a estas líneas, ¿cuál ha sido la mejor anécdota que has vivido en este tiempo en el mundo de la música?

– El lejano día en París en el que enamoré a una francesita llamada Frédérique cantándola tangos de Carlos Gardel al oído.

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